La Policía, por Mirko Lauer

"Por momentos ha parecido, y sigue pareciendo, que la protesta llegó con planes ulteriores, que incluían ganar terreno militar a expensas de una supuesta debilidad de las fuerzas del orden. Si ha sido así, fue un mal cálculo".

Los numerosos policías que formaron esta semana en el centro de Lima sorprendieron a todos. Era una comprensible demostración de fuerza, pero en verdad ya no parecía necesaria. Pero quizás lo era frente a una protesta que no se convence y sigue dándole a la huaraca.

La Policía ha estado más de un par de meses en el centro de los acontecimientos. Causando muertes y heridas, sufriéndolas en sus propias filas, soportando el costo de parecer el malo de la película, y en algunos casos efectivamente tener que serlo.

Es importante advertir que la Policía no ha sido avasallada en una sola ocasión significativa. Los aeropuertos y otros locales públicos claves no pudieron ser tomados por el vandalismo. En las ciudades las barreras policiales insistentemente atacadas no pudieron ser rotas.

Sin embargo, la némesis de la Policía no son los ciudadanos que protestan, sino los delincuentes que proliferan por todo el país, tejiendo redes criminales a todo nivel social, montando negocios ilícitos desde lo secreto hasta lo abiertamente sanguinario, buscando infiltrar y reemplazar a las instituciones del país (Policía incluida).

En las actuales circunstancias va a tomar mucho tiempo ganarle la guerra a la llamada inseguridad. El Vraem o Madre de Dios son dos ejemplos de zonas liberadas por los criminales, donde el dinero pesa más que cualquier otra consideración.

Con su pobre equipamiento técnico, su limitada infraestructura, sus bajos ingresos, la Policía tiene problemas para enfrentar el creciente volumen de la inseguridad pública, agudizada por parte de la inmigración, y por un sentimiento de impunidad.

Aun así, muy a menudo los policías capturan a su hombre (o mujer). Como viene sucediendo con el caso de los sicarios de San Miguel. Dos de los asesinos han sido rápidamente capturados, pero sobre el delincuente que los contrató no se sabe nada.

Por momentos ha parecido, y sigue pareciendo, que la protesta llegó con planes ulteriores, que incluían ganar terreno militar a expensas de una supuesta debilidad de las fuerzas del orden. Si ha sido así, fue un mal cálculo.

Sorprenden quienes llaman a este un gobierno cívico-militar mientras hacen lo posible por volver a las fuerzas uniformadas indispensables para la ciudadanía. De estas contradicciones hay como cancha en los mensajes de la protesta.