Exministro de RREE. Jurista. Embajador. Ha sido presidente de las comisiones de derechos humanos, desarme y patrimonio cultural de las...
Un día del invierno limeño, en 1973, mirando la opaca niebla por la ventana, sincronicé los cilindros estriados de los seis discos de acero de la CX 52. Giré la manivela y comprobé que la nueva clave estaba instalada. Aprobar el curso de criptografía era un requisito fundamental en la Academia Diplomática. El técnico César Coca, durante la clase, nos recordó con orgullo y suficiencia que la empresa suiza Crypto AG no trabajaba en serie. Fabricaba las máquinas con variantes adaptadas a cada comprador, con diferentes ruedas, mecanismos de avance y configuraciones criptográficas. Por ello, cada país usuario confiaba en la seguridad absoluta del secreto de sus comunicaciones.
Al terminar la clase y después de haber concluido la difícil lección del «doble armado», me encaminé por el jirón Junín hacia Torre Tagle. No se me iba de la cabeza la funcionalidad y utilidad de la maquinita, ese color plomo de su cubierta de acero que la hacía tan fría y austera. También la convicción con la que el profesor se había referido a la garantía de su fabricación suiza. Sí, pues, Suiza era confiable. Por la seriedad y responsabilidad de su gente y por su historia de neutralidad en las guerras mundiales. Habían creado la Cruz Roja. Me quedó dando vueltas la idea de que de esa máquina, aparentemente tan sencilla, podía depender la seguridad nacional en la paz y en la guerra. Y, sin llegar a esos extremos, el secreto y la confidencialidad de las comunicaciones entre las cancillerías y las embajadas.
Ya al llegar a Torre Tagle, un compañero de estudios, muy ofuscado, me alcanzó corriendo y me dijo con sorpresa y alarma: ¡Golpe en Chile! ¡Murió Allende! ¡Miles de detenidos! Cientos de chilenos y peruanos buscaban refugio en la embajada peruana.
El embajador Arturo García y García, con dignidad hecha conducta y en ejercicio severo y responsable de sus obligaciones diplomáticas, dirigió y coordinó personalmente la concesión de refugios y asilos. Los cables secretos iban y venían de Santiago a Lima, sin horario. Y la CX 52 cumplía su papel con implacable eficiencia.
En esa época, alternaba las clases en la Academia Diplomática con el dictado de un curso de Historia del pensamiento político peruano en la Facultad de Sociología de la Universidad San Martín de Porres. Las noticias sobre Chile eran cada día más alarmantes. En clase, al analizar el pensamiento de González Prada sobre la segunda guerra con Chile (1879), volvió a mi memoria la CX 52. Pensé que las comunicaciones cifradas y secretas debieron de haber sido decisivas en el conflicto y en la negociación de la paz en 1883, aunque usando, en lugar de medios mecánicos, los voluminosos diccionarios de cifra.
Comprendí que mis ideas sobre la diplomacia democrática y abierta, contraria al secretismo, no podían ser absolutas. Que los intereses de la nación, de la población, debían necesariamente tener —en las dinámicas del conflicto y la cooperación— procesos, hechos y decisiones necesariamente secretos o reservados. Aunque, por supuesto, luego de un tiempo prudencial deberían desclasificarse. No puede haber secretos para la historia.
Decidí investigar algo sobre la historia de la criptografía en la diplomacia peruana. Lo hice en la histórica biblioteca de Torre Tagle. Santuario de la vida diplomática del Perú que, lamentablemente, ya no existe. Encontré el número 23-24 de la Revista de la Sociedad Peruana de Derecho Internacional. Y allí, un artículo de Juan Miguel Bákula, escrito en 1947, titulado 'Apuntes de historia, criptografía y diplomacia de la emancipación'. El hallazgo me hizo feliz.
Descubrí que Bernardo Monteagudo, ministro de Guerra, Marina y Relaciones Exteriores en el protectorado de San Martín, era, además de patriota emancipador, un talento para el cifrado y descifrado de mensajes. Quizá por su pertenencia a la logia masónica Lautaro de Buenos Aires. Monteagudo había sido el autor de las claves secretas que utilizaron Juan García del Río y Diego Paroissien, los primeros embajadores de la República, en su misión al Viejo Mundo (1822) para buscar un príncipe europeo que gobernase el Perú independiente. Las claves de García del Río y Paroissien consistían en una sustitución simple de letras por números y un código de 409 palabras.
Entre 1819 y 1826, los mensajes cifrados fueron de extrema utilidad a las fuerzas revolucionarias emancipadoras. San Martín, Sucre, Bolívar y Santander usaron sus propias claves personales. Códigos y claves volvieron a ser parte vital de la defensa nacional en las guerras y negociaciones de nuestra historia diplomática.
Hasta mediados del siglo XX se utilizaron distintos métodos para poner a salvo los secretos militares y diplomáticos. La tinta invisible (procedimiento químico), la cifra basada en un diccionario de correspondencia de grafías, signos y palabras, el método de la rejilla simple (cifrado por transposición de unidades de texto) y las claves de sustitución simple de un alfabeto.
Estos procedimientos manuales se utilizaron hasta los años sesenta y setenta. Por esa época se pasó en América Latina y el Perú a la cifra mecánica. Había llegado la modernidad. Con su mejor exponente, la célebre CX 52, una máquina de tecnología de vanguardia. Confiable y segura. En principio, las claves solo podían romperse si se tenía acceso a los códigos de armado. Muy improbable.
La CX 52 pasó a ser el sistema de cifrado de la mayor parte de los países de América Latina y del mundo. La utilizaron los servicios diplomáticos y las fuerzas armadas. Su reinado duró toda la Guerra Fría. La sepultó la era digital de las computadoras y el cifrado basado en algoritmos matemáticos complejos. Pero en nuestra memoria siguió siendo el símbolo del secreto de la identidad nacional. Que la operaran directamente los diplomáticos estableció una relación de estos con la seguridad nacional y con la CX 52. Cotidiana. Con las nuevas tecnologías, todo quedó atrás y el cifrado se volvió impersonal, ajeno a la vida cotidiana del diplomático.
Ese recuerdo y esa convicción sobre el papel que jugó la CX 52 preservando el secreto de la diplomacia y la defensa nacional estallaron y se hicieron añicos el 11 de febrero de 2022. The Washington Post reveló, con todas las pruebas pertinentes, que Crypto AG, la fabricante suiza de la CX 52, habría hecho un temprano acuerdo, irónicamente secreto, con la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos (CIA) y el Servicio Federal de Inteligencia (BND) de Alemania, para que estas agencias pudieran descifrar y leer los mensajes procesados con las máquinas vendidas a más de 120 países. Entre ellos, ciertamente, Perú, Chile, Brasil, México, Venezuela, Uruguay y Colombia.
Por supuesto, la URSS y China nunca compraron ni usaron la CX 52. La deslealtad suprema no se utilizó contra adversarios, sino contra aliados. La propia CIA calificó el evento como «el golpe de inteligencia del siglo». Un caso de espionaje tan masivo y sistemático no se recuerda en la historia moderna. Las novelas de espionaje de John le Carré jamás lo hubieran imaginado. Queda la certeza de que la única que sale sin responsabilidad de este embrollo es la CX 52. Ella no podía evitar que la voluntad humana violase su estructura mecánica de alta y confiable seguridad.
En el mundo de nuestros días, más allá de los cambios tecnológicos, en nuestros días el cifrado es digital; el secreto, la reserva y la confidencialidad son más que nunca requisitos de la acción diplomática, pero también lo es el acceso a la información como valor de una sociedad democrática. La Ley 27.806 de Transparencia y Acceso es insuficiente en la clasificación de la información y excesivamente restrictiva en su acceso. Se requiere una regulación específica de las relaciones exteriores.

Exministro de RREE. Jurista. Embajador. Ha sido presidente de las comisiones de derechos humanos, desarme y patrimonio cultural de las Naciones Unidas. Negociador adjunto de la paz entre el gobierno de Guatemala y la guerrilla. Autor y negociador de la Carta Democrática Interamericana. Llevó el caso Perú-Chile a la Corte Internacional de Justicia.