Columnista invitado. Autor de contenidos y de las últimas noticias del diario La República. Experiencia como redactor en varias temáticas y secciones sobre noticias de hoy en Perú y el mundo.

La cuestión Taiwán: importancia para China y Estados Unidos, por Sebastien Adins


Sebastien Adins

Internacionalista PUCP

El pasado 1 y 2 de abril, el Ejército Popular de Liberación (EPL) de China llevó a cabo nuevas maniobras militares de gran escala en torno a Taiwán. En palabras del ELP, el ejercicio –no anunciado– constituyó “una severa advertencia y un poderoso elemento disuasorio contra la independencia de Taiwán”. En respuesta, Taipéi desplegó algunos de sus buques de guerra y activó sus sistemas de defensa costera, mientras que el Ministerio de Defensa taiwanés calificó al Partido Comunista Chino (PCCh) como “el mayor alborotador de la comunidad internacional”. No obstante, el mensaje de Beijing fue contundente: en caso de una escalada, el EPL podría lanzarle un ataque integral –tanto convencional, como cibernético– contra Taiwán, e imponer un cerco aéreo y naval que aislaría a la isla del resto del mundo.

Como se sabe, de facto Taiwán se autogobierna desde que los nacionalistas del Kuomintang se refugiaran en la isla,después de la fundación de la República Popular China (RPC) hace 75 años. Considerado antes como uno de los “tigres asiáticos”, por su notable expansión industrial durante varias décadas, actualmente figura como la octava economía del Asia y el mayor productor de semiconductores avanzados a nivel global –y esto con un territorio del tamaño de la región de Lima–. Por otro lado, tras la apertura política de finales de los ochenta, Taiwán se ha convertido en una de las pocas democracias “plenas” en la región. Así, con el paso del tiempo, la isla empezó adesarrollar una identidad política propia. Sin embargo, no fue sino hasta la primera derrota electoral del Kuomintang en 2000, que el separatismo emergió como una opción política más corriente, siendo especialmente respaldada por el Partido Progresista Democrático (DPP). En respuesta, Beijing aprobó una “Ley Antisecesión” que postula que la reunificación entre ambas Chinas es un “deber sagrado” para todo el pueblo chino y, como asunto doméstico, debería ser pacífica. Al mismo tiempo, se podrían usar medios “no pacíficos” ante una secesión separatista de Taiwán o cuando se agotaran las posibilidades de una reunificación pacífica. Si bien, por ahora, el DPP no se muestra a favor de una declaración formal de la independencia, su nueva victoria electoral el año pasado fue recibida con escepticismo en la China continental. De hecho, desde su llegada al poder en 2016, las relaciones entre ambas Chinas se han caracterizado por ser tensas, pese a que sus vínculos económicos siguen siendo uno de los más profundos del continente. 

Se ha escrito extensamente sobre la enorme importancia que Taiwán tiene para Beijing, destacándose dos grandes motivos. En primer lugar, Taiwán tiene una profunda carga histórica –y hasta emocional– para la RPC, ya que evoca recuerdos de las intervenciones extranjeras en el siglo XIX y de la traumática guerra civil que precedió la Revolución China. Cabe tener presente que, luego de su vergonzosaderrota contra el Imperio Japonés en 1895, China se vio forzada a ceder la isla a su rival, una situación que perduró durante cinco décadas. Al no lograr la reunificación tras 1949, Beijing comenzó a considerar a Taiwán como una isla rebelde, interpretando su separación de la China continental y su alianza con potencias extranjeras como unúltimo vestigio de la denominada “Era de Humillación”.Actualmente, la reunificación, junto con el desarrolloeconómico, se presenta como una pieza clave en la realización del “sueño chino” de Xi Jinping. Para un Estado que se posiciona como un actor central en el sistema internacional, la separación de Taiwán no solo supone una ofensa a su orgullo nacional, sino que también impacta su estatus en la arena global –un factor tan crucial como las capacidades materiales de una gran potencia–.Incluso para un líder así de poderoso como Xi, ceder en la cuestión de Taiwán sería un acto suicida, dado el profundo sentimiento nacionalista en la sociedad china, que percibe la reunificación no como una expansión de su Estado, sino como la legítima restitución de lo que considera su territorio.

En segundo lugar, Taiwán guarda una importancia estratégica para Beijing. A diferencia de Estados Unidos, que tiene acceso directo a dos océanos, China solo dispone de un paso al Pacífico, además indirecto y condicionado por la ubicación de varios vecinos frente a sus costas. El PCCh comprende que su ascenso como potencia naval dependerá de su capacidad para "romper" esta cadena de islas, y es precisamente allí donde la reunificación se percibe como ineludible. A ello se suma el hecho que más del 20% del comercio global y aproximadamente la mitad de buques portacontenedores del mundo pasan por el Estrecho de Taiwán, reflejando su importancia en las cadenas de suministro internacionales. 

Respecto a Estados Unidos, inicialmente, Taiwán no fue una prioridad en su política asiática. Así, cuando Mao parecía preparar un ataque contra Taiwán en 1950, la administración de Truman insinuó que se mantendría al margen. Sin embargo, el inicio de la Guerra de Corea, que sumergió a Asia en la Guerra Fría, lo cambió todo. Fue en ese momento cuando Washington desplegó su SéptimaFlota en el Estrecho de Taiwán, seguido de la firma de un tratado de defensa mutua, permitiendo el estacionamiento de miles de tropas estadounidenses en la isla. Con ello, la reunificación no sólo se frustró, sino que, durante años, Taiwán se convertiría en un pilar de la política estadounidense de contención contra el bloque comunista. La suscripción del “Comunicado de Shanghái” en 1972 parecía revertir este statu-quo. En efecto: fue el primer paso formal de Washington en su reconocimiento de la RPC como la única China (y de Taiwán como parte de ella). Pero en 1979, el Congreso estadounidense aprobó la Taiwan Relations Act que, si bien no cuestionó el acercamiento a Beijing per se, propuso mantener una relación robusta con Taiwán al permitir la proporción de armas “defensivas”, aunque sin comprometerse de modo formal a intervenir directamente en caso de un ataque chino. Esta ambigüedad estratégica ha sido uno de los pilares de la política estadounidense frente a China hasta la fecha.

Cabe preguntarse cuál es la postura de la administración Trump —si es que existe una definida—respecto a Taiwán. Durante su primer mandato, autorizó un volumen récord de ventas de armas a la isla, y su asesor de seguridad, John Bolton, incluso llegó a cuestionar la OneChina Policy. Sin embargo, el discurso actual es distinto. Aunque la RPC es presentada como el principal competidor estratégico de Estados Unidos, el enfoque hacia Taiwán resulta mucho más transaccional. Además de imponer un arancel del 32% (excluyendo los semiconductores), desde la campaña, Trump ha reiterado que Taipéi debe invertir más en su propia defensa y pagar por la asistencia militar estadounidense. Aun así, persiste la tradicional ambigüedad respecto al rol de Washington en un eventual conflicto, tratando de encontrar una tercera vía que le permita evitar tanto una guerra directa con Beijing, como el abandono de un aliado no declarado, sin incurrir en un alto costo reputacional.

Columnista invitado

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