Doctor en Psicología Social por la Universidad Complutense de Madrid y miembro del comité consultivo del área de estudios de opinión del Instituto de Estudios Peruanos (IEP). Viene investigando sobre comunicación política, cultura política y populismo.

Aprendizajes 2025 para el 2026, por Hernán Chaparro

La política no ocurre solo en el Palacio de Gobierno, la Plaza Bolívar o en un gobierno regional; se manifiesta en cómo gestionamos el poder en nuestros mismos espacios de reunión e interés. 

Al cerrar este 2025, el panorama político peruano se presenta como un complejo rompecabezas donde algunas piezas destacan: desconfianza profunda en las instituciones y en los políticos en particular, fragmentación electoral y una transformación radical en nuestra forma de consumir información. ¿Qué podemos aprender de esto?

Los indicadores de este año nos sitúan en el último lugar del índice de confianza institucional a nivel global (Edelman, mayo 2025), lo que refleja una crisis de representación que refuerza una cultura de acción individual como estrategia de sobrevivencia. Casi la mitad de la población enfrenta el proceso electoral de 2026 con sentimientos negativos como tristeza, incertidumbre y desesperanza (IEP, mayo 2025). Sin embargo, un balance de lo transcurrido nos permite identificar rutas diversas para que nuestro rol como ciudadanos tenga impacto el próximo año.

En primer lugar, debemos reconocer el poder del ciudadano como fiscalizador y creador de contenido. Gran parte de la información que sostiene las denuncias sobre abusos de poder y el uso ilegal de la violencia durante las diversas manifestaciones ha sido registrada por celulares de los mismos participantes. En esta nueva “plaza pública” digital, las redes sociales ya no son solo para informarse, sino para coordinar acciones, exigir transparencia y filmar abusos que de otro modo quedarían en el silencio o la negación oficial. Ante la proliferación de trolls y desinformación, la iniciativa ciudadana de registrar y compartir testimonios se convierte en una herramienta de defensa de la verdad.

En ese sentido, un segundo aspecto es que debemos aprender a navegar críticamente el ecosistema digital para combatir la desinformación. El fenómeno de “las noticias me encuentran a mí” (NFM) genera la falsa creencia de que no es necesario buscar fuentes diversas, lo que alimenta el cinismo y facilita la difusión de noticias falsas. Es vital reconocer que gran parte de la información política llega por “exposición incidental”, sin buscarla activamente. Contrastar fuentes es importante. En este contexto, el rol de los 2.5 millones de jóvenes que votarán por primera vez es vital; ellos no solo usan el celular como punto central de información, sino que pueden actuar como líderes de opinión que guían la dinámica informativa de sus familias.

Un tercer punto es exigir un “orden incluyente” frente a la demagogia. La inseguridad ciudadana ha llevado a que un 55% de la población esté dispuesta a apoyar a un líder que “acabe con la delincuencia, aunque no respete los derechos” (IEP, febrero, 2025). Muchos reclamos ciudadanos no están construidos a partir de ideas de “izquierda”, “centro” o “derecha”. Hay sobre todo una demanda de inclusión, justicia y reconocimiento frente a grupos en el poder que se perciben interesados únicamente en su propio beneficio. Esa es la injusticia que se busca “ordenar” porque se le asocia a la corrupción y la delincuencia. Es la base de la demanda de “mano dura”. Sin embargo, la historia nos muestra que el populismo punitivo es una respuesta desesperada ante un Estado ineficaz que no garantiza justicia. Construir una propuesta de orden y justicia con sentido democrático, más allá del espectáculo, será un reto para quienes postulan en esta contienda electoral.

En cuarto lugar, el impacto ciudadano en las próximas elecciones pasa por un voto estratégico y consciente para el Congreso. No todo es la presidencia. Solo la mitad de los electores hábiles (50.8%) terminó eligiendo al actual Congreso, debido a una disminución en la participación y al alto porcentaje de votos blancos y nulos. En nuestra cultura “plebiscitaria”, solemos centrarnos en el presidente, pero elegir bien a senadores y diputados en 2026 será crucial para evitar que intereses particulares o delincuenciales capturen las instituciones. No regalar el voto parlamentario es, quizás, la acción de mayor impacto que tenemos a la mano. La actual cédula no ayuda y la oferta nos parecerá buena, regular o mala, pero es lo que hay y demanda un esfuerzo adicional de nuestra parte.

Finalmente, planteamos un quinto asunto, entender la política más allá de los políticos. No será algo que se vea en el 2026, pero es fundamental comenzar y persistir. Debemos dejar de mirar únicamente a los partidos que tanto se critica y observar nuestras propias prácticas colectivas. La política no ocurre solo en el Palacio de Gobierno, la Plaza Bolívar o en un gobierno regional; se manifiesta en cómo gestionamos el poder en nuestros mismos espacios de reunión e interés. Si en nuestra vida cotidiana permitimos el ejercicio concentrado de autoridad y no democratizamos la toma de decisiones, difícilmente podremos exigir una mejor oferta política que cumpla estas demandas. El cambio requiere fortalecer el capital social desde las organizaciones de la sociedad civil que buscan el bien común. Hay diversos colectivos que, pequeños, eventualmente desconectados, pero activos, vienen trabajando porque creen en sus capacidades. Esos son los retos futuros.

El 2026 nos desafía a ser ciudadanos más activos en la fiscalización, más reflexivos en el consumo digital y más comprometidos con la elección legislativa. El impacto ciudadano no comienza ni termina en el ánfora; se construye día a día mediante la vigilancia crítica y el fortalecimiento de la confianza en nuestro entorno más cercano. Comprender nuestra responsabilidad en las elecciones del 2026 es como manejar en medio de una densa neblina: si nos dejamos llevar por la velocidad de la emoción, el riesgo de chocar es alto; pero si encendemos las luces de alerta y reducimos la velocidad para observar el entorno, nuestro voto tendrá mayores posibilidades de ser un instrumento de construcción y no solo de protesta o desahogo.

Hernán Chaparro

La otra orilla

Doctor en Psicología Social por la Universidad Complutense de Madrid y miembro del comité consultivo del área de estudios de opinión del Instituto de Estudios Peruanos (IEP). Viene investigando sobre comunicación política, cultura política y populismo.