Domingo

Guardianes de las lenguas en peligro

Un grupo de lingüistas ha emprendido una campaña de recolección de fondos para abastecer de alimentos y medicinas a los últimos hablantes de varias lenguas originarias. El objetivo es ayudar a los maestros iskonawas, resígaros, iñaparis y omaguas a sobrellevar en las mejores condiciones posibles la pandemia.

INFORME  SOBRE LOS  NATIVOS   ISKONAWAS QUE HABITAN EN LA  RESERVA  NATURAL  ISCONAHUA  EN LORETO ///TRIBUS  NATIVOS   AMAZONICOS   ISKONAWAS
INFORME SOBRE LOS NATIVOS ISKONAWAS QUE HABITAN EN LA RESERVA NATURAL ISCONAHUA EN LORETO ///TRIBUS NATIVOS AMAZONICOS ISKONAWAS

A mediados de mayo, una triste noticia se esparció entre lingüistas e investigadores de la Amazonía: doña Amelia Huanaquiri (89) había muerto.

Doña Amelia era una de las últimas hablantes de la lengua omagua. Aunque ya no residía en su comunidad, San Joaquín de Omaguas, sino en Iquitos, era el mayor referente cultural dentro de los omagua, un pequeño pueblo indígena constituido por unas pocas decenas de personas, casi desconocido para la mayoría de peruanos. Durante años ayudó a investigadores, nacionales y extranjeros, a estudiar y documentar su lengua, y su colaboración fue clave para que el Ministerio de Educación oficializara el alfabeto omagua, en febrero de este año.

Todo indica que doña Amelia falleció por complicaciones derivadas del Covid. No se le diagnosticó oficialmente, pero tenía los síntomas, al igual que su hermana y su sobrino, quienes también murieron.

La anciana omagua es uno de los cientos de peruanos provenientes de pueblos originarios fallecidos por Covid. Datos de la Asociación Interétnica de Desarrollo de la Selva Peruana (AIDESEP) y de las direcciones regionales de salud de la Amazonía, recogidos por el portal Salud con lupa, señalan 8,723 casos confirmados y 381 muertos por esta enfermedad.

La pandemia ha golpeado con dureza a los pueblos indígenas del país. Pero el caso de Amelia y de otros indígenas como ella es especial. Porque se trata de los últimos hablantes de lenguas que llegaron a duras penas al nuevo siglo y que hoy están en proceso de desaparición.

Son guardianes de lenguas ancestrales, ancianos, sabios, a los que un grupo de lingüistas peruanos se ha propuesto ayudar y proteger, en la medida de sus posibilidades, en estos tiempos de pandemia.

LOS ÚLTIMOS DE LOS ÚLTIMOS

–Los pueblos originarios han pasado la pandemia en estado de abandono– dice el lingüista Agustín Panizo. –Todas las brechas sociales que les afectan se volvieron más dramáticas. Y dentro de las comunidades, las personas que hablan lenguas en peligro de desaparición son las más vulnerables. Son invisibles en sus entornos. Son los últimos de los últimos.

Panizo ha sido director de Lenguas Indígenas del Ministerio de Cultura y conoce la situación de desprotección en la que viven los guardianes de las lenguas. Desprotección que, sin duda, se agravó durante la pandemia. Alejados de los centros de salud que podrían atenderlos en caso de enfermedad, en muchos casos sin acceso a teléfonos y con los caminos vedados por la cuarentena.

Actualmente hay una decena de pueblos originarios cuyas lenguas son habladas por menos de diez personas. Las lenguas en situación más crítica son la iñapari, la iskonawa, la omagua, la chamicuro, la resígaro y la taushiro (esta última es hablada fluidamente por solo una persona, don Amadeo García). En los últimos años, en varias de ellas se iniciaron procesos de documentación y revitalización. Pero estos quedaron paralizados a causa de la pandemia.

Ante la situación de precariedad en la que viven estos ancianos, algunos de ellos afectados por el Covid y otros expuestos al riesgo de contraer el virus, Panizo y un grupo de lingüistas han iniciado una campaña para recolectar fondos que puedan ayudar a asegurar su alimentación y su provisión de medicamentos.

–Hay esfuerzos valiosos que se están haciendo para atender la situación de los pueblos indígenas– dice la lingüista Carolina Rodríguez, docente de la Pontificia Universidad Católica del Perú. –Pero nosotros queremos llamar la atención sobre estos pueblos chiquitos. ¿Quién piensa en llevarle paracetamol a los chamicuros? Nadie. Y no hablamos de plantas de oxígeno, hablamos de paracetamol, de un saco de arroz.

Esta preocupación especial se explica, además, porque se trata de grupos humanos que a lo largo de su historia han sido golpeados por enfermedades y por la explotación de patrones de la madera o el caucho que literalmente los diezmaron.

–Son personas que han pasado por una serie de eventos traumáticos que los han hecho más vulnerables a los problemas de hoy– dice Rodríguez.

MIEDO ENTRE ISKONAWAS

Cinco adultos mayores atesoran los saberes ancestrales del pueblo iskonawa. Hombres y mujeres que nacieron antes de que la comunidad abandonara las cabeceras de los ríos Utuquinía y Abujao y se instalara en la parte baja del río Callería, en Ucayali, donde compartieron territorio con los shipibo-konibo. Ellos conocen las leyendas, las canciones, las palabras con las que los antiguos nombraron a las cosas. Son los últimos hablantes de la lengua.

Después de que el Covid empezó a propagarse por Pucallpa y alrededores, Carolina Rodríguez y otros lingüistas se comunicaron con los iskonawas y se enteraron de que varios de ellos mostraban síntomas de la enfermedad. De inmediato enviaron una alerta al Ministerio de Cultura. La respuesta del Estado fue enviar brigadas de sanitarios a las comunidades de Callería y Chachibai. El problema, dice Rodríguez, es que las pruebas que llevaron eran pocas y no eran moleculares. Aunque la cifra oficial de la Diresa es de cinco contagiados, los académicos creen que pueden ser más.

Entre los que enfermó estuvo una de las cinco últimas hablantes. La más anciana, la depositaria del legado cultural del pueblo. Como doña Amelia en el caso de los omagua, ella ha sido pieza fundamental para la normalización del alfabeto iskonawa y para el proceso de revitalización de la lengua.

A diferencia de doña Amelia, la sabia iskonawa sobrevivió. Rodríguez dice que la enfermedad la debilitó y que padeció dolores de cabeza, fiebre y dificultad para respirar, pero que ya está mejor, aunque con malestares propios de su avanzada edad.

–El principal problema es que, más allá de la coyuntura de la pandemia, no existe un plan para monitorear la salud del pueblo iskonawa– dice la lingüista. –Hemos tenido que llamar a la Dirección de Pueblos Indígenas en Aislamiento para exigir que se monitoree la salud de la anciana. Y no se ha velado porque durante la cuarentena esta población en particular reciba alimentos.

CAMPAÑA NACIONAL

La primera actividad de ayuda a los guardianes de las lenguas es una rifa, que se está difundiendo por Facebook y que el domingo 9 de agosto sorteará un libro –El ojo que cuenta, de Gredna Landolt. Lo que sigue será una recaudación de fondos internacional y, a la vez, una campaña de difusión nacional que llame la atención de otros investigadores, activistas y ciudadanos en general sobre la compleja situación que viven estos compatriotas.

–Por la pandemia, muchos de ellos han visto detenida su actividad económica. Nuestro objetivo es dotarlos de alimentos y de medicamentos que los ayuden ante la enfermedad– dice Carolina Rodríguez. –Pero, además, lo que queremos es llamar la atención de los ciudadanos y autoridades sobre una situación que necesita ser atendida con suma urgencia.

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