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Opinión

Tranquilidad y excitación de la paraca, por Mirko Lauer

No sabemos qué va a producir la paraca gigante de hace unos días en el sur chico. Coincidió con un terremoto de 8.8 grados en Kamchatka, Siberia, y, por tanto, con una alerta de tsunami en nuestras costas. 

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Mirko Lauer

Que se sepa, en circunstancias normales la paraca no ha matado a nadie. Pero, aun inofensiva, puede ser muy molesta para diversas actividades, como navegar, manejar o incluso volar. A la vez, es capaz de producir fotos espectaculares, como ha sucedido en días pasados. Además, la arena levantada por el viento propicia la idea de tormenta, un fenómeno natural mucho más dañino.

Pero hay paracas y paracas. Esos vientos rara vez producen los vuelos de arena vistos en Ica, Huacachina o Nasca la semana pasada. Por lo general, existen como vientos fuertes a la caída de cada tarde, cuando los aires fríos entran a reemplazar a los calientes que se pasaron el día subiendo. Esas son las paracas que todos hemos visto.

Una paraca muy fuerte levanta arena y permite fotografías muy periodísticas, y detrás de esos cúmulos de arena siempre parecen avanzar ejércitos enteros, como en Lawrence de Arabia. Aunque no todo es ilusión. En su cuento homónimo, Abraham Valdelomar relata el drama familiar y social causado por una paraca que mató a unos cuantos pescadores en la caleta de San Andrés (Pisco).

En efecto, la paraca puede asustar y hasta matar, y por eso tiene un hálito de lo mitológico y de lo mágico. Basta ver a los dioses Nasca, ataviadísimos, volando en paralelo sobre las telas. Ninguna cultura de la antigüedad peruana tuvo tan presente en su creación visual la importancia del vuelo como los Nasca, que habitaban una llanura barrida por la paraca.

Vuelos que duran hasta nuestros días. En 1999, Mario Montalbetti publicó en Hueso húmero el poema “Quizá Nazca, en todo caso un sur”, que comienza: “Con gusto puedo sobrevivir a esta paraca de dioses violentos que se avientan contra mí sin piedad”. Todo esto un cuarto de siglo antes de que los mineros ilegales hicieran su aparición formal por entre las célebres líneas.

No sabemos qué va a producir la paraca gigante de hace unos días en el sur chico. Coincidió con un terremoto de 8.8 grados en Kamchatka, Siberia, y, por tanto, con una alerta de tsunami en nuestras costas. Con olas de un metro, por aquí no pasó nada. Pero el aviso sobre dioses violentos está en el aire, lleno de premonición.

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