Politóloga, máster en políticas públicas y sociales y en liderazgo político. Servidora pública, profesora universitaria y analista política. Comprometida con la participación política de la mujer y la democracia por sobre todas las cosas. Nada nos prepara para entender al Perú, pero seguimos apostando a construirlo.

Atravesar el duelo, por Paula Távara

"Reconocer que este ha sido un proceso no solo político sino emocional me ha permitido mirar con otra perspectiva lo que se viene y empezar a analizarlo desde otra perspectiva"

Llevo semanas de silencio. Un silencio, más que voluntario, necesario. A veces, cuando algo que creías inamovible cambia, el cuerpo pide hacer el mismo duelo que cuando un ser querido ha partido.

En esa situación, la politóloga, la analista, la columnista quedó en segundo plano, mientras la ciudadana procesaba los resultados electorales de forma mucho más emocional, teniendo que reconocer la nueva situación en la cual el cordón sanitario que tendimos durante décadas y que, pese a todo, parecía difícil de vencer, había caído.

Esa ciudadana que, como he contado antes en esta misma columna, con apenas 6 años votó contra la Constitución del 92 en una cédula dibujada por mamá, ha estado en duelo.

Y sé que no soy la única. Cuando he sido capaz de verbalizar que esa era la situación que estaba viviendo, muchos amigos y amigas me dijeron que es así como se sienten. Quienes somos demócratas sabemos que aceptar la derrota es parte de las reglas, pero eso no significa que podamos hacerlo siempre sin que ello duela.

Reconocer que este ha sido un proceso no solo político sino emocional me ha permitido mirar con otra perspectiva lo que se viene y empezar a analizarlo desde otra perspectiva. La asepsia nunca ha sido parte de mi forma de ver y vivir el país.

Según la psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross, el proceso de duelo atraviesa cinco etapas. La primera es la negación o el shock inicial. Me reconozco más en esta segunda emoción. Porque, como politóloga y una persona que trata de analizar los datos desapasionadamente, ya desde los resultados de primera vuelta intuía que esta vez la contienda iba a ser más difícil y las posibilidades de vencer significativamente menores.

Sin embargo, el que la mayoría de los partidos de oposición fueran capaces de unirse en un frente común generó expectativa. Un querido colega pasó días haciendo cálculos esperanzados, aunque no rigurosos. Esa fue su forma de afrontar la negación, su 'Matemáticamente posible'. El día que llegó y no me dijo “he estado mirando las actas anoche”, no pude sino sentir su dolor como mío.

La segunda etapa es la de la rabia, sentimientos de frustración y de impotencia al no poder modificar las consecuencias de la pérdida. El enojo con uno mismo, la frustración. ¿Pudimos hacer más? ¿Otros pudieron hacer más?

En esa etapa volví sobre la pregunta que he planteado antes en esta misma columna: ¿qué responderemos cuando nos pregunten dónde estábamos cuando permitimos que terminaran de tomar el Estado? Cuando al fin lograron pasar del poder en la sombra a la primera línea.

La tercera etapa del duelo es la de la negociación, en la cual se guarda la esperanza de que nada cambie o de que pueda influir de algún modo en la situación. Esta no soy capaz de reconocerla en mí o en otras personas cercanas; conocemos demasiado bien la forma en que los cabos se han ido atando a lo largo de estos años, los negociados, los ajustes constitucionales y los antecedentes de esta fuerza política como para pensar que es posible neutralizarlos.

Esto no niega, sin embargo, la existencia de ciertos signos de esperanza. Cuando he tenido oportunidad (y ánimos) para compartir mi análisis sobre los resultados electorales, he dicho que es positivo que, de todos los socios del pacto que sostuvo a Boluarte, Jerí y Balcázar en el poder, solo queden dos con representación parlamentaria. Alianza Por el Progreso, Avanza País, Podemos Perú y Perú Libre —los socios menos programáticos del pacto— tuvieron que asumir los costos de sus años robando las arcas del Estado y legislando bajo intereses personalísimos.

La cuarta etapa es la depresión. La tristeza profunda y el vacío al conectar más explícitamente con la pérdida. Luego de años peleando por el mantenimiento de la democracia y los derechos ciudadanos —estos últimos años además desde un lugar mucho más intenso—, denunciando los abusos de poder, el asesinato de ciudadanos y ciudadanas, la deformación de las leyes y los retrocesos autoritarios, durante algunas semanas sentí que no tenía fuerzas para más.

El profundo amor de mi familia (a pesar de la distancia física, Belén y yo nos abrazamos virtualmente cuando los resultados fueron irreversibles), la catarsis con las amigas poderosas que me reinician siempre, la certeza de que aún hay personas con las que vale la pena luchar codo a codo, la ternura de mi hija al lamentarse de que ganara 'La señora que no nos representa' y un loop de 'El necio' en los audífonos me sostuvieron.

Y así llegamos a la quinta y última etapa: la aceptación. Asumir la nueva realidad, seguir adelante. Volver.

Porque no es verdad, no lo han tomado todo. Porque una oposición medianamente articulada va tomando forma en el Parlamento; porque los números no les dan para volver a nombrar antojadizamente a los miembros del Tribunal Constitucional o volver a elegir a un Defensor del Pueblo de la calaña del actual. Porque el Estado tiene como punto de partida a la ciudadanía antes incluso que las instituciones.

Y porque este año tenemos en octubre una nueva oportunidad: la de las Elecciones Regionales y Municipales, y tras ella quienes gobiernan nuestro territorio más cercano, nuestros alcaldes, alcaldesas y gobernadores o gobernadoras regionales, podrían ser quienes articulen con el Ejecutivo nacional y, al mismo tiempo, quienes sean piedra de tope de los abusos que este pueda pretender cometer en el futuro.

Así, superado el duelo —que cada una llevará a cabo en el tiempo que necesite—, volvemos a trabajar por hacer de este un país más justo y más vivible. Quizás, como decía Eliazer Budasoff, esta sea “una promesa de futuro extraña”, basada en la terquedad antes que el optimismo.

Paula Távara

Politóloga, máster en políticas públicas y sociales y en liderazgo político. Servidora pública, profesora universitaria y analista política. Comprometida con la participación política de la mujer y la democracia por sobre todas las cosas. Nada nos prepara para entender al Perú, pero seguimos apostando a construirlo.