Opinión

Justicia y pelotudeces democráticas, por Augusto Álvarez Rodrich

Simpatía por la corrupción y la sociedad civil adormecida.

AAR
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Si la simpatía por la corrupción estuviera tipificada como delito en el código penal, habría que procesar a muchos que en estos días ofrecen expresiones abundantes de respaldo a ladrones ya sentenciados o en camino de serlo con evidencia sólida, como el presidente de Perú Libre, Vladimir Cerrón, hoy el político de izquierda más influyente.

Felizmente, para ellos, su defensa entusiasta y bullanguera de Cerrón no les generarán líos judiciales y quizá ni impacto político por una ciudadanía adormecida y con alta tolerancia ante la corrupción, como señalan desde hace tiempo las encuestas de Proética.

Perú Libre realiza mítines públicos de respaldo a su capo Cerrón, uno de los políticos más hábiles en convertir la ideología en biombo para robar, queriendo construir la imagen de un Robin Hood del ande peruano al servicio del pueblo al disfrazarse de perseguido por sus ideas, con políticos y periodistas sustentando que el ser un supuesto ‘terror de la burguesía’ explica la segunda condena judicial por ratero.

No es el único caso. El congresista Guillermo Bermejo es denunciado con sólida evidencia, y su bancada Cambio Democrático-Juntos por el Perú lo defiende, mientras la 4ta. Toma de Lima (sic) del jueves organizada por la Coordinadora Nacional Unitaria de Lucha (CNUL) incluía en su plataforma la liberación de Pedro Castillo, hoy en prisión preventiva mientras se le procesa por actos de corrupción, el único rubro de su penosa presidencia en el que sí se despabilaba y se ponía mosca.

Rateros como estos abundan en la política peruana, de izquierda a derecha, pero lo más curioso en los recientes casos mencionados son las expresiones políticas de respaldo a su ratero.

¿Es creíble pensar que la justicia persigue al prófugo Cerrón, un descarado que usa X para desafiar con actitud cachacienta a la Policía; a Bermejo o Castillo? La verdad no parece.

Lo que sí parece, en cambio, es que tienen fuerza política que usan como pata de cabra para seguir robando y amenazar a quienes los incomoden, mientras la sociedad civil solo lava banderas selectivamente en función de coincidencias políticas. El resto es silencio. O son, más bien, esas pelotudeces democráticas que tan bien explicó Bermejo hace ya buen tiempo.