¿La hora de volver?

El retorno a las oficinas es el nuevo debate público. ¿Cuáles son nuestras obligaciones?, ¿cómo nos afectará y qué medidas debemos tomar ante una inminente vuelta a la presencialidad? Expertos en materia legal, empresarial y de salud responden.

A partir del 15 de diciembre, la ley permite el regreso de los trabajadores inmunizados. Foto: Antonio Melgarejo
A partir del 15 de diciembre, la ley permite el regreso de los trabajadores inmunizados. Foto: Antonio Melgarejo
Luis  Paucar,Brandon  Tavara Salazar,

Se escuchan diversas posturas: “no sería adecuado regresar a la oficina por seguridad”, “volvería porque tengo problemas informáticos”, “mi eficiencia es la misma en casa”, “el trabajo remoto resulta muy caro”, “la oficina me evitaría distracciones”. Aunque el retorno a la presencialidad laboral no tiene fórmula exacta, algunas empresas ya toman posición frente a ese escenario en un período en que el 59% de la población objetiva está inmunizada y aparentemente apta para la reanudación de actividades.

En agosto, Interbank anunció un modelo de trabajo remoto permanente con el que busca “reinventar el concepto de oficina”; y la semana pasada, la multinacional 3M, presente en Perú, avisó a sus trabajadores que podrán decidir cómo y dónde laborar: cada uno personalizará su plan en coordinación con su supervisor. Son casos que, según expertos, evidencian la relegación de un modelo 100% presencial y abren camino a la alternativa del régimen mixto y gradual.

En el país, el teletrabajo existe desde hace ocho años y antes de la pandemia lo aplicaban 2000 de 4.2 millones de trabajadores registrados en planilla, según el especialista en derecho laboral Ernesto Cárdenas. La implementación del trabajo remoto, escribe el abogado en un artículo, fue una necesidad de los empleadores a raíz del estado de emergencia nacional: más de 220.000 personas registradas en planilla lo utilizaban hacia septiembre del año pasado.

Desde entonces, la vigencia de esta modalidad ha sido condicionada al contexto. Estas semanas son decisivas: si bien el Gobierno ha establecido que hasta el 31 de diciembre los trabajadores del sector público y privado seguirán laborando bajo este régimen, a partir de la quincena, las empresas con más de diez asalariados ya podrán ordenar la presencialidad a quienes cuenten con la pauta completa de vacunación y no pertenezcan a grupos de riesgo.

“La legislación deja a discreción del empleador requerir la presencialidad de los trabajadores inmunizados, quienes deben acogerse a la medida salvo que ambas partes acuerden mantener un sistema total o parcial de teletrabajo”, señala Gabriela Cusimayta, laboralista de la Universidad Norbert Wiener. También existen otros supuestos en los que el trabajador podría exceptuarse, como cuando ha sido médicamente determinado que la composición de la vacuna le generaría afectaciones a su salud y ha objetado por razones de conciencia ser inmunizado. Para estos casos, aunque no está expresamente indicado en la norma, la experta propone que el trabajador avale su buena salud a través de una prueba de COVID-19.

Con este panorama, ¿por qué aún se prefiere el trabajo remoto? Bajo la mirada de Ernesto Cárdenas, este sistema ha demostrado ser “práctico, flexible y hasta beneficioso para conciliar la vida personal, familiar y laboral de los trabajadores, siempre que se use de forma adecuada”. Pero también hay algunos reveses.

El Ministerio de Trabajo habla del ‘síndrome de la cabaña’, en el que las trabajadoras viven un incremento de la carga familiar. Además, en casos puntuales, ha habido intrusión de empleadores por medios telemáticos en la esfera íntima del trabajador. “De modo que nos obliga a una regulación adecuada de la desconexión digital”, apunta el abogado Guillermo Boza y Willman Meléndez, magíster en Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social.

Un cambio más

Si convertir la casa en una oficina fue un ejercicio demandante, ¿cuánto puede costar adaptarse al trabajo presencial? ¿Estamos mentalmente preparados para regresar a lo que hace dos años era la normalidad? La psicóloga social Fedra Rodríguez cree que todavía no. “Nuestro cuerpo, tanto nuestra psiquis como el lado biológico, se acostumbra a los espacios, a los lugares, al clima, a las rutinas —dice—. Volver a la ‘vieja normalidad’ no significa reecontrarnos con los hábitos del pasado, pues ha cambiado desde el espacio físico hasta la manera de saludar, de convivir, incluso cómo nos alimentamos”.

Tras casi dos años, la vuelta al trabajo puede acarrear reacciones físicas y psicológicas “como la falta de sueño, baja productividad, ansiedad, problemas digestivos y desmotivación”. Para sobrellevarlo, recomienda la experta, es importante fijar reglas y protocolos. “Los humanos necesitamos de la estabilidad para estar tranquilos. Si hay reglas claras, la adaptación será más sencilla”, señala. Lo ideal, desde luego, es desenvolverse en un ambiente que mitigue la dureza de esa transición y priorice el aspecto sanitario. Pierina Vilcapoma, infectóloga de la clínica médica Cayetano Heredia, enfatiza que el retorno se aplique a quienes “estrictamente lo necesiten”.

Mientras la productividad no se vea deteriorada, la especialista sugiere la continuidad de la actividad remota para evitar posibles contagios en oficinas y la saturación de los servicios de transporte y de salud. Remarca, además, que la ventilación natural se debe intensificar en la estrategia tanto como el uso de barbijos, el lavado de manos, un refrigerio sin aglomeraciones y la inclusión de un médico ocupacional o de telemonitoreo para que, ante la mínima eventualidad, pueda decidir un aislamiento, si es necesario. Estas medidas están incluidas en los siete lineamientos sanitarios establecidos por el Gobierno.

De acuerdo con la experiencia de Vilcapoma, los exámenes preventivos programados resultan ineficientes en este proceso: “Durante las fechas donde no habrá pruebas —afirma—, un trabajador podría contagiarse y, hasta que le toque su próximo chequeo, podría contagiar al resto de sus colegas”. Hasta ahora, quienes ya han vuelto a pisar las oficinas, sea de forma voluntaria o requerida, hablan de la falta de socialización, de la ausencia de pausas para un café, del agobio de llevar doble mascarilla frente al computador y, sobre todo, del frustrante recurso de seguir conectado por videollamada. Un panorama casi surrealista con más desafíos que atributos.