Abogado y Magister en derecho. Ha sido ministro de Relaciones Exteriores (2001- 2002) y de Justicia (2000- 2001). También presidente...

Recordar para no repetir, por Diego García-Sayán

"Los museos de la memoria no existen para prolongar odios ni para imponer una versión oficial de la historia. Su función es exactamente la contraria: preservar hechos, documentos y testimonios; reconocer a las víctimas..."

Un país democrático no se construye —ni fortalece— escondiendo sus heridas, sino mirándolas de frente. Los museos y lugares de memoria son, en ello, fundamentales. Lo han sido, por ejemplo, en Alemania luego de la Segunda Guerra Mundial y del horror del nazismo. Entre monumentos que proliferan por todo Berlín y exposiciones crudas pero fantásticas como la impactante y didáctica “Topografía del Terror”, en el subsuelo de una céntrica plaza de Berlín, la sociedad alemana sabe bien cuáles son los horrores que no puede permitir se repitan.

Visité esa exhibición —y muchas otras— invitado hace algunos años por el gobierno federal, que deseaba que conociera la experiencia museística germana de posguerra. Ese gobierno había colaborado con recursos económicos para iniciar el diseño y construcción del LUM.

¿El contexto? Se me había asignado la responsabilidad de encabezar el valioso equipo que haría el diseño final del Lugar de la Memoria (LUM). Tuve el honor de tomarle la posta nada menos que a Mario Vargas Llosa, admirado escritor y amigo, quien había venido encabezando certeramente el equipo fundador hasta entonces.

Los museos de la memoria no existen para prolongar odios ni para imponer una versión oficial de la historia. Su función es exactamente la contraria: preservar hechos, documentos y testimonios; reconocer a las víctimas; estimular una reflexión crítica y permitir que las nuevas generaciones comprendan hasta dónde puede llegar una sociedad cuando la violencia, el autoritarismo y el desprecio por la vida sustituyen a la ley, la justicia y la democracia.

El Lugar de la Memoria, la Tolerancia y la Inclusión Social (LUM) cumple —y debe seguir cumpliendo— esa función. ¡Basta de amenazas y bravuconadas autoritarias! El periodo de violencia que atravesó el país entre 1980 y 2000 dejó decenas de miles de muertos y desaparecidos, en su mayoría peruanos de las zonas rurales y andinas. Sendero Luminoso desencadenó una violencia terrorista feroz y criminal. El Estado tenía el deber de combatirla, y finalmente tuvo éxito en desarmar a las organizaciones terroristas que atacaron al país. Pero ese deber nunca convirtió en legítimas las ejecuciones extrajudiciales, las miles de desapariciones forzadas, la tortura o las masacres cometidas por agentes estatales específicos. Una memoria democrática debe ser capaz de sostener simultáneamente esas verdades, sin relativizar ninguna.

Por eso resulta tan relevante la experiencia alemana mientras se ha construido una sociedad democrática, antes arrodillada ante el totalitarismo nazi. Después de la catástrofe del nazismo, Alemania no construyó su democracia sobre el olvido. El proceso fue largo, difícil y por momentos conflictivo. Pero terminó convirtiendo la confrontación con el pasado en una política pública. Antiguos campos de concentración como Dachau, Buchenwald o Sachsenhausen son hoy lugares de memoria y educación. En Berlín, la Topografía del Terror documenta el funcionamiento de los órganos represivos nazis; la Casa de la Conferencia de Wannsee explica la maquinaria burocrática que organizó el exterminio; y el Memorial a los Judíos Asesinados de Europa ocupa un lugar central en la propia capital.

​Y nadie pretende cerrar esas expresiones.

¡Bueno por Alemania! La enseñanza alemana es especialmente relevante porque la memoria no quedó congelada en 1945. Tras la reunificación, Alemania incorporó también los abusos de la dictadura comunista de la antigua RDA. El Memorial del Muro de Berlín y otros centros recuerdan a quienes sufrieron persecución, prisión y muerte bajo ese régimen. Es decir, la política de memoria no pertenece a una ideología: pertenece a la democracia y a las víctimas.

Ese compromiso sigue vigente. Alemania adoptó en 1999 una política federal para respaldar lugares de memoria, la actualizó en 2008 y volvió a renovarla en noviembre de 2025. La nueva estrategia federal insiste en preservar los lugares históricos, fortalecer la investigación y la educación, digitalizar archivos y exposiciones y garantizar la independencia política y científica de estas instituciones. En agosto de 2026, el gobierno federal anunció, además, diez millones de euros adicionales para reforzar los memoriales dedicados a las víctimas del nazismo y de la dictadura de la RDA. No los considera una amenaza para la nación, sino parte de su infraestructura democrática.

Allí está la diferencia fundamental. Un museo de la memoria serio no acusa a una nación: la ayuda a comprenderse.

¡Cuidado con la abdicación ante el horror!

Cerrar, debilitar o domesticar políticamente espacios como el LUM sería una derrota de la democracia. Si una exposición contuviese, acaso, “errores” o “desequilibrios”, eso se corrige con investigación, evidencia, debate público y mejores exposiciones. No con censura ni silenciamiento. La respuesta a una memoria incompleta debe ser más memoria, mejor historia y mayor pluralismo.

Alemania entendió, después de recorrer un camino doloroso, que recordar los crímenes del pasado no disminuye el patriotismo: lo hace más exigente y democrático. El Perú necesita esa misma madurez. El LUM y los demás lugares de memoria deben ser espacios abiertos, rigurosos, independientes y vivos. Las sociedades que conservan la memoria de sus víctimas no quedan prisioneras del pasado. Al contrario: adquieren mejores herramientas para impedir que el pasado vuelva a repetirse.

Un museo de la memoria serio no acusa a una nación: la ayuda a comprenderse. No responsabiliza a las Fuerzas Armadas como institución por todo lo ocurrido ni borra el sacrificio de quienes enfrentaron al terrorismo dentro de la ley y con heroísmo. Tampoco permite que, en nombre de esa lucha, desaparezcan de la historia las víctimas de abusos estatales. Su obligación es documentar, contextualizar, escuchar distintas voces y colocar la dignidad humana en el centro.


Diego García Sayán

Atando cabos

Abogado y Magister en derecho. Ha sido ministro de Relaciones Exteriores (2001- 2002) y de Justicia (2000- 2001). También presidente de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Fue Relator Especial de la ONU sobre Independencia de Jueces y Abogados hasta diciembre de 2022. Autor de varios libros sobre asuntos jurídicos y relaciones internacionales.