Jorge Bruce es un reconocido psicoanalista de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Ha publicado varias columnas de opinión en diversos medios de comunicación. Es autor del libro "Nos habíamos choleado tanto. Psicoanálisis y racismo".
Los últimos tiempos no han dado tregua, en el Perú como en el mundo. Las elecciones han sido -siguen siendo, una fuente de angustia interminable. El ajustado resultado ha sido un estresor de esos que suelen figurar en la lista de las situaciones más desafiantes: divorcios, mudanzas, situación económica, etcétera. El hecho de que el país haya quedado demediado, agudiza el malestar. Los últimos zarpazos del Congreso, dando carta blanca a las FFAA y policiales para ejercer la represión violenta contra los opositores del régimen, ya no son fuente de angustia sino de miedo: ¿la libertad de opinión será delito para el nuevo Gobierno? Paradójicamente, este régimen de derecha que tranquiliza a los grandes empresarios, se parece en ese sentido más a Cuba o Nicaragua que a Chile o Argentina.
Venezuela, además, como en ese poema de Vallejo acerca de haber nacido un día que Dios estuvo enfermo, grave, ha sufrido no uno sino dos terremotos devastadores. Los peruanos estamos bien ubicados para sentir empatía por su desgracia. Hay decenas de miles de venezolanos exilados de su país en el nuestro, de un lado, y del otro sabemos que nuestro destino sísmico es inexorable. Tarde o temprano deberemos sufrir la misma tragedia, con similar falta de preparación y medios para enfrentarla. Las atroces imágenes del sufrimiento causado por los movimientos telúricos, son un espejo en el que podemos vernos retratados.
El resto del mundo no da muchos motivos para relajarse. La guerra en el medio Oriente o Ucrania, la atroz situación de los palestinos en la franja de Gaza o de los migrantes desesperados por cruzar en embarcaciones de fortuna el Mediterráneo o el Canal de la Mancha, nos hacen preguntarnos por lo peor de la condición humana. ¿Siempre fuimos tan carentes de empatía con el dolor ajeno? Europa, ese Eldorado al que esos pobres seres intentan llegar por cualquier medio, está en medio de una canícula irrespirable, mientras que los poderosos del orbe se empecinan en ignorar el cambio climático desde sus cómodas instalaciones con aire acondicionado.
¿Para qué seguir con esta lista de lavandería en donde se apila un monto inconmensurable de ropa sucia? ¿En estas condiciones es lícito darse un respiro? Mi respuesta simple es que no solo es lícito: es indispensable. Entiendo que hasta para las horas que se pueden destinar al ocio el mundo está injustamente dividido. Hay quienes se pueden dar vacaciones sin desequilibrar su presupuesto, y quienes carecen de ese privilegio. Incluso a nivel psíquico la distribución de la salud mental es desigual. Hay quiénes pese a sus privilegios materiales, no disponen de ese tiempo destinado a reposar la mente de los ajetreos del día a día. Y, son los más, hay quienes no tienen ni una cosa ni la otra. No tienen los recursos para detenerse ni el espacio mental o espiritual para descansar.
No todo respiro consiste en viajar a una playa idílica a un hotel de muchas estrellas, por lo demás. Recuerdo haber visto en la avenida Paseo de La República, en Lima, desde mi bicicleta, un día de semana, a un grupo de personas en la calle. Era aproximadamente las cinco de la tarde. Por sus atuendos y el letrero del local frente al cual estaban sentados en cajones, se deducía que eran mecánicos. En el medio del círculo que habían formado tras lo que debe haber sido una jornada agotadora de trabajo, había botellas de cerveza. Al pasar a su lado escuche sus risas, causadas por alguna broma entre ellos. Se les notaba absortos en lo suyo, contentos por haber terminado un día de dura labor. Esto ocurrió hace años y desde entonces me arrepiento de carecer de los reflejos de los fotógrafos, pues me hubiese encantado retratar ese momento de alegría, a pesar de que sus vidas no debían ser fáciles.
Lo recuerdo muchos años después y no estoy seguro de porqué. Recuerdo ahora una frase del escritor ruso Turgueniev: “Fue como pasar junto a una dicha ajena.” En las páginas de esa novela, me parece, se refería a una escena de amor. Lo que yo vi fue una de amistad y camaradería. El escritor narra un episodio de exclusión y dolor. Para mí hay algo de melancólico y fugaz en ese momento de solaz compartido. Algo me dice que esas escenas como la de los mecánicos en Surquillo, tienen los días contados. La “gentrificación” de Surquillo está transformando ese barrio insertado entre distritos pudientes. Una persona que vivió mucho tiempo fuera del Perú, me contaba lo asombrada que había quedado al ver la mutación de “Sullorqui”, un lugar que provocaba temor en la Lima clasista y racista. No podía creer que hubiera una panadería francesa y restaurantes de excelente calidad y precios altos. Lo cual no son necesariamente buenas noticias para los habitantes del mencionado distrito, pues los precios suben y la presión para sacarlos se intensifica.
Se que me alejé con esta digresión. Mi punto es que hay diferentes maneras de darse un momento de solaz. Hay, por ejemplo, una excelente retrospectiva de Martín Chambi -quien no cometió el error que yo cometí al dejar pasar la ocasión de fotografiar un momento popular irrepetible- en el Centro Cultural del ministerio de Relaciones Exteriores. Asimismo, hay una exposición de la obra del pintor Ramiro Llona en la sede central del mismo ministerio: “Ramiro Llona. Grandes formatos.”
En julio no solo tendremos un nuevo Gobierno. También estará la Feria del Libro, está vez en el centro comercial del Jockey Plaza. Cuando todo parece perdido, la lectura de buenos libros jamás nos decepciona. No se preocupen: la realidad seguirá allí.

Jorge Bruce es un reconocido psicoanalista de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Ha publicado varias columnas de opinión en diversos medios de comunicación. Es autor del libro "Nos habíamos choleado tanto. Psicoanálisis y racismo".