Revolución caliente, por Mirko Lauer

Las protestas europeas expresan el malestar social y político que atraviesa el continente, en un escenario de tensiones geopolíticas y avance de la extrema derecha.

El primer ministro Lecornu acusa a la izquierda radical de organizar protestas insurreccionales. Foto: AFP.
El primer ministro Lecornu acusa a la izquierda radical de organizar protestas insurreccionales. Foto: AFP.

Hace algunos años, un aviso dijo: “En Francia hay una revolución todos los años. Este año es la del calzoncillo X”. No era tan original ni tan desencaminado. En 1789, los sans-culottes (sin calzas) eran los revolucionarios populares. Hace ocho años, el movimiento de las casacas amarillas revolucionó Francia. En Europa son revoluciones; en América Latina son cuartelazos.

Lo que viene sucediendo en Francia y alrededores hoy pesa más que un calzoncillo nuevo. Puede terminar tumbando al gobierno de Emmanuel Macron y poniendo en jaque a varias democracias más. La furia de estudiantes y sindicalistas en mayo de 1968 llegó hasta lugares remotos del mundo y advirtió que las revoluciones siempre pueden producirse.

El documento que lanzó mayo del 68 se titulaba “Acerca de la miseria en el medio universitario”. Los argumentos de hoy, en el 2016, no están muy lejos de eso. Entre el costo de vida francés, la vivienda española o la corrupción en las costas de Albania, la Unión Europea asiste al espectáculo de una indignación que podría pasar a mayores. Pero hay más factores.

Para el estudiantado y el sindicalismo francés, entre muchos otros, el avance de la extrema derecha, como lo está haciendo en Alemania, es un peligro a la vista. Para otras personas, lo que lleva a marchar y protestar es el peligro de un desborde de la invasión de Ucrania. Europa es un caldero en ebullición y los gritos son las burbujas que suben a la superficie.

Quizás también se trata de una reacción a 80 años de Estado de bienestar, trocados ahora en algo muy parecido a la penuria, al menos en términos del hemisferio norte. Más que hacia las aulas, los problemas se podrían estar trasladando hacia los supermercados y los bienes de consumo. Podemos sumar a esto la tirria contra los inmigrantes en muchos lugares, donde antes ellos eran necesarios y hoy superfluos, se dice.

Sin duda, Rusia y los EE. UU. sabrán aprovechar la gran protesta europea, compitiendo en actos y políticas de traición. El primero, con sus centenarias tácticas de sabotaje político. El segundo, con su enorme peso geopolítico y militar. Nada les gustaría más que hacer de toda Europa una sola Polonia.

En realidad, la UE es el aliado que los pueblos de América Latina hoy necesitan para contrabalancear el buleo de las tres grandes potencias.

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