Durante un acto de campaña en la tarde del último sábado, un sicario de 14 años le disparó directamente en la cabeza al candidato presidencial colombiano Miguel Uribe. Si bien sobrevivió al ataque, lo que sucedió genera inevitables repercusiones.
Este atentado evoca al asesinato del periodista y candidato presidencial ecuatoriano Fernando Villavicencio, quien fue abatido en pleno mitin de campaña en 2023.
No obstante, lo que hoy vive Colombia también remite a uno de los episodios políticos más lamentables de su historia reciente. El 30 de abril de 1984, un sicario de 15 años, enviado por el narcotraficante Pablo Escobar, asesinó al entonces ministro de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla. Dicha tragedia dio inicio a una serie de asesinatos que acabaron con la vida de cinco candidatos presidenciales entre 1984 y 1990.
Hoy, 41 años después, un adolescente vuelve a despertar en la memoria colectiva el temor que marcó a la sociedad colombiana durante décadas. Este tipo de sucesos deben generar una profunda reflexión en toda la clase política, no solo en Colombia, sino en toda la región.
Estas amenazas no se limitan al riesgo físico que enfrentan los candidatos al ejercer su derecho ciudadano de postularse a cargos públicos. También somete a una sociedad al miedo, ante el poder del hampa y las mafias.
Como es claro también en el contexto peruano, el crimen organizado es capaz de cualquier cosa para alcanzar sus objetivos.
Más allá de las conjeturas sobre el intento de asesinato, cuya verificación corresponde ahora al sistema fiscal y judicial colombiano, lo que es claro es que este hecho tiene una naturaleza profundamente política y desestabilizadora. Su objetivo es radicalizar el actual proceso electoral.
Es alentador que todos los partidos políticos colombianos hayan reaccionado al unísono, condenando con firmeza este ataque. En el Perú, y sin distinción de banderas políticas, el compromiso con la no violencia debe ser igualmente un principio irrenunciable para quienes aspiren a ocupar cargos públicos en las próximas elecciones.
La paz, como hemos visto, es vulnerable si no cuenta con el compromiso activo de todos los actores involucrados en la vida pública. Y lo ocurrido en Colombia nos lo recuerda con crudeza.