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Opinión

La abundancia y los retos del progresismo, por Sofia Aron Said


¿Y si uno de los mayores obstáculos para el progreso… fuera el propio progresismo? Suena provocador, pero esa es, en esencia, la tesis de Abundance, el nuevo libro de Ezra Klein y Derek Thompson. Lejos de ser una crítica desde la trinchera opuesta, se trata de una autocrítica, escrita por dos autores que se definen como demócratas y que, precisamente por eso, se atreven a señalar con nombre propio las trampas que su propio campo político ha ido construyendo.

El argumento central del libro es que, en Estados Unidos, se ha instalado una cultura de bloqueo que impide hacer lo que antes parecía posible: construir grandes obras de infraestructura o diseñar políticas públicas a escala. Según Klein y Thompson, esta parálisis ha sido, en buena medida, provocada por los propios demócratas. En su esfuerzo por corregir los excesos del pasado —como los proyectos de urbanismo autoritario que arrasaban barrios enteros para construir autopistas, la contaminación industrial sin control o la burocracia estatal sin frenos—, el progresismo estadounidense impulsó una batería de regulaciones, procedimientos y mecanismos de participación que, tomados individualmente, podían parecer sensatos y justos. Pero que, en conjunto, terminaron configurando un sistema donde casi cualquier actor puede detener un proyecto, y donde los costos de actuar superan, muchas veces, a los de no hacer nada.

Un caso emblemático que mencionan es el del tren de alta velocidad en California, una alternativa limpia y masiva al transporte terrestre y aéreo. La idea se propuso hace más de 40 años. Pasó una década solo en planificación seria. Luego, otra década y media para asegurar el financiamiento. Dieciséis años después de eso, el proyecto sigue sin concretarse. Ha sido devorado por procedimientos pensados para prevenir cualquier posible perjuicio a cualquier posible actor. Las evaluaciones ambientales necesarias para describir los impactos comenzaron en 2012; todavía no concluyen. Mientras tanto, los costos siguen aumentando.

La propuesta de los autores de enfocar el debate en los resultados —y no en los procesos— me parece no solo válida, sino también especialmente oportuna para el Partido Demócrata, en un momento en que recuperar la confianza del electorado exige mostrar avances concretos en aspectos que afectan la vida cotidiana de las personas. Su apuesta es revitalizar el progresismo con una “agenda de abundancia” que permita construir más viviendas, producir más energía verde, desarrollar mejor infraestructura de transporte, impulsar la innovación tecnológica y ofrecer soluciones efectivas en salud. Es decir: menos burocracia, más impacto.

Ahora bien, el libro también tiene sus límites. Su diagnóstico sobre la parálisis institucional es relevante, pero su propuesta de “abundancia” como solución corre el riesgo de sonar más aspiracional que concreta. ¿Qué significa, en la práctica, construir una agenda de abundancia? ¿Cómo garantizar que esa expansión de infraestructura y servicios no reproduzca desigualdades, no sacrifique sostenibilidad ni termine capturada por intereses particulares? Además, aunque los autores critican con razón los efectos paralizantes de muchas regulaciones ambientales —sobre todo en vivienda y energía limpia—, no terminan de precisar cómo, ni hasta qué punto, habría que reformarlas.

No obstante, todo esto deja una lección clave para quienes creemos en la importancia de un Estado fuerte y eficaz. Cuando el Estado no entrega resultados concretos, pierde legitimidad. Y ese vacío ha sido aprovechado, en Estados Unidos, por figuras como Donald Trump o Elon Musk para promover una narrativa de desmantelamiento del sector público, sin encontrar demasiada resistencia social. ¿Por qué? Porque muchos ciudadanos, incluso demócratas, ya no esperaban nada del Estado. La ineficacia se volvió tan crónica que el cinismo ganó terreno.

Esa es, quizás, la advertencia más potente del libro: no basta con defender al Estado desde lo ideológico; hay que defenderlo con resultados. Si quienes creemos en lo público no sentimos un sentido de urgencia por recuperar su capacidad de hacer, otros lo harán por nosotros, pero con una agenda muy distinta.

La lectura de Abundance resuena con lo que ocurre en Perú. Leía sobre las demoras interminables del tren de alta velocidad en California y no podía evitar pensar en la Línea 2 del Metro de Lima, que lleva más de una década en construcción y aún está lejos de completarse.

Aquí también vivimos una parálisis que impide avanzar en lo elemental: construir infraestructura básica, cerrar brechas en salud, agua y saneamiento, o ampliar el acceso a servicios esenciales Y, como en Estados Unidos, parte del problema también viene de buenas intenciones mal diseñadas. En Perú, muchos mecanismos creados para garantizar participación ciudadana, control ambiental o lucha contra la corrupción se han convertido en cuellos de botella que terminan paralizando proyectos. La consulta previa, los estudios de impacto ambiental, los procesos de licitación: todos necesarios, sí, pero aplicados sin criterio ni sentido de urgencia. Y así, lo urgente —como una carretera, un hospital o un colegio— queda atrapado en un sistema donde nadie quiere asumir riesgos, y donde la inacción es más segura que la acción.

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