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Opinión

Esa madrugada de octubre

“Velasco lideraba a este grupo de militares que habían tomado el poder no para defender el orden establecido, sino para subvertirlo”.

jauregui
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La mañana del 3 de octubre de 1968 el Perú cambió. Por la radio se informaba que esa madrugada se había producido un golpe militar y que las Fuerzas Armadas detuvieron al presidente constitucional Fernando Belaúnde Terry, a quien lo habían sorprendido mientras dormía en Palacio de Gobierno y que ahora estaba en pleno viaje a Buenos Aires en calidad de deportado. La primera impresión era que una vez más se había roto el orden constitucional.

Yo estudiaba en la GUE Ricardo Palma de Surquillo y con Ponte y Perales, dos compañeros de aula, logramos llegar a la Plaza de Armas en busca de noticias. Lima estaba sembrada de soldados y dos viejos tanques de guerra apuntaban a Palacio de Gobierno. Al medio día, en el atrio de la Catedral recién me uní a un reducido grupo de personas e intentamos gritar algo a favor de la democracia. La protesta fue corta. La policía nos detuvo y en unos portatropa nos llevaron hasta la prefectura de la av. España, donde me soltaron a las horas por ser menor de edad. Ya en horas de la noche la confusión seguía. ¿Y ahora quién es el cabecilla de la rebelión? De pronto alguien dijo su nombre: “Es el general Juan Velasco Alvarado”. Mutis, ni en pelea de perros. Velasco, piurano, había escalado con la sola ayuda de sus estudios y decisión toda la escala militar, desde soldado raso a general de división, ocupando como último cargo militar la jefatura del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas. Era lo que se dice un cholo, como Sánchez Cerro u Odría, otros “cachacos” golpistas, tal como lo señaló un comentarista en La Prensa.

Ya instalado en el poder lo conocimos. Velasco lideraba a este grupo de militares que habían tomado el poder no para defender el orden establecido, sino para subvertirlo, para imponer cambios fundamentales en las estructuras sociales y económicas. Era pues una dictadura militar atípica dispuesta a recambiar radicalmente el Perú y frenar el entreguismo total del Gobierno de Belaúnde. Ya el 9 de octubre de 1968 se nacionalizaba el complejo petrolero de La Brea y Pariñas. Se habían iniciado las reformas que modificarían en esencia el sistema feudal predominante impuesto por la derecha del Perú.

Pero Velasco no solo acabó con el oprobio y la vergüenza de vivir sin dignidad, sino que defendió la soberanía de nuestra patria y alentó a identificarnos con nuestros valores culturales y artísticos. De esa fecha ya pasaron 53 años y pocos recuerdan a Velasco. Qué honor ser esa memoria y esa minoría.

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