Doctor en Psicología Social por la Universidad Complutense de Madrid, docente del departamento de Comunicaciones de la Pontificia Universidad Católica del Perú y miembro del comité consultivo del área de estudios de opinión del Instituto de Estudios Peruanos (IEP). Viene investigando sobre comunicación política, cultura política y populismo.

Nos merecemos más, por Hernán Chaparro

Las elecciones del 2026 muestran una mezcla de personajes conocidos, mientras que el marketing político apela a la nostalgia. Sin embargo, la fragmentación de la política actual impide construir propuestas que unan a la ciudadanía.

Una parte del país ha retrocedido a 1989. Veníamos de años de hiperinflación y de violencia terrorista. Los partidos existentes no tenían propuestas de solución y lograron que la ciudadanía construyera un amplio rechazo hacia ellos. Era la crisis de representación de partidos (algunos históricos) que habían estado vigentes por lo menos dos décadas, o más, en la escena política. Las elecciones municipales del 89 en Lima las ganó un outsider y las presidenciales del 90 otro. Hoy, todo indica que los que encabezan las encuestas del 2026 son una mezcla de los mismos personajes, sus recuerdos o sus clones. Parece que prima el marketing político de la nostalgia. ¿Nostalgia de qué? Ya conocemos la historia y sabemos cómo termina. Ante la ausencia de partidos democráticos, se abusa del poder delegado y/o se termina de títere de asesores o grupos de poder diverso. En esta coyuntura, los motivos del rechazo a los partidos son otros, los problemas han variado, pero el vacío de representación se hace patente. No solo por los malos gobernantes, sino por la dificultad de construir algo diferente. El fujimorismo estuvo 10 años en el poder, ayudó a estabilizar y ordenar la economía, pero socavó las instituciones democráticas y navegó en la corrupción. ¿Se ha podido construir una alternativa del 2001 a la fecha, luego de 25 años? No. Seguimos con caudillos y débiles instituciones. Eso es lo que importa.

 

Ahora estamos en una mejor situación económica, aunque la economía informal e ilegal es mucho más poderosa. La violencia está alejada de la política y se concentra en la delincuencia cotidiana (aunque sigue presente cuando reprime y mata a manifestantes). El Estado sigue siendo precario, con malos servicios, burocrático, corrupto y el botín del ejecutivo de turno…y de los congresistas. El régimen se ha vuelto parlamentario, de facto, la presidencia, algo precario. El mundo de la comunicación ha cambiado notablemente desde los 90. El ecosistema mediático es otro. Demanda más transparencia e interacción, es más horizontal, pero a la vez es más fragmentado creando burbujas a la medida de cada quién, promoviendo la consolidación de identidades grupales que se envuelven en sus mundos. Algunos se vinculan a los asuntos públicos, otros de vez en cuando, algunos no tanto o nada.

 

La gente, descreída de los partidos, sin propuestas que inspiren y desconfiada de una institucionalidad que se percibe al servicio del poder de turno, apuesta por arreglárselas a su manera. Cada uno camina por sus propias islas. Igual hay diversos grupos que, desconfiados de la política partidaria, participan y se conectan para actuar en aquello en lo que creen o necesitan (temas de salud, justicia, alimentación, seguridad, mejor gestión pública, etc.). Hay actividad cívica, pero alejada de los partidos, fragmentada. En las elecciones, cada uno hace lo que puede con la oferta y las reglas existentes. Hay quienes apuestan por el candidato con el que más se identifican, otros al menos malo o, eventualmente a un falso salvador. Algunos sectores del país piden justicia frente a la desigualdad existente, otros orden. Hay quienes ni piden ni esperan nada, entienden que mejor cada quién que se las arregle a su manera. La cultura política plebiscitaria, y un sistema mediático que fragmenta públicos e intereses, media entre la oferta de candidatos y la decisión de voto. Y es probable es que esos supuestos salvadores, que en la coyuntura electoral emocionan, terminen abusando de la confianza depositada. Eso ya lo vimos en los 90, en lo transcurrido del 2001 a la fecha, y se puede repetir.

 

En ese contexto, los partidos han empeorado, no se han democratizado ni fortalecido. Han perdido presencia nacional. Basta ver su magra participación en las elecciones regionales, la baja intención de voto en las presidenciales. Pasar de 2% a 8% te puede convertir en presidente. En el 90 los dos primeros puestos sumaron el 62% de los votos emitidos. En estas elecciones hay que sumar 11 candidaturas para llegar a cifra semejante. Los partidos que ofrecieron ser parte del cambio y la renovación desde el 2001 en adelante, fueron de fracaso en fracaso. Algunos no existen o están camino a desaparecer, otros se mantienen, pero utilizando el poder transitorio a su favor. Los que lograron entrar al Congreso se han desconectado de la ciudadanía, no les incomoda su bajo nivel de aprobación o franco rechazo. Han asumido que pueden vivir con ello mientras puedan presionar o copar las demás instituciones democráticas para ponerlas a su servicio. Ellos son los autores de las actuales reglas electorales, que permiten la dispersión partidaria y una cédula que es la pesadilla de muchos; han diseñado un parlamento que concentrará el poder en el senado. ¿Quieren orden o dar órdenes?

 

En ese clima de desazón y rechazo de lo existente, han aparecido nuevas agrupaciones, algunas con protagonistas ya conocidos, otras no tanto, donde todavía hay gran debilidad partidaria. Tan así que muchos han tenido dificultades para completar sus listas al congreso. Los egos van de un lado a otro, fraccionando las posibilidades de cambio. Algunos de los nuevos plantean soluciones más democráticas, otros son caras diferentes con viejos discursos y estilos. Los reclamos de unidad y coordinación deben esperar a que pase el 12 de abril. Lo bueno es que este proceso ha convocado a diversos interesados en abordar de otra manera la gestión pública. Veamos luego si, entre quienes dicen querer hacer algo diferente, la democracia interna se practica. Nada más democrático que comenzar por casa. El anti ya se agotó porque termina en la victoria y el dominio de pocos. El primer acto democrático, de quienes quiere hacer política de otra manera, es ser democráticos desde su interior.

Hernán Chaparro

La otra orilla

Doctor en Psicología Social por la Universidad Complutense de Madrid, docente del departamento de Comunicaciones de la Pontificia Universidad Católica del Perú y miembro del comité consultivo del área de estudios de opinión del Instituto de Estudios Peruanos (IEP). Viene investigando sobre comunicación política, cultura política y populismo.