Opinión

Los 180 años de González Prada

Su pensamiento y la crítica social formulada mantienen plena actualidad.

EDITORIAL
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Iconoclasta, así lo definen. Manuel González Prada, el agudo analista de un momento trágico de la historia peruana, siempre estuvo en la contracorriente, en la crítica más mordaz contra los poderosos, los políticos, los dueños del Perú. Su pluma le trajo más de un problema en vida: aislamiento y ataques personales. En estos 180 años y pese al tiempo transcurrido, por el contrario, con la crisis y la agudización de los conflictos sociales, Manuel González Prada se vuelve cada día más actual.

Testigo y protagonista de la historia durante los años de la guerra con Chile y la posguerra, González Prada fue un predicador en el desierto. Con voz firme, mostró su vena más radical, su anticlericalismo, la crítica descarnada a los usos limeños durante la invasión chilena y su adhesión a la causa de los más pobres y humildes.

Es por esta vocación por los humildes y toda la prédica política en los finales del siglo y el inicio del nuevo, tan renovadora y también tan ajena al común de los pensadores del momento, que es considerado por Haya de la Torre y Mariátegui como un padre político y un precursor de las nuevas ideas.

Se le considera impulsor del movimiento indigenista que transformó la escena cultural peruana con su preocupación por los problemas de los indios, la incorporación del mundo andino en el arte y la literatura, la mayor presencia de escritores y poetas provenientes de las provincias y tantos profundos cambios que todavía afectan la escena política nacional.

González Prada también estuvo a cargo de la Biblioteca Nacional, después del paso de Ricardo Palma y el saqueo que soportó la sede ubicada en el centro de Lima.

Eran tiempos duros. La pobreza de la posguerra y la depresión colectiva en la que permaneció el país fueron analizadas magníficamente por el gran pensador, quien se encerró en su hogar por los 3 años que duró la ocupación para negarse a ver cómo se abrían las grandes casonas para recibir al invasor. Su famosa frase, “los viejos a la tumba, los jóvenes a la obra”, movilizó a toda una generación intelectual que derrumbaba muros y buscaba libertad creativa.

Hacia el final de su vida, abrazó el anarquismo, y el dogma y el fanatismo del creyente pudieron más que la brillantez intelectual previa. Sin embargo, González Prada ocupa un lugar preponderante en la historia peruana y su aporte resulta imperecedero.

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