Eloy Jáuregui

Eloy Jáuregui

Animal urbano
Cronista, poeta y profesor en la Universidad de Lima. Estudios en Lingüística y periodismo. Editor en la mayoría de los medios peruanos y corresponsal en revistas del extranjero. Autor de una treintena de libros sobre comunicación, lenguajes alternativos y culturas urbanas. Con premios en Casa de la América y Prensa Latina (Cuba) y Etecom-Perú.

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Un exégeta exagerado

“Cuando el polaco Kapuscinski decía, para ser un buen periodista, en principio, uno tiene que ser una buena persona. Y yo entiendo como buena persona a ese escritor que antes que nada actúa con generosidad y sin rencores. Hay pues una actitud de desprendimiento y humanidad”.

Hace unos días participé en una conferencia universitaria sobre periodismo vía Zoom. Y ahí estaban los viejos colegas con su monserga trasnochada y los jóvenes maestros dando lustre a la generación de los millennials. Dos discursos incompatibles y opuestos. La audiencia aplaudía la retórica de los prehistóricos, y sus razones de arcaísmos y sus rancios firuletes. Igual ocurría cuando yo estudiaba en aquellas aulas museos. Solo algunos maestros me deslumbraban, Edmundo Cruz, Uceda, Lévano y paré de contar.

Luego de profesor, me esforzaba por enseñar el arte de García Márquez, Rodolfo Walsh, Tomas Eloy Martínez, Susana Rotker. Pero no dejaba de analizar los trabajos de Kapuscinski, Lee Anderson y la perfección impecable de Tom Wolfe y Gay Talese, padres del llamado “nuevo periodismo”, y observar a nuestros mejores cronistas peruanos que desarrollan una visión crítica desde la consolidación de la república, como es el caso de González Prada, Palma, Mariátegui o Vallejo.

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Y en el tema de leer, como requisito para recuperar y mantener el buen periodismo –cierto, las crónicas lo son– debíamos extraer lo mejor de los textos de aquellos escritores, periodistas peruanos como Humberto Castillo, Guillermo Thorndike o Jorge Salazar, quienes lograron amalgamar la poesía a la información.

Cuando el polaco Kapuscinski decía, para ser un buen periodista, en principio, uno tiene que ser una buena persona. Y yo entiendo como buena persona a ese escritor que antes que nada actúa con generosidad y sin rencores. Hay pues una actitud de desprendimiento y humanidad. Solo así, y lo sostengo sin ninguna duda, la escritura de uno se nivela con la de otros. Y esa obligación ética se materializa en leer y reconocer las virtudes de los más grandes periodistas que han construido este universo de la brillantez narrativa.

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Insisto que soy cronista y cada escrito mío tiene su propio destino, su particular signo y específico hado. Tengo de esta manera cómplices como también enemigos y antagonistas. Creo así que mis crónicas, ensayos o poemas no pasan inadvertidos porque siempre provocan escozor o gustos arrepentidos. Es cierto que intento cada vez ser un provocador probado. Un sedicioso vicioso. Y, como consecuencia de practicar las paráfrasis, los retruécanos y las parodias, me quieren y me odian. Es mi destino fino, final, sin tino y trino. Un exégeta exagerado, un leído ido. Un cantor de cantinas, un autor autorizado.