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Opinión

Invisibles, por Paula Távara

Quisiera pensar que es posible, a propósito de estas fechas, seguir abogando por reducir la brecha de datos y por incorporar en las estadísticas públicas la desagregación necesaria para responder de forma específica a los problemas de las mujeres. Quizás, así, podamos salvar nuestras vidas.

En estos tiempos, en los que hablamos a menudo de la grave crisis de inseguridad que asola al país, vale la pena recordar que la forma en que experimentamos la inseguridad y la violencia es distinta para hombres y mujeres. La violencia contra las mujeres tiene múltiples rostros, características y formas de ejercerse que deben analizarse de manera diferenciada para ofrecer respuestas igualmente específicas a este problema público.

En su libro La mujer invisible (Seix Barral, 2020), Caroline Criado Pérez profundiza en la grave “brecha de datos de género” existente en todos los ámbitos del conocimiento, especialmente en aquellos asociados a la toma de decisiones públicas.

Esta brecha consiste, básicamente, en la ausencia de datos que permitan entender cómo afectan diversas situaciones de forma diferenciada a hombres y mujeres. Los datos que poseemos suelen partir de generalizaciones que, como muestra la autora mediante múltiples estudios e investigaciones ejemplares, tienden en realidad a centrarse en lo masculino, dejando de lado las experiencias y necesidades específicas de las mujeres.

Tan solo una semana antes de conmemorarse el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, el cuerpo sin vida de Sheyla Condor fue hallado, en condiciones innombrables, en el domicilio de su asesino, Darwin Condori. Este hombre, policía en actividad y miembro del escuadrón verde (un supuesto grupo de élite policial), seguía en funciones pese a haber sido acusado de violación grupal hace dos años.

Este gravísimo y repudiable hecho no puede describirse solo como una tragedia o un crimen. Los detalles que lo rodean —como la negativa de la comisaría a recibir la denuncia de una familia que sabía claramente con quién estaba su hija, o el aviso al perpetrador que facilitó su fuga— hablan de instituciones cómplices de la violencia hacia las mujeres.

Quizás sea importante reiterar una pregunta que ha surgido con frecuencia estos días: ¿cuántos casos de violencia no logran denunciarse por la negligencia o complicidad de la policía? ¿Existe alguna formación en prevención y atención de la violencia que se esté impartiendo en esta institución?

Sospecho, tristemente, que la respuesta es negativa. Para la policía, como para muchas otras instituciones públicas, las mujeres y nuestras realidades siguen siendo invisibles. Y digo "sospecho" porque, lamentablemente, pese a que el tema de la violencia física y el feminicidio es uno de los más abordados en torno a las violencias de género, seguimos careciendo de datos suficientes para enfrentar este flagelo de manera efectiva.

Como señala Criado Pérez, “estos silencios, estas brechas, tienen consecuencias. Tienen un impacto en la vida cotidiana de las mujeres (…) Se trata de cuestiones tan cruciales que influyen en casi todos los planos de nuestra vida y afectan a todas nuestras experiencias, desde el transporte público hasta la política, pasando por el lugar de trabajo y la consulta médica. Pero los hombres las olvidan, porque ellos no tienen un cuerpo femenino”.

Muchas veces, es precisamente esa mirada ajena a la experiencia de las mujeres la que puede resultar mortal. Resulta fácil centrarse en la edad de una persona y en las características generales de ese grupo etario para no tomar en serio su desaparición.

Tal vez —solo tal vez, porque este caso reúne múltiples factores— una perspectiva que considerara que las cifras muestran que la mayoría de las víctimas de violencia sexual son adolescentes y mujeres jóvenes; que las redes sociales son espacios especialmente riesgosos para ellas debido a la facilidad de ocultar la identidad de los perpetradores; y que la reincidencia en casos de violencia sexual es altamente frecuente, habría permitido que las alarmas se encendieran y que se actuara con mayor celeridad.

Criado Pérez señala además que “las preocupaciones específicas de las mujeres que los hombres no tienen en cuenta abarcan una amplia variedad de áreas, pero enseguida se advertirá que hay tres temas recurrentes: el cuerpo femenino, el trabajo de cuidados no remunerado de las mujeres y la violencia masculina contra las mujeres”.

Esto nos lleva a otro ámbito de inseguridad y violencia: la trata y explotación sexual de mujeres.

En estos días, cuando se vuelve a hablar de la formalización de la minería informal e ilegal, parece que todos los argumentos, tanto a favor como en contra de esta actividad, se centran en el empleo o los recursos que genera. Si acaso, se menciona de forma tangencial el daño medioambiental o la criminalidad asociada, como extorsiones y asesinatos. Sin embargo, permanecen invisibles los datos y las historias de cientos de mujeres que sufren trata y explotación sexual vinculadas a esta actividad, como en los prostíbulos de La Pampa, de donde se rescatan decenas de niñas y mujeres cada año. Nuevamente invisibles, aunque estén ahí.

Quisiera pensar que es posible, a propósito de estas fechas, seguir abogando por reducir la brecha de datos y por incorporar en las estadísticas públicas la desagregación necesaria para responder de forma específica a los problemas de las mujeres. Quizás, así, podamos salvar nuestras vidas.

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