El extraño caso de la señora Fujimori y la influencer Keiko, por Marco Sifuentes

"La promesa era que ella sabía gobernar como su padre. A estas alturas, la pregunta es si sabe gobernar sin los hombres de su padre"

El extraño caso de la señora Fujimori y la influencer Keiko, por Marco Sifuentes
La República

Hay gente que reclama que la presidenta se ponga al volante. Pero viéndola en estos 69 días de gobierno, por allí no va la cosa. El problema no es quién está al mando del país, sino quién la gobierna a ella. Como en Inside Out –o, quizás más adecuadamente, como en un anime de robots gigantes–, habría que poner la cámara dentro de la cabeza de Keiko Fujimori.

Disculparán que juegue a la psicología pop.

Es lo que nos queda, lo siento. Después de todo, con ella tenemos que aplicar un raciocinio distinto. Como con su partido. Para explicar al fujimorismo de los últimos diez años, no había que entenderlo desde la lógica de las sumas y restas políticas ni desde la racionalidad de quien busca el voto, sino desde el punto de vista de una organización que se sentía amenazada por la ley. Verlo como una mafia desesperada por sobrevivir. Esa es la mejor forma de explicar los últimos diez años del Perú.

De la misma forma, Keiko tampoco es una política al uso. No podemos tratar de entender sus acciones e inacciones desde la ciencia política. Porque no es un actor político. No solo eso, al menos.

A ver.

Una vez, alguien muy cercano a ella me dijo, refiriéndose no solo a ella, pero también: Todos los Fujimori necesitan sus Montesinos.

Me da la impresión de que ella, en sus primeros días, se estuvo resistiendo a eso. Hasta que no pudo más.

Aquí tenemos que retroceder un poquito. Al primer atisbo dentro de la cabeza. A la primera sorpresa.

Su primera entrevista como presidenta electa, en junio, fue con un cubano llamado Ismael Cala, experiodista reconvertido en una suerte de gurú de autoayuda mística. Ya habíamos visto este lado frivolón de la Keiko en las entrevistas rituales de campaña que solía concederle a Magaly cada cinco años, pero esta vez la intimidad venía con un atisbo al interior de la cabeza presidencial.

Con su amigo, Keiko recordó una conversación reciente (“en Marbella”) en la que, cansada de las derrotas previas, barajaba la idea de retirarse de la política para escribir libros o dictar conferencias. Viendo a la Keiko de esa entrevista, resultaba fácil imaginar por dónde iba a orientar su producción editorial: vibrar alto, confiar en el proceso, trabajar en tu mejor versión. Con Cala, ella hablaba con sinceridad de “manifestar” y “decretar”, ambos verbos entendidos desde lo que se suele llamar, torturando el lenguaje, coaching ontológico.

Se la escuchaba sincera. Todo encajaba, además. La prisión, el divorcio y las derrotas pueden cambiar a cualquiera. Y cuando estás en el hoyo te aferras a lo que tu entorno te ofrezca. Así que, siendo Keiko una señora pituca de la élite latina, resulta fácil dilucidar su tránsito hacia el mundo de “cerrar ciclos”.

Sin considerar algo crucial: su padre había muerto.

Quizás ya podía desprenderse de un destino que no era suyo, que le había caído encima cuando su madre se fue de Palacio. Ya saben: soltar, sanar, fluir.

Y justo entonces ganó la elección.

Yo no sé si ustedes lo recuerdan, pero esta primera vuelta fue su peor campaña. Su peor debate. Su peor todo. No parecía convencida.

Y justo ganó.

Lamentablemente para ella, los electores no contrataron su desarrollo personal. Le encargaron un país. Y el país tiene la mala costumbre de presentar problemas que no se resuelven decretando nada. Nada ontológico, digo. Porque los decretos que ella quería no eran nacionales, sino los del universo que, desde su punto de vista, al fin había conspirado a su favor.

Así surgió, en esos primeros días, la Keiko Influencer. La que pide taps taps en TikTok, la que modela sombreros artesanales, la que promociona a modistos nacionales.

Todos sabemos lo que vino después. El caos, el desorden, el desplome en las encuestas.

Cincuenta días después, el 16 de septiembre, Keiko encendió la batiseñal. O la 90s-señal. Formalizó su Comisión Consultiva con dos exministros de su padre acusados con ella en el Caso Cocteles –Yoshiyama, Chlimper–, su abogado de ese caso, la esposa de otro exministro noventero… ya me entienden. Un comité de sabios. De noventeros.

Este refuerzo permite sospechar de la insuficiencia de Galarreta y Miki Torres –sus más fieles minions desde que el juicio Cocteles la aisló de casi todo su entorno–. Se había refugiado en ellos dos cuando judicialmente no podía tener contacto con ningún coinvestigado. Cuando todavía no manifestaba ni decretaba, cuando el abismo había mirado dentro de ella.

Así que ahora que el abismo vuelve a amenazar, volvió al entorno coctelero. Al noventero. A tener, como su padre, asesores presidenciales.

Seis días después de rodearse oficialmente con los amigos de papá, apareció ante la ONU la señora Fujimori. Con lenguaje bélico, pidió tratar a las organizaciones criminales como terroristas, defendió a militares y policías procesados por violar derechos humanos y se enfrentó a los organismos multilaterales. La noventera había tomado el micrófono. Tras trabajar en su mejor versión, parecía haber reinstalado la versión anterior.

La señora Fujimori volvió de Nueva York con una nueva actitud. Están poniendo a prueba nuestra paciencia, le advirtió a los congresistas. Es que no la dejaban decretar.

¿Esto es parte de un plan para cerrar la única cámara del Congreso controlada por la oposición? Claramente hay un sector del régimen que apuesta a eso. No sabemos si un sector de la cabeza presidencial también. No sabemos si se siente cómoda en este rol. Si le jode regresar a un ciclo que ya había cerrado. No sabemos cuánto tiempo le durará el personaje de la Señora Fujimori. Hay señales de que Hulk no quiere asomar por completo: ya la vimos, el domingo anterior, intentando volver a su zona de confort influencer. Es pesada la mochila de su apellido.

Las dos Keikos pueden ser sinceras: la que quiere soltar el pasado y la que busca en él la seguridad que le falta. La promesa era que ella sabía gobernar como su padre. A estas alturas, la pregunta es si sabe gobernar sin los hombres de su padre.

Las elecciones de hoy le recordarán que el país también elige a otros. De las urnas no saldrán invitados para su lives, sino gobernadores y alcaldes con votos propios. Habrá que negociar prioridades, presupuestos y conflictos con autoridades que no tienen por qué vibrar en su frecuencia. Allí veremos cuánto dura la coach y cuánto demora en volver al ciclo de los noventa.

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