Abogado y politólogo. Egresado de la UNMSM, Magíster en Ciencias Penales y candidato a Doctor en Filosofía (UNMSM). Profesor en la USMP y UNMSM. Director del Portal de Asuntos Públicos Pata Amarilla.

Las elecciones y el dilema del avatar, por Juan De la Puente

"Siendo objetivos, enlazando la tendencia de neutralización mutua y el desembalse desigual, es probable en porcentajes iguales que pasen a la segunda vuelta dos candidatos del pacto, en cuyo caso tendríamos un resultado parecido al de 2016, o que lo hagan un candidato del pacto.

El último tramo previo a las elecciones revela las filosas aristas de una competencia que arrojará ganadores, pero no vencedores, es decir, un dato aritmético con mínima legitimidad al punto de no significar un evento definitorio.

La República Obscena instaurada en los últimos años transformó las relaciones entre candidatos y electores en una dimensión que el actual Congreso no imaginó cuando derribó las leyes de la tímida reforma electoral aprobada desde 2018.

Muy poco del proceso electoral se parece a los que tuvimos en las últimas décadas. Los partidos son menos partidos, los políticos menos políticos y los electores menos electores. Tanto variaron las relaciones entre la oferta y demanda electoral que los candidatos han dejado de hacer grandes promesas y la sociedad ha dejado de reclamar grandes proposiciones. El 12 de abril se producirá un “choque y fuga” masivo y oficial, un acto lícito, pero obsceno, apurado y a desgano, sin protección y sin compromiso.

La redefinición de las reglas de juego sepulta a mayor profundidad todo lo que puede ser rotulado como programático y ha elevado las representaciones estéticas a un nivel superlativo. No hay duda de que buena parte de los resultados dependerá más que antes de los posicionamientos simbólicos y pulsiones emocionales operadas directamente por las redes sociales y medios tradicionales, con escasa mediación política convencional.

Tampoco nos creemos el cuento de que ese simbolismo hegemónico no es político. Lo es en otro sentido. El resultado atenderá algunos elementos de la política como reglas procedimentales, conteo de votos y “poblamiento” de instituciones; pero no resolverá lo político como dirección de la sociedad con cierto horizonte. Se gana en la política y se vence en lo político, de modo que apreciando las tendencias es probable que los peruanos volvamos a las urnas antes del plazo constitucional previsto.

En medio de la severa crisis, la salvación simbólica parece tener la legitimidad de un proyecto certero. Sin embargo, es una ficción. Si lo simbólico necesita ser total o no serlo, la campaña se desliza hacia un simbolismo desenfrenado y procaz que intenta ocultar la debilidad de los actores. Ya no es suficiente disfrazarse de comunero, chalán o indígena amazónico.

Uno de los candidatos generales retirados se muestra vestido de uniforme de campaña y boina negra y anuncia un cambio a la fuerza, que ya no es una promesa sino una advertencia. Otra postulante también advierte que vuelve el orden -no necesariamente seguridad- el principio de autoridad en un país que demanda principio de justicia y de igualdad. Otro candidato lanza dos advertencias, reducir de 19 a 6 los ministerios -es decir, suprimir políticas públicas y echar a la calle en medio millón de trabajadores- y disolver la Cámara de Diputados si no respaldan su política, la misma que no se sabe en qué consiste porque ha presentado tres programas de gobierno sucesivamente.

Buena parte del resto asume las simbólicas camisitas y blusitas que, aunque los uniforman e infantilizan, les facilitan ser apreciados como expresiones estéticas no habladas -sí bailadas- de algo nuevo. Así como en la mayoría de candidatos el baile reemplaza a las ideas, en el debate organizado por el JNE asistimos a un carnaval de procacidades que también desempeñaron el simbólico intento de reemplazar la palabra.

Ese simbolismo no los fortalece, sino que los debilita más. La transformación de la mayoría de candidatos en actores -actores más que nunca- que desean solo agradar a los electores los ha convertido en avatares de apariencia física pero que en realidad flotan, manejados a distancia y cambiados a gusto del público luego de interactuar con él. El universo electoral estilo avatar donde la imagen proyectada y el sello digital pretende prescindir de las ideas – ahí está Acuña, el niño símbolo del avatar desnudo con sus influencers alquilados como muebles- ha redefinido la calidad de la deliberación pública en esta oportunidad y compromete la solidez del próximo poder.

Con Jerí aprendimos que el avatar político no tiene autonomía propia, que es visible y desechable, y que el símbolo sin proyección no puede procesar los conflictos sociales ni tejer la trama de las instituciones, y que esa incapacidad profundiza la crisis en lugar de resolverla. Más aún si el avatar es corrupto. El algoritmo manda, pero no gobierna. Todavía.

Los avatar han tenido hasta ahora menos éxito de lo esperado. El cortejo simbólico desenfrenado no ha seducido tanto como se pensaba. En la cifra gruesa el 57% de electores aún no han decidido su voto o, habiendo decidido, podrían cambiarlo. En la cifra específica, un 35% aún no ha decidido por quién votar (IEP marzo). Es entendible que si el avatar cree que es suficiente ser como los electores en lugar de actuar por los electores -teoría pura de la representación- la lealtad política se acerca a cero.

En estas condiciones los representantes elegidos representan menos. Esta realidad es un aviso a los grupos democráticos, especialmente para aquellos que creen que la batalla contra la República Obscena y su pacto parlamentario se acaba en las dos vueltas electorales de 2026. La desmovilización de la sociedad que reclama cambios en la perspectiva de igualdad y bienestar de las peruanas y peruanos acarreó efectos devastadores luego de las elecciones de 2011, 2016 y 2021. Completar la representación y evitar la ilegitimidad contingente implica un permanente afán de tejer la ciudadanía en todos los ámbitos de la sociedad.

Al escribirse este artículo, las encuestas indican que, a diferencia de las elecciones de 2021, el desembalse de los votos resistentes - mal llamados indecisos- aún no se ha producido y que no se sabe qué porcentaje de ese tercio de electores se convertirán en omisos al acto electoral. La perspectiva de un gran desembalse o un mini desembalse es incierta. Esta incertidumbre está directamente vinculada al país antielectoral al que no han podido seducir ni las candidaturas simbólicas ni las programáticas.

Me temo que, por los datos a la vista, reducidas las posibilidades de los candidatos avatar, son las candidaturas programáticas las que se encuentran en mejor condición de atraer a los electores resistentes. Las encuestas también señalan en este punto algunas tendencias. Las candidaturas del pacto parlamentario se neutralizan mutuamente sobre todo en Lima y en el norte del país y que el porcentaje de electores resistentes es menor en Lima, en los sectores económicos A y B, en los hombres y en los que se definen como de derecha y de centro.

Es cierto que también se detecta un bloqueo mutuo en menor intensidad entre las candidaturas contrarias al pacto parlamentario, aunque el desembale podría disparar las posibilidades de uno de ellos, lo que no sucedería en las candidaturas de la derecha radical. Sin embargo, siendo objetivos, enlazando la tendencia de neutralización mutua y el desembalse desigual, es probable en porcentajes iguales que pasen a la segunda vuelta dos candidatos del pacto, en cuyo caso tendríamos un resultado parecido al de 2016, o que lo hagan un candidato del pacto y otro contrario a este, en cuyo caso tendríamos un resultado parecido a 2021.

¿Qué hay dentro del país antielectoral que no se ha dejado seducir por las candidaturas avatar y por las candidaturas programáticas? ¿Se cobija ahí un voto estratégico que jugará agónicamente contra la República Obscena? Nos vemos el 12 de abril.

Juan De la Puente

La mitad más uno

Abogado y politólogo. Egresado de la UNMSM, Magíster en Ciencias Penales y candidato a Doctor en Filosofía (UNMSM). Profesor en la USMP y UNMSM. Director del Portal de Asuntos Públicos Pata Amarilla.