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Opinión

Cárceles Productivas: Una segunda oportunidad para reconstruir el futuro

NECESIDAD DE UN CAMBIO. No basta con encerrar personas con la pena máxima y esperar a que regeneren su vida y comportamiento, sino que debemos empezar a hablar de resocialización. El mayor reto está en vencer el prejuicio y abrir oportunidades reales. Porque el trabajo devuelve dignidad, propósito y responsabilidad.

Cárceles productivas y una segunda oportunidad
Cárceles productivas y una segunda oportunidad | Difusión - INPE | INPE

Shadia Valdez Tejada - Viceministra de Justicia

En el imaginario colectivo de nuestra sociedad, muchas veces se piensa que los establecimientos penitenciarios son espacios de castigo, idea que suele imponerse sobre cualquier otra reflexión. No obstante, pocas veces nos preguntamos: ¿qué pasa después de culminada la condena? Dado que la mayoría de las personas privadas de libertad debe volver a la sociedad, surge una pregunta inevitable: ¿cómo nos gustaría que regresen? Claramente, la idea no es que vuelvan del encierro para cometer nuevos delitos.

En ese sentido, no basta con encerrar personas con la pena máxima y esperar a que regeneren su vida y comportamiento, sino que debemos empezar a hablar de resocialización. Es importante señalar que hablar de resocialización no significa minimizar ni perdonar el daño causado por el delito; al contrario, significa entender que una sociedad más segura también se construye evitando que una persona vuelva a delinquir. Para ello, el trabajo, la capacitación y la apertura de oportunidades cumplen un rol fundamental.

Ese es justamente el propósito del programa de Cárceles Productivas, una intervención del Instituto Nacional Penitenciario que transforma el tiempo de reclusión en una oportunidad para aprender un oficio, desarrollar disciplina y construir herramientas reales para volver a empezar. Detrás de cada producto elaborado dentro de un establecimiento penitenciario hay mucho más que una pieza artesanal o un emprendimiento. Hay historias de personas que decidieron utilizar ese tiempo para reconstruirse, a pesar de las condiciones de violencia y exclusión que muchas veces suelen atravesar. Son personas que aprendieron carpintería, costura, tejido, panadería, metalmecánica y muchos otros oficios que hoy les permiten sostener una actividad económica lícita y productiva. Y lo más importante es que muchos de esos artículos no tienen nada que envidiar a los del mercado tradicional, dado que son de gran calidad, con identidad propia, marcas registradas y una dedicación que muchas veces sorprende a quienes los conocen por primera vez.

Personalmente, he podido recorrer ferias y espacios donde mujeres y hombres, antes privados de libertad, sostienen emprendimientos gracias a lo aprendido en un penal. Algunos venden fuera del país y otros incluyen a sus familias, que comercializan sus productos mientras ellos cumplen su condena. Allí también ocurre la reinserción: en el vínculo que se reconstruye y en la confianza que vuelve a familias que se ven afectadas cuando un familiar comete un delito. Pero el mayor reto está fuera de esa burbuja: vencer el prejuicio y abrir oportunidades reales. Porque el trabajo devuelve dignidad, propósito y responsabilidad, y una segunda oportunidad puede hacer posible un futuro distinto.

Es importante creer en un país donde las segundas oportunidades sean posibles; un país donde corregir un error signifique más que cumplir una condena, y donde también implique retomar vínculos sociales, construir identidad y ser ciudadanos capaces de aportar a un futuro mejor para su entorno. Por ello, considero importante invitarlos a visitar la tienda de Cárceles Productivas, ubicada en el jirón Ica 197 - Cercado de Lima, donde podrán acercarse a las historias de hombres y mujeres que buscan ganarse esa segunda oportunidad a través del esfuerzo y la esperanza en un futuro mejor.

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