Hernán Chaparro

Hernán Chaparro

La otra orilla
Profesor e investigador en la Universidad de Lima, Facultad de comunicación. Doctor en Psicología Social por la Universidad Complutense de Madrid y miembro del comité consultivo del área de estudios de opinión del Instituto de Estudios Peruanos (IEP). Viene investigando sobre cultura política y populismo. Twitter: @hchmel

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Cumplir lo que se promete

“Ollanta Humala es el presidente que, durante los doce meses previos a su salida, tuvo la evaluación más baja (...). Su relación con la prensa fue casi siempre complicada”.

Se suele afirmar que la evaluación de los presidentes tiende a mejorar en la parte final de sus mandatos. Sin embargo, eso siempre es relativo porque la comparación se suele hacer respecto al nivel de aprobación previo del mismo evaluado. Vale la pena analizar esas cifras comparando la aprobación que tuvieron los últimos mandatarios, a través de las encuestas de Ipsos, para ver lo relativo de esa aseveración.

El nivel promedio de aprobación de Toledo, en el último año, fue de 20%. Terminó su mandato con un 33% que decía tener una evaluación positiva de su gestión. Fue una paradójica combinación de buenos resultados económicos con serios problemas de respaldo político a una gestión que, muchas veces, fue acusada de frivolidad y excesos.

Alan García, al culminar lo que fue su segundo ejercicio en la presidencia, finalizó su gobierno con un 42% de aprobación. Un ligero incremento si se toma en cuenta que en los últimos doce meses tuvo una aprobación promedio de 36%. La gestión económica y la inauguración de diversas obras al final de su período (remodelación de Estadio Nacional, el Teatro Nacional, Hospital del Niño, entre otros) lograron una cierta mejora en una aprobación donde las acusaciones de corrupción daban vueltas.

Ollanta Humala es el presidente que, durante los doce meses previos a su salida, tuvo la evaluación más baja. Solo un 16% en promedio evaluó positivamente al gobernante durante ese lapso. Entre otros, la percepción de falta de autoridad, acusaciones de corrupción, expectativas no cumplidas con relación al combate a la inseguridad y un bajo crecimiento económico le pasaron la factura. Su relación con la prensa fue casi siempre complicada. Sin embargo, en el último mes pasó de 19% a 25% de aprobación. Casi como diciendo “hasta luego”.

Luego, entramos en zona de turbulencia porque lo que sigue es la revisión de períodos presidenciales que, por diversos motivos, fueron más cortos que los anteriores. Sin embargo, a pesar de que comparar tiempos de duración diferentes no es lo más adecuado, sí tiene sentido incluirlos porque fueron gestiones frente a las que hubo expectativas y se evaluó resultados.

El interrumpido gobierno de PPK va contra la lógica de la mejora final. Tuvo su mejor momento de aprobación al segundo mes de gobierno (63%) y luego lo que hubo fue una cuesta abajo que terminó con un 19% antes de su renuncia. Como sabemos, la cercanía al fujimorismo, en su enfoque económico, de poco sirvió para ayudarlo en su gestión. También hizo lo suyo un indulto muy cuestionado y una particular forma de entender la ética empresarial.

Vizcarra es el presidente que mejor aprobación tuvo en la etapa previa a su salida. El promedio no es el mejor indicador, dado que tuvo subidas y bajadas muy pronunciadas. Casi sin bancada, su enfrentamiento al Congreso, y luego su inicial gestión de la pandemia le permitieron niveles de aprobación por encima del 80%. En los últimos doce meses su promedio fue de 66% y terminó con 54% de aprobación en medio de diversas acusaciones. Como PPK, sus últimos meses solo vieron un descenso en la aprobación de su gestión.

Sagasti, en sus casi nueve meses de gestión, tuvo una aprobación promedio de 33% y se va con una evaluación positiva de 58%, la más alta de todos los últimos seis gobernantes. Es quien más incrementó su nivel de aprobación en la última etapa a pesar de que no faltaron críticas y falsas acusaciones. Se focalizó en la vacunación y cumplió con una promesa que puede que esté a la base de esta cifra: “Nosotros no prometemos lo que no podemos cumplir, pero sí cumplimos lo que prometemos”. La honestidad es siempre demandada por la ciudadanía y la misma no solo está asociada a la ausencia de corrupción, sino a cumplir con lo que se ofrece. Sagasti cumplió con ambas expectativas y ahí están los resultados.