Periodista por la UNMSM. Se inició en 1979 como reportera, luego editora de revistas, entrevistadora y columnista. En tv, conductora...
El sábado, mientras el Perú elegía entre las dos opciones que algún dios cruel y cachaciento nos puso en el menú, Sertralina, mi adorada gata calicó de 15 años, partía hacia el cielo de los gatos. Por primera vez en décadas, mi atención estuvo ajena a una elección de segunda vuelta. Es más, desde la distancia, veía el escenario político como un teatro —o un circo, si prefieres—, con los peores actores imaginables, y decidí que este nuestro país, grandioso y milenario, superaría el daño que cualquiera de los dos candidatos en pugna pudiera causarnos, del mismo modo que ha superado sucesos aún más terribles en nuestra historia.
El miércoles por la noche, la suerte pareció inclinarse a uno de los lados: el de la orgullosa heredera de un dictador corrupto, gobernante en la sombra de dos períodos caóticos y cabeza de una organización que, bajo sus órdenes, ha operado en contra de los intereses ciudadanos. Al cierre de esta edición, las tendencias indicaban que ella sería la ganadora.
Entonces, las redes se llenaron de miedo más que de incertidumbre, pocos celebraban (no por nada solo uno de cada 10 peruanos votó por ella en primera vuelta) y una nube negra asomó en el horizonte. En este momento, en el país, el temor se huele en el ambiente. Tal vez porque los más jóvenes piensan que lo más terrible que hemos superado ha sido la dictadura de Alberto Fujimori. Y lo hicimos. El fujimontesinismo, ese período de 10 años de envilecimiento, sangre y corrupción, fue excretado en un lapso muy breve por ese organismo invencible llamado Perú. Ha dejado huella, como un cáncer que deja rastros de metástasis, pero que nunca volverá.
Por su parte, muchos de los mayores piensan que lo peor que nos pasó fue la guerra con Chile (1879-1883), pero la historia ha demostrado que, con los años y un fallo internacional que nos dio gran parte de razón, pudimos también superar las heridas que nos dejó y hoy tenemos una relación amigable con nuestro vecino más cercano.
Nuestra historia milenaria está llena de crisis, guerras y desastres. ¿Se imaginan el terror que sintieron los habitantes de Caral —la segunda civilización más antigua de la Tierra— cuando una megasequía se llevó todos sus cultivos, trajo hambrunas atroces e hizo desaparecer el magnífico río Supe que bañaba sus tierras? Pues de allí se levantaron y siguieron andando.
Un par de milenios después, la teocracia de Chavín —la más grande de las civilizaciones preincas y madre de muchas culturas posteriores— fue arrollada por masas indignadas con sus sacerdotes y su gran centro ceremonial fue profanado y usado como tierra de cultivo. Pero esta nación irreductible se levantó y siguió andando, como siguió haciéndolo varios siglos después, cuando otro mega Niño destruyó las tierras de los mochicas y, de paso, el poder de sus líderes, desatando guerras civiles y provocando la gran migración a Pampa Grande.
Ni qué decir de la viruela que mató, hace cinco siglos, a Huayna Cápac y a millones de sus súbditos como terrible preludio de la guerra fratricida entre Huáscar y Atahualpa, que debilitó tanto al Imperio inca que propició que la llegada de algunas docenas de barbudos desarrapados —pero dueños de la pólvora y los caballos— terminara aniquilando toda una civilización.
Pero si hablamos de desastres, cómo olvidar, en pleno apogeo de la Colonia, el terremoto de 1746 (se dice que llegó a 9 grados en la escala de Richter) que destruyó la capital y el tsunami posterior que mató a casi todos los habitantes del puerto del Callao. Se dice que, de los cientos de casas del centro de Lima, solo 25 quedaron en pie.
Que estas elecciones las gane justamente Keiko Fujimori es otro desastre. Todo indica que, comparada con el otro candidato, representa el temido mal mayor. Pero si bien es cierto que nuestra historia está llena de desastres y tragedias, también lo es su espíritu inquebrantable de lucha. Somos una nación que puede mirar de frente los milenios. ¿Por qué habríamos de asustarnos ante el ascenso al poder de una persona que, si contamos toda la masa electoral, que llega a más de 27 millones de votantes, apenas tuvo el apoyo de un tercio en segunda vuelta?
La pelea será dura, pero, al final, estoy segura de que nos desharemos de ella y sus secuaces de un sacudón. Lo hicimos el año dos mil, cuando todavía la dictadura de su padre se juraba invulnerable. Millones de peruanos marcharon por todos los rincones del país, hasta que el dictador acorralado huyó y renunció por fax. ¿Por qué habría de ser diferente esta vez?
Y algo más: podría jurar sobre los 18 tomos de La historia del Perú de Jorge Basadre y por la memoria de mi añorada Sertralina, que ninguno de los dos, ni padre ni hija, será recordado por nadie dentro de medio siglo.

Periodista por la UNMSM. Se inició en 1979 como reportera, luego editora de revistas, entrevistadora y columnista. En tv, conductora de reality show y, en radio, un programa de comentarios sobre tv. Ha publicado libro de autoayuda para parejas, y otro, para adolescentes. Videocolumna política y coconduce entrevistas (Entrometidas) en LaMula.pe.