Jorge Bruce es un reconocido psicoanalista de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Ha publicado varias columnas de opinión en diversos medios de comunicación. Es autor del libro "Nos habíamos choleado tanto. Psicoanálisis y racismo".
Se suele decir que el Perú es un país fragmentado. Esto parece indiscutible. Salvo contadas excepciones de todos conocidas (fútbol, gastronomía), hemos fracasado como proyecto nacional. Las elecciones generales suelen ser escenarios de proyección de esta incapacidad de articulación. Los símbolos patrios o el himno nacional, en realidad, funcionan como esfuerzos por disfrazar estas divisiones de diversa índole: de clase, etnia, educación, ideología, religión, etcétera. Sin embargo, esta evidencia que muy pocos discuten oculta un dato relevante para entender y, en consecuencia, intentar cambiar estas fallas en las costuras del tejido peruano.
Este dato es la o las fuerzas que mantienen la división en muros infranqueables. En suma, no estamos divididos por factores ajenos a nuestra voluntad. Por el contrario, hay una voluntad de mantenernos desvinculados. Permítanme poner un ejemplo de algo que me ocurrió esta semana. Estaba ingresando a la puerta de mi casa con mi llave. Coincidí con una señora que estaba al lado, con quien solemos saludarnos cordialmente. Esta amable persona es trabajadora del hogar que colinda con mi vivienda. Al ver que tocaba el timbre de la casa, le dije en tono de broma, pensando que había olvidado su llave: “¿No tiene llave de la casa?”. Ella, sin dejar de sonreír, me respondió: “No me dan llave”. Luego agregó, acaso al advertir mi expresión de perplejidad: “Hace veinte años que trabajo acá y no me dan llave”.
Me limité a responderle que me parecía muy mal que no le dieran llave, sabiendo que esa respuesta no hacía nada para resolver la humillación que suponía tratarla como una extraña en una casa en la que trabaja hace dos décadas. Mientras entraba a mi domicilio, supe que eso era algo sobre lo que tenía que pensar y acaso, como lo estoy haciendo, compartirlo con los lectores de La República (aclaro que he modificado algunos puntos del episodio para no causarle problemas a la persona que me confió lo que le sucedía).
Las fuerzas desvinculantes, en la jerga psicoanalítica, se desprenden del narcisismo y la pulsión de muerte. Son, pues, lo contrario de las eróticas (no solo en el sentido sexual), que tienden a crear vínculos y reconocer al otro. El término que usamos para esto es objetalización. Lo cual no implica convertir al otro en un objeto en el sentido, por ejemplo, de la mujer-objeto, sino reconocerlo como otro significativo. Mientras las pulsiones vinculantes humanizan, las desvinculantes deshumanizan. La racialización, por ejemplo, suele hacerlo recurriendo a metáforas animales: “¿Cómo van a votar por el TLC llamas y alpacas?”, dijo el presidente en la época en que se acudiría a un referéndum acerca de esos tratados de libre comercio. O, como se ve en las redes sociales, se suele agredir a los peruanos afrodescendientes tratándolos como simios. Incluso lo he visto en programas filmados, utilizando la risa para encubrir el delito de discriminación.
La señora a la que no le dan la llave de la casa en la que trabaja hace tanto tiempo está siendo tratada como una persona indigna de confianza, a quien hay que mantener en “su lugar” de inferioridad. Esta no es, pues, una fragmentación geográfica o de identidad nacional: es una discriminación de clase y no perpetrada contra una persona desconocida. Se trata de una persona con la que conviven desde hace mucho tiempo y a la que hacen sentir, a diario, como alguien que pertenece a un estrato social inferior.
Nos es más fácil reconocer las divisiones, como ocurrió en las últimas elecciones, entre Lima y las regiones, el norte y el sur, los centros urbanos y el campo, etcétera. Pero la realidad no se deja circunscribir por esas coordenadas cartográficas. En el seno de nuestra convivencia, en nosotros mismos, existe esa pugna entre las fuerzas vinculantes y las desvinculantes. Por supuesto, sería un grosero error pretender homologar lo que sucede en la intimidad de cada cual, o el hogar, con la inmensidad del territorio peruano.
El caso del LUM es otro ejemplo de la acción de las fuerzas desvinculantes. Pretender que ese lugar de memoria desune a los peruanos demuestra que lo que se pretende en realidad es lo contrario. Cualquiera que haya visitado el museo se topará con la descripción objetiva del informe de la CVR, en donde Sendero Luminoso fue el grupo armado que cometió la mayor cantidad de crímenes de lesa humanidad. Está en la primera página del informe mencionado y en la entrada del LUM. Pretender negar esa evidencia y el reconocimiento que se hace no solo de los crímenes también cometidos por las FFAA, así como su heroicidad en muchos casos, es el perfecto ejemplo del trabajo de la desvinculación. De la voluntad de no saber e imponer una narrativa infantilizante de un ejército y una policía intachables, frente a unos terroristas que deben ser los únicos responsables de las masacres.
Esa manipulación grosera de la verdad es el resultado de las pulsiones tanáticas, desvinculantes, desobjetalizantes. Es una deformación grosera de la historia, que solo puede llevar a que, cada vez que se considere oportuno, se terruquee, animalice y acaso extermine a quien se considere enemigo del régimen. Por eso lo del LUM es parte de una ofensiva ideológica en pro del pensamiento único. Es una de las señales de los gobiernos autoritarios: apoderarse de la verdad y manipularla en función de sus intereses. Es lo mismo que no darle la llave de la casa a una persona que trabaja hace mucho tiempo ahí: recordarle que su pertenencia al hogar es un favor que puede terminar, en cualquier momento, en una desvinculación.

Jorge Bruce es un reconocido psicoanalista de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Ha publicado varias columnas de opinión en diversos medios de comunicación. Es autor del libro "Nos habíamos choleado tanto. Psicoanálisis y racismo".