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Opinión

Casa pequeña, corazón grande

“Los esfuerzos de mis padres se centraron en darnos la mejor educación posible”.

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“Los esfuerzos de mis padres se centraron en darnos la mejor educación posible”.

Crecí en una casa sencilla en el Rímac junto a mis tres hermanas con mi padre, quien era un policía honrado que trabaja en sus horas libres para mantener a su familia, y mi madre, una ama de casa amorosa y dedicada. No teníamos muchos muebles, apenas un comedor, pero para unas niñas eso era un enorme campo de juegos.

Lo genial era que cuando mi padre llegaba a casa del trabajo, cansado y con hambre, siempre tenía tiempo y humor para entrar a ese mundo imaginario y jugar con sus niñas a la comidita, al salón de belleza o a las artes marciales. Siempre sentado sobre el suelo junto a nosotras jugando yaces o en una guerra de cosquillas. ¡Éramos tan felices en esa sala sin muebles!

A veces el dinero solo alcanzaba para la comida, ni siquiera sabíamos de la existencia de la “ropa de marca”. En ocasiones comíamos arroz con huevo y plátano fritos o tallarines con mantequilla, para mí, los platos más ricos del mundo (aún lo son).

En cuanto a la ropa, mi madre era una trome, no estudió corte y confección ni diseño, pero era hábil e ingeniosa. Heredábamos la ropa de las primas mayores y ella sabía cómo mejorarla y adaptarla a nuestro gusto. Íbamos a los grandes almacenes a probarnos lo que estaba de moda, y luego ella hacía su magia cosiendo o tejiendo una prenda igual o mejor.

Los esfuerzos de mis padres se centraron en darnos la mejor educación posible, estaban siempre pendientes de nuestros progresos y debilidades. Incentivaban nuestras habilidades en la medida de sus posibilidades, teníamos horarios bien definidos para estudiar, jugar, ver televisión y dormir.

Mis hermanas y yo solemos recordar esas épocas con nostalgia y cariño, también hablamos de las carencias que tuvimos, aunque debo confesar que nunca las sentí como tales. Jamás percibí que algo me faltara, tuve una niñez fantástica en un hogar donde hubo amor y respeto.

Se preguntarán por qué hablo de esto y no de política o cualquier otro tema de coyuntura como acostumbro en mis columnas. Será que el hastío de los escándalos, el egoísmo, la corrupción, la violencia, entre otros males, me lleva a recordar lo simple y refugiarme en los buenos momentos.

Tal vez ese sea el secreto o la fórmula para sobrevivir a estos tiempos duros.

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