Abogado y Magister en derecho. Ha sido ministro de Relaciones Exteriores (2001- 2002) y de Justicia (2000- 2001). También presidente...
La invasión rusa de Ucrania no es “un conflicto más”. Es el mayor asalto armado contra el orden europeo desde 1945, y su saldo humano y material ya no admite eufemismos. A fuerza de drones, artillería y misiles, la guerra ha mutado en una máquina de desgaste: consume vidas en el frente, pulveriza infraestructura civil y empuja a Europa a una normalización peligrosa —como si lo intolerable pudiera volverse rutina—.
En 2025, la misión de monitoreo de derechos humanos de la ONU en Ucrania verificó 2,514 civiles muertos y 12,142 heridos: el año más letal para civiles desde 2022, con el 97% de esas víctimas en zonas controladas por Ucrania por ataques lanzados por fuerzas rusas. En el acumulado hasta fines de 2025, ese mismo sistema de verificación registra al menos ~15,000 civiles muertos y más de 40,000 heridos (mínimos verificados; la cifra real sería mayor por zonas inaccesibles y subregistro). En cuanto a pérdidas militares, el secreto, la propaganda y el “ruido” hacen imposible una cifra definitiva. Pero los rangos ya son de escala histórica: un estudio del Center for Strategic and International Studies estima que las bajas militares combinadas (muertos, heridos y desaparecidos) podrían acercarse a 2 millones hacia la primavera de 2026, con una carga desproporcionada del lado ruso. Y está la destrucción: la evaluación conjunta del gobierno ucraniano, el Banco Mundial, la Comisión Europea y la ONU calculó en US$524 mil millones el costo de recuperación y reconstrucción a diez años (a valores de fines de 2024), con daños masivos en vivienda, transporte y energía.
Ese es el corazón del drama: un país desangrado y un continente obligado a decidir si defiende su seguridad con convicción… o con fatiga.
Primero, un alto el fuego verificable, con “candados” reales. “Alto el fuego” suena bien; pero, mal diseñado, es una trampa. La única pausa aceptable es aquella que sea verificable y esté supervisada. Esto implica monitoreo robusto, mecanismos de investigación de violaciones y consecuencias automáticas ante incumplimientos. Europa —si quiere ser actor y no comentarista— debe impulsar un esquema con observación internacional y trazabilidad de incidentes. Sin verificación, un cese es apenas una intermisión para rearmarse.
Segundo, una negociación por fases: seguridad primero, estatus después. Pretender resolver de una sola vez “territorio, seguridad, sanciones, reparación y justicia” es receta para el estancamiento. Una arquitectura por etapas resulta más realista. La fase uno debe concentrarse en la estabilización y la protección de civiles e infraestructura crítica. La fase dos debe abordar el intercambio y retorno de detenidos, la habilitación de corredores humanitarios y los asuntos vinculados a la energía. La fase tres debe encarar el arreglo político-territorial con garantías. El punto no es “congelar” la injusticia, sino impedir que la guerra siga produciendo muertos mientras la diplomacia madura. Y aquí Europa debe hablar claro: la paz no puede ser premio a la agresión.
Tercero, Europa como garante: defensa, disuasión y reconstrucción condicionada. Europa dispone de tres palancas simultáneas. En primer lugar, apoyo militar defensivo suficiente para evitar que la mesa de negociación nazca bajo chantaje. En segundo lugar, sanciones y control tecnológico coherentes, sin grietas oportunistas. En tercer lugar, reconstrucción con reglas claras: anticorrupción, transparencia, Estado de derecho y prioridad a energía resiliente. La reconstrucción no es caridad: es seguridad europea a diez o veinte años. Y la cifra —US$524 mil millones— obliga a pensar en instrumentos de escala continental.
El proceso de sucesión del Secretario General para 2026 está en curso. Pero la ONU tiene un límite estructural: el veto en el Consejo de Seguridad.
El Vaticano puede ser un actor crucial. El papa León XIV puede organizar un equipo de alto nivel bajo su dirección, que puede intentar hacer tres cosas: diplomacia de “buenos oficios” permanente, con un enviado con peso político real y no ceremonial; protección de civiles con monitoreo y documentación sistemática, base para sanciones, justicia y memoria; y movilización financiera y humanitaria, buscando el apoyo del andamiaje institucional de la ONU ante el desastre sin fin que está en curso en Ucrania.
El ataque ruso a Ucrania es un desastre sin fin, porque el mundo lo ha administrado como “crisis” y no como quiebre civilizatorio. Europa y el Vaticano no pueden permitirse la somnolencia estratégica: su seguridad, su derecho y su idea de futuro se juegan allí.
La paz será difícil —y probablemente imperfecta—, pero hay algo peor que una paz imperfecta: una guerra interminable normalizada

Abogado y Magister en derecho. Ha sido ministro de Relaciones Exteriores (2001- 2002) y de Justicia (2000- 2001). También presidente de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Fue Relator Especial de la ONU sobre Independencia de Jueces y Abogados hasta diciembre de 2022. Autor de varios libros sobre asuntos jurídicos y relaciones internacionales.