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Julio Gálvez Orrego va a ser fusilado, por Eduardo González Viaña

La historia cultural peruana tiene grandes personajes anónimos. Ese es el caso de un joven trujillano, quien peleó en el lado republicano en la Guerra Civil Española. Fue, además, quien financió, en 1923, el viaje de Vallejo a Europa.

 

En una foto del Congreso Internacional de Escritores celebrado en Valencia en junio de 1937, aparecen César Vallejo, Nicolás Guillén y Pablo Neruda, entre otros. Tras ellos, hay un joven uniformado.

La foto fue tomada en el momento más crucial de la Guerra Civil Española, cuando muchos suponían que los fascistas iban a arrojar bombas incendiarias sobre el Museo del Prado.

¿Quién es el hombre de uniforme? Es Julio Gálvez Orrego. En el Trujillo de los años 20, se le conocía por ser sobrino del filósofo Antenor Orrego. Inseparable de la gente del grupo Norte, Julio recibió en 1923 una herencia que alcanzaba justo para comprar un pasaje en barco a Francia.

-Me han dejado dinero para un viaje en primera a Francia. En vez de ello, voy a comprar dos de tercera, y viajamos juntos -le propuso al filósofo.

Antenor se quedó pensativo.

Mejor que vaya César -dijo, y sacrificó su propio sueño europeo.

Añadió:

-En Lima, nadie se fijará en su obra. En Europa, sí. ¡Vamos, vamos al telégrafo!... Le diremos que partirás con él, en un barco a Francia -aseveró-. Allí lo está esperando el destino. Aquí, la cárcel.

Por insistencia de Antenor, Vallejo viajó a Francia el 17 de junio de 1923 a bordo del vapor Oroya. A su lado iba Julio Gálvez.

En París, desde su llegada, César Vallejo y Julio Gálvez Orrego compartieron un cuarto en el séptimo piso de la calle Georges Mandel. Sin embargo, cuando Hitler, Mussolini y Francisco Franco invadieron España, Julio se sintió llamado a pelear allí contra el fascismo. Entonces, viajó a España y se enroló en las Brigadas Internacionales.

Luego de acompañar a los escritores en Valencia (por eso lo vemos en la foto), Julio Gálvez volvió a los campos de batalla. Al parecer, hizo casi toda la guerra, pero en un enfrentamiento cerca de Madrid cayó prisionero de los franquistas quienes lo condenaron a muerte.

Junio de 1937, en Valencia. En la foto, vemos a Vallejo, Nicolás Guilén y Pablo Neruda. El joven de uniforme es Julio Gálvez Orrego. Imagen: Difusión.

Junio de 1937, en Valencia. En la foto, vemos a Vallejo, Nicolás Guilén y Pablo Neruda. El joven de uniforme es Julio Gálvez Orrego. Imagen: Difusión.

El 14 de marzo de 1939, Julio Gálvez Orrego se había quedado dormido en la celda durante su última media hora y, cuando despertó, se tocó el rostro, movió la cabeza, pronunció una palabra y se dio cuenta de que aún estaba vivo.

Julio iba a morir 17 minutos después de las 6 de la mañana.  A las 6 lo conducirían al patio de la prisión y se calcula que 17 minutos es lo que tarda el alma de un condenado en encaminarse y arribar al infierno.

Cuando llegaron los soldados a su celda y el jefe de ellos le ordenó acompañarlo al patio de fusilamiento, Julio Gálvez se dijo tal vez: “Tengo mucha suerte. Sé exactamente la hora en que me voy a morir. Pocas personas en el mundo conocen esos datos”.

Debe de haber pensado en él César Vallejo cuando escribió: “…está la madre España con su vientre a cuestas / está nuestra maestra con sus férulas / está madre y maestra, cruz y madera porque os dio la altura, vértigo y división y suma, niños”.

Aunque contaba con la razón y también con el corazón del mundo, la España republicana fue derrotada por sus poderosos agresores, como la diferencia de armamento lo hacía prever.

Fue uno de esos casos en la historia en que la maldad prevalece. Albert Camus escribiría: “Fue en España donde mi generación aprendió que uno puede tener razón y ser derrotado, que la fuerza puede destruir el alma y que a veces el coraje no obtiene recompensa”.

En la celda donde se encontraba, Julio se dio cuenta de que otro de los grandes regalos de la providencia es la memoria y decidió manejarla a su antojo.

Mágicamente, estuvo a la vez en muchos lugares de la península mientras combatía, y escuchó los gritos de sus compañeros para alabar una victoria más contra el invasor, y muchas más.

“Si me quieres escribir

ya sabes mi paradero

en el quinto regimiento

primera línea de fuego”.

Su recuerdo estuvo en uno y otro lado y siempre se veía al lado de los vencedores, un nutrido grupo de jóvenes españoles contra quienes chocaban los monstruos del mundo.

Todas fueron victorias y, para gozar de ellas, hubiese querido tener unas horas más de recuerdos.

A las 5:40 de la mañana, un tipo uniformado pronunció su nombre:

-Julio Gálvez Orrego, estás condenado a muerte.

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