
El encuentro “Entrelazando Voces por la Dignidad”, organizado en Cusco, Iquitos y Piura-Catacaos por la Coordinadora de Derechos Humanos del Perú, ha puesto sobre la mesa una discusión que va mucho más allá de una controversia religiosa: ¿somos capaces de respetar las expresiones culturales de los pueblos andinos sin convertirlas automáticamente en objeto de sospecha o condena?
El análisis de la senadora Ruth Luque en La República, al evocar al personaje hipócrita del “Sinchi”, de Pantaleón y las visitadoras, apunta a otra cuestión relevante: ¿por qué determinados sectores del periodismo de opinión religioso vinculado a la extrema derecha política, como Javier Tebas-Gabriel Ariza (Infovaticana-VOX), Luciano Revoredo (La Abeja) y Giuliana Caccia-Ignacio y Sebastián Blanco (Origen Xtream), han concentrado su atención en un gesto simbólico relacionado con la Pachamama, interpretándolo como una expresión de paganismo?
Un católico puede cuestionar una práctica cultural si considera que entra en contradicción con su fe. Lo que resulta mucho más problemático es convertir automáticamente una expresión de la cosmovisión andina en un acto de adoración pagana y, a partir de esa interpretación, descalificar a quienes participan de ella.
¿Realmente alguien puede sostener seriamente que dos obispos peruanos, Mons. Estrada y Mons. Cadenas, así como Mons. Bertomeu, funcionario de la Santa Sede, acudieron a ese encuentro para adorar una deidad pagana?
Las pocas imágenes o audios del acto, más allá de mostrar una participación respetuosa en el mismo, no permiten concluir la intencionalidad que algunos, incluso maliciosamente, atribuyen a ciertos participantes.
Lo mismo ocurre con una oración de un Papa en una mezquita: no lo transforma automáticamente en adorador de Alá. O con la asistencia de un católico a una corrida de toros, vista por muchos como una exaltación del sufrimiento innecesario de los animales, con raíces cultuales precristianas. Esa asistencia tampoco se transforma automáticamente en un acto inmoral (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2418).
Según publicó la Coordinadora de Derechos Humanos, los tres eclesiásticos fueron invitados como observadores a participar en un evento laico en Cusco en favor de las víctimas de la región, introducido por un acto simbólico del universo andino.
Para interpretar lo ocurrido con un mínimo rigor, es necesario conocer ese contexto antes de emitir un juicio y, mucho más aún, una condena. Porque asistir a los toros o realizar algún gesto relacionado con la Pachamama no tiene necesariamente un único significado.
Para algunos, esta última podría representar una dimensión religiosa incompatible con su comprensión del cristianismo. Pero para muchos católicos andinos forma parte de una tradición cultural que expresa respeto por la creación, por la tierra que alimenta y sostiene la vida, por los antepasados y por la comunidad. No es extraño que una persona pueda ser profundamente católica y, al mismo tiempo, ser fiel a su identidad cultural andina.
Y aquí aparece el problema de fondo.
Mientras la discusión pública se concentre en determinar si un gesto simbólico constituye o no un acto de culto, corremos el riesgo de olvidar a las personas que deberían estar en el centro de cualquier encuentro dedicado a la dignidad y los derechos humanos: las comunidades indígenas y sus víctimas.
Pobreza, discriminación cultural, exclusión, distintas formas de abuso y vulnerabilidad, falta de acceso efectivo a la justicia y desigualdad histórica son problemas concretos. No desaparecen porque discutamos durante días sobre la interpretación religiosa de un símbolo.
La evangelización y la historia del catolicismo en los Andes forman parte también de esta compleja historia de encuentro, mestizaje y resistencia cultural que atraviesa los tiempos del virreinato y llega hasta la época republicana. El catolicismo andino, les guste o no en Lima o Madrid, es también una realidad histórica y cultural propia.
Es perfectamente posible discutir sobre teología sin insultar una cultura. Es posible cuestionar una práctica sin manipular lo ocurrido o deshumanizar a quienes la realizan. Y es posible defender la ortodoxia religiosa sin convertir a los pueblos andinos en el enemigo cultural de turno, acusando a su gente de “terroristas” o “comunistas”, “chamanes”, como hizo Luciano Revoredo.
En el Perú, el gran desafío hoy es escuchar a las comunidades indígenas y, especialmente, a quienes han sufrido abusos y vulneraciones de derechos. Como está haciendo la Iglesia tras descubrir los ilícitos cometidos por el Sodalicio y su holding empresarial.
La Pachamama podría ser objeto de debate teológico. Lo que no quieren debatir los especialistas en el ninguneo es algo mucho más concreto: el derecho de los pueblos andinos a la dignidad, vulnerado una y otra vez.

La nueva visita de la banda inglesa Iron Maiden al Perú, como parte del “Run For Your Lives World Tour”, que celebra los 50 años del grupo, ha generado gran expectativa. La gira conmemorativa repasa la etapa clásica de la banda, desde “Iron Maiden” (1980) hasta “Fear of the Dark” (1992), y no solo llama la atención por su longeva energía, sino también por la vigorosa fuente de referencias culturales, entre ellas, las literarias.

Reconocido por su compromiso ético y social, recibió distinciones como el Premio Grammy Latino y fue nombrado Artista por la Paz por la UNESCO.

Las canciones del grupo abordan temas como la autoestima, la salud mental, la perseverancia y la aceptación personal, mensajes que muchos seguidores incorporan a sus propias experiencias de vida.

Homenaje. El pasado 7 de octubre se celebró el Día de la Marinera. Hoy este baile es un boom. Recordemos a una de las personas que nunca dejó de difundirlo: Milly Ahón Olguín (1941-2021).

"El desafío, por tanto, no consiste únicamente en responder a la próxima emergencia, sino en reconocer que la base física sobre la cual se organiza la gestión del agua está cambiando".