Opinión

Otra imagen peruana que dio la vuelta al mundo

“No les quepa duda que, mientras más se demore el adelanto de elecciones, el embalse de las protestas se tornará más violento e impredecible”.

Cuando Alberto Fujimori dio su autogolpe, la reacción inicial mundial fue de repudio. Poco a poco, gracias al apoyo popular masivo, así como el de las FFAA, fue imponiendo su manera novedosa de dar un golpe de Estado. La comunidad internacional se fue acomodando y, durante una década, tuvimos lo que los politólogos denominaron autoritarismo competitivo. Los resultados económicos, tras el desastroso Gobierno de Alan García y la derrota de Sendero Luminoso, fueron claves en esta aceptación nacional e internacional.

Al iniciarse el nuevo siglo, sin embargo, el grado de corrupción y copamiento de las instituciones había llegado a tal nivel que se hizo insostenible. Tanto Montesinos como Fujimori huyeron del país y hoy ambos se encuentran en prisión. Castillo, incomprensiblemente, intentó lo mismo pero su aventura golpista, en vez de diez años, duró dos horas. Huelgan las palabras y de esto, de las palabras que huelgan, quiero hablarles ahora.

Este jueves, el día de la marcha anunciada por la CGTP, circuló una foto con un desfile impresionante de policías, con un cintillo anunciando: “Policía resguarda instituciones”. La imagen se parecía como dos gotas de agua a las tradicionales demostraciones de fuerza armada de las dictaduras desde Roma hasta Corea del Norte, desde la Alemania nazi hasta la Rusia estalinista, desde el franquismo español hasta la dictadura cubana.

No se requiere la agudeza visual del general semiótico para interpretar esa demostración de fuerza. A quien se está protegiendo es a la presidenta Boluarte y a su Gobierno, así como al vergonzoso Congreso aferrado a sus curules y sueldos hasta el 2026, si logran su cometido. La apuesta es evidente: los manifestantes se asustarán y cansarán y tendrán que volver a sus tareas de supervivencia. La comunidad internacional hará la vista gorda si la pax de Boluarte y Otárola se impone. Lo indudable es que el dolor y la rabia por las decenas de asesinados, así como el sentimiento de postergación y marginación de los más desposeídos, no van a desaparecer, así logren —lo cual es todo menos seguro— extinguir las manifestaciones de protesta.

Tarde o temprano iremos a elecciones y entonces esos afectos reprimidos retornarán con una potencia incontenible. No les quepa duda que, mientras más se demore el adelanto de elecciones, el embalse de las protestas se tornará más violento e impredecible. La única imagen que apaciguaría los ánimos y nos daría algo de esperanza sería la renuncia de Dina Boluarte.

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