
La llamada ley de amnistía y el debate que genera buscan distorsionar la historia. Recordemos:
¿Qué es un terrorista? Un sanguinario que usa a los pobres y termina asesinándolos. Viola mujeres, masacra comunidades, asesina inocentes, como en Lucanamarca, Soras o Tarata, entre muchos más. Su lugar es la cárcel.
¿Quiénes son las víctimas? La ley reconoce como víctimas a quienes sufrieron daños como violaciones, torturas, ejecuciones, desaparición forzada por acciones terroristas o violaciones de derechos humanos entre 1980 y 2000. Pero es tajante: no son víctimas los procesados (hasta definir su situación) o sentenciados por terrorismo ni los condenados por violar derechos humanos.
¿Por qué hay sentenciados del Ejército o la Policía? En más de 150 casos existen malos policías y militares condenados por atrocidades: masacres como Accomarca o Cayara, los crímenes del Grupo Colina en Barrios Altos y otros como Cabitos. Deben cumplir sus penas. Si alguno está enfermo, se puede aplicar arresto domiciliario, nunca borrar la condena.
¿Por qué, después de 30 o 40 años, más de 600 casos siguen sin sentencia? La respuesta es clara: por falta de recursos y de voluntad política. Mientras no se invierta en investigación, identificación de restos y pruebas de ADN, y se mienta con leyes inaplicables, la verdad seguirá oculta y las familias seguirán esperando justicia. Así, empezaremos una y otra vez.
¿Qué debe quedar claro? Los terroristas son delincuentes. Los malos agentes del Estado que violaron derechos humanos también lo son y mancharon el uniforme. Las víctimas merecen memoria, justicia y reparación. Los buenos agentes del Estado, honor y gloria, no confusión ni impunidad.
El Perú necesita la verdad. Necesita que distingamos a las víctimas de los victimarios. Solo así evitaremos repetir la historia.

Hoy, dejar caer la Beca 18 es repetir esa misma crueldad, miles de jóvenes quedándose sin la posibilidad real de mirar el futuro con esperanza.

Si nos detenemos un momento, todavía podemos encontrar un camino que nos devuelva un poco de esperanza.

Está en esos jóvenes que no se resignan, que no se rinden, aunque estén decepcionados de la política y de los políticos.

No nos piden discursos. Nos exigen responsabilidad. Tendrían que escucharlos un poco más y quizá entenderían.

" Nuestras Fuerzas Armadas y la Policía Nacional no necesitan favores ni perdones políticos que las envilecen, sino justicia, respeto y elecciones limpias"