Raúl Tola. Autor de contenidos y de las últimas noticias del diario La República. Experiencia como redactor en varias temáticas y secciones sobre noticias de hoy en Perú y el mundo.
Jaime Chincha fue el más joven de la primera generación de jovencísimos presentadores que inauguramos la frecuencia de Canal N, allá por el remoto año de 1999. Todavía puedo verlo en los estudios de la calle Madrid, en Miraflores, en esas primeras semanas de entrenamiento —unos niños riéndose y forjando sus convicciones, mientras jugaban a aprender y descubrían el mundo del periodismo televisivo—, y luego, en los meses del difícil debut y la lenta consolidación de un canal que terminó cumpliendo un papel histórico en la caída del régimen fujimorista.
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Tiempo después coincidiríamos en Cuarto Poder, programa al que llegó como reportero, y en Panamericana Televisión, donde era el encargado de conducir el noticiero de la mañana, mientras yo me ocupaba del de la noche. Como buen hombre orquesta, en estos años hizo de todo, como escribir columnas, entrevistar en el cable o entrar a la radio. Pero fue cuando se encargó de la conducción de Nada está dicho, en RPP Televisión, que su figura se consolidó ganando hondura, profundidad y reconocimiento gracias a su soltura natural ante cámaras (que todos le envidiábamos en Canal N), su agilidad mental, su claridad expositiva, su naturaleza rebelde y su independencia, a las que sumó una evidente madurez. En tiempos de extremismos, era una voz ponderada que, en lugar de atrincherarse en una posición y defenderla a muerte, hacía aquello que, se supone, es el trabajo del periodista: sospechar del poder, señalar la corrupción, el abuso y el delito, sin mirar la ideología del responsable.
Su desempeño a contracorriente en las últimas elecciones generales lo convirtió en un referente y le abrió las puertas para volver a Canal N, de donde, como parece ser el camino natural en estos tiempos, salió a refugiarse en el streaming en La República. Sin quererlo, su caso fue un ejemplo de los oscuros tiempos que nos toca vivir a los periodistas. Desde que obtuvo un poco de renombre y su voz sobresalió por encima del resto, Jaime se volvió blanco de la tormenta de insultos y amenazas de todo calibre, por parte de un ecosistema de hostigadores digitales, que aprovechó la menor rendija para intentar demolerlo.
Alguien diría que es lo que viene con la notoriedad, que está incluido en el sueldo, que los periodistas deben tener el cuero grueso, un caparazón que los impermeabilice de los ataques. Pero eso supone normalizar la toxicidad de un ambiente donde todos los principios se han trastocado, y se han vuelto corrientes las autoridades que contratan hordas de hostigadores y plumíferos, o se dedican ellas mismas, desde las redes sociales o el Poder Judicial, a insultar y perseguir hasta la asfixia a la prensa libre e independiente, un contrapoder que los incomoda, pues ilumina, pone al descubierto y a veces detiene sus inconductas y trapacerías.
Jaime se enfrentó a esta realidad que, sumada al avance del crimen organizado y la indiferencia de la calle, lentamente ha desbastado nuestra democracia, hasta hundirnos en esta crisis política y moral que diariamente alcanza nuevos fondos. Se hará extrañar en tiempos en que el sentido crítico es perseguido, el espacio para las voces incisivas se angosta y voces como la suya escasean.
La pérdida de un amigo siempre es dolorosa, pero lo es más cuando ocurre de manera repentina, sorprendente, casi inexplicable. La prematura partida de Jaime Chincha nos deja sin un periodista íntegro, con un largo porvenir. Alguien que aplicó a rajatabla el principio que nuestro maestro Ryszard Kapuściński resumió en el título de uno de sus libros más conocidos: «Los cínicos no sirven para este oficio». Hasta la próxima media hora informativa, querido Jaime.

Raúl Tola. Autor de contenidos y de las últimas noticias del diario La República. Experiencia como redactor en varias temáticas y secciones sobre noticias de hoy en Perú y el mundo.