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Opinión

Disonancia cognitiva, por Jorge Bruce

" Tan distópica es una propuesta como la otra. Nada bueno va a salir de esto. Pero, por lo menos, no contribuyamos alentando estos relatos a base de mentiras y promesas huecas"

Jorge Bruce
Jorge Bruce

El concepto psíquico de disonancia cognitiva fue acuñado por León Festinger en 1957. Alude al desasosiego o la tensión internos cuando experimentamos dos ideas, creencias o convicciones contradictorias. Este fenómeno de la psicología social activa en nuestro fuero interno una señal de alarma que nos impele a desarrollar estrategias para contrarrestar esta incoherencia que nos perturba. Un ejemplo sería creer en algo en lo que en realidad no creemos o pensar que es cierto algo que sabemos falso. En el libro 'Kolkhose', que el escritor francés Emmanuel Carrère dedica en gran parte a su madre, Hélène Carrère d’Encausse, una de las grandes especialistas en la historia de Rusia y la Unión Soviética, menciona específicamente el mecanismo antes mencionado:

“La disonancia cognitiva era una característica mayor de la vida en la Unión Soviética, donde toda la sociedad se somete a un credo que contradice en cada instante la realidad, donde es preciso, para sobrevivir, creer en el credo, no en la realidad.”

Esto que ocurría en la URSS antes de la caída del Muro de Berlín en 1989 —y que hoy se repite en Rusia— lo estamos constatando a diario en el Perú. Cuando López Aliaga se aferra, contra todas las evidencias, a la narrativa del fraude, pretende que los peruanos nos sumemos a esa desmentida de la realidad. Esta estrategia de disonancia cognitiva claramente se está desmoronando. El problema es que, a la par, se desmoronan las instituciones. Y esto último no es responsabilidad exclusiva del exalcalde de Lima. El cauteloso silencio de Roberto Sánchez y el apoyo a medias tintas del fujimorismo refuerzan este ataque directo contra el Estado de derecho.

El fujimorismo no tiene otro remedio que hacerlo, puesto que Keiko Fujimori fue la protagonista de la misma negación de la realidad electoral en las elecciones del 2021. Además, es coherente con su intención de copar el Estado. No le conviene hacerlo con entusiasmo, porque pondría en peligro la segunda vuelta, en la que parte con más posibilidades que en las elecciones anteriores. Lo que no parecen haber entendido es que, al atacar el trabajo —defectuoso, por cierto, pero sin la menor prueba de fraude— de los organismos electorales, están ignorando los votos de millones de personas que se inclinaron por otras opciones.

Tampoco se advierte en el fujimorismo el menor esfuerzo por revertir esa ofensiva contra el sufragio universal, lo cual les puede resultar carísimo y contraproducente. Como si ellos mismos estuvieran bajo el influjo de la disonancia cognitiva: a fuerza de propalar mentiras, terminan creyéndolas. Uno pensaría: es su problema, que sufran las consecuencias. Pero no es tan sencillo. Menospreciar a quienes, sobre todo en el sur del Perú, votaron por quien parecía representarlos, así sea en menor medida que Castillo, es una estrategia catastrófica.

Alberto Vergara acierta cuando comenta, en una entrevista en Ojo Público, que las anteojeras ideológicas tradicionales son inservibles en el Perú de nuestros días. La izquierda que niega el golpe de Castillo —que todos vimos y podemos volver a ver por televisión— se coloca en plena disonancia cognitiva. “No fue golpe porque no hubo golpe”, afirman. No importa que haya declarado solemnemente, en un mensaje a la nación, que ordenaba “disolver” el Congreso: no funcionó, entonces no vale, ¿ya? Así de elemental es el razonamiento. Habrá que dedicar otra nota a esta identificación con el autogolpe de Fujimori en 1992.

El hecho de que los delitos cometidos por los congresistas del pacto —entre ellos, el grupo de Sánchez— sean gravísimos no redime la propuesta anacrónica del hombre que confundió la realidad con un sombrero. Esta es una paráfrasis del libro del neurólogo Oliver Sacks: “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero”. El caso que da nombre al libro es el de un hombre que padece agnosia visual. Su cerebro no podía interpretar lo que veían sus ojos. Podía reconocer las facciones de un rostro por separado —un ojo, una boca, una nariz—, pero no integrarlas en una totalidad. Sacks titula su libro así porque su paciente, al levantarse de la sesión para irse, intentó coger su sombrero, pero, en vez de eso, tomó la cabeza de su esposa.

Así transcurren nuestras vidas hasta la segunda vuelta: entre la disonancia cognitiva y la agnosia visual. Nos pretenden obligar, mientras soportamos la violencia sin contrapesos de los discursos virulentos de López Aliaga, a elegir por el mal menor. Solo que en cada elección esos males son peores. Keiko Fujimori está ahí por cuarta vez, lo cual hace aún más temibles sus ansias vengativas tras las sucesivas injurias narcisistas de las derrotas previas. Además, antes de la segunda vuelta, ya controla la mayoría de las instituciones encargadas de custodiar el funcionamiento democrático. De ahí que la amenaza de “barrer” el Poder Judicial deba ser tomada muy en serio.

Para Sánchez es la primera vez, pero sus rancias propuestas nacionalistas, al sostener que Castillo no fue un incompetente y corrupto sino un héroe popular, se inscriben en esa gran mentira que desembocó en la Unión Soviética, Cuba, Venezuela o Nicaragua. Tan distópica es una propuesta como la otra. Nada bueno va a salir de esto. Pero, por lo menos, no contribuyamos alentando estos relatos a base de mentiras y promesas huecas. Si esto es todo lo que van a proponernos, tenemos todo el derecho de negarnos a contribuir con nuestro voto a esta disonancia cognitiva de nivel nacional. Conservemos, a la hora de votar, nuestro derecho inalienable a la cordura.

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