Opinión

Cuando la democracia se desvanece

“Hace bien la Policía en ponerle nombre, apellidos y foto a su personal caído. Sería sublime si hicieran lo mismo con las víctimas de sus balas”.

Ojalá el recuerdo de estos tiempos trágicos nos ayude a darle sentido y contenido a la palabra “democracia”. A fuerza de trajinarla, los ha ido perdiendo, hasta convertirse en un concepto cuando menos vacío y, con frecuencia, denigrado por radicales de todo pelaje.

Desde el congresista Montoya hasta el sentenciado Cerrón. Y si Cerrón se ofende por la comparación, déjeme consolarlo recordándole que en estos días “sentenciado” o “delincuente” es equiparable a “congresista”. Triste síntoma de lo que hemos hecho, precisamente, con nuestra frágil democracia sin demócratas ni ciudadanos, como han demostrado Eduardo Dargent y Alberto Vergara.

Dado que lo mío es el psicoanálisis, permítanme enfocarme en una de las consecuencias más angustiosas de la desvalorización de la democracia: la deshumanización. La indiferencia con la que muchas personas justifican o minimizan la cantidad de muertes del breve pero sangriento periodo de Otárola y Boluarte es la expresión más clara de esta regresión en el proceso civilizatorio. No dudo que haya personas en la extrema izquierda que festejan el aumento de la cifra de fallecidos, pues lo consideran como un triunfo en el intento de desestabilizar al Gobierno y el cumplimiento de su sueño de hacerse con el mismo.

En esto, esa izquierda juega en pared con la extrema derecha que considera la empatía como un estorbo para sus objetivos políticos. Vean al sujeto que nos explicó lo “bien muertos” que estaban los baleados por la Policía. No importa que, en reciente entrevista con el New York Times, la canciller Gervasi haya reconocido la carencia de pruebas acerca de la condición de agitadores de estas víctimas de las balas de la Policía.

Y aun si fueran agitadores, como observa Vergara, nada permite ejecuciones extrajudiciales. La democracia podemos recuperarla con gestos de desprendimiento que hoy parecen alucinatorios, pero la carencia de empatía con el dolor de quienes se consideran personas prescindibles, estamos lejos de obtenerla. Nunca la hemos tenido.

Hay que construirla desde la base; para comenzar, es preciso dejar de hablar de los muertos como costos anónimos, daños colaterales o, peor, necesarios. Hace bien la Policía en ponerle nombre, apellidos y foto a su personal caído. Sería sublime si hicieran lo mismo con las víctimas de sus balas.

Por las declaraciones que le hemos escuchado estos días al semiótico o el senderólogo de la PNP, es preferible su silencio. Pero nada impide a los medios de comunicación nacional hacerlo. Salvo la ideología de sus propietarios, claro está.

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