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Soberbia insufrible

“Que se comprometa a respetar la libertad de expresión. Que no indulte a Montesinos. Que no cambie a los jueces y fiscales. Que convoque a elecciones al término de su mandato...”.

Mario Vargas Llosa, como condición de darle su apoyo, le pidió cuatro cosas a Keiko Fujimori. Que se comprometa a respetar la libertad de expresión. Que no indulte a Montesinos. Que no expulse ni cambie a los jueces y fiscales del Poder Judicial. Que convoque a elecciones al término de su mandato.

La respuesta de Keiko Fujimori apareció en El Comercio: “Le he agradecido su apoyo, y le he dicho y me he comprometido, como lo vengo haciendo hace muchos años en mi carrera política, mi absoluto compromiso con la democracia, con la libertad de expresión y la independencia de poderes” (sic).

O sea, no entendió nada.

Esa contestación soberbia y ciega y enajenada la pinta de cuerpo entero. ¿De qué puñetero compromiso con la democracia y la libertad de expresión e independencia de poderes está hablando? ¿De su último lustro de obstruccionismo y prepotencia parlamentaria? ¿De su estilo de golpismo permanente y de ribetes delictivos?

Lo único que ha exhibido Keiko, como jefa del fujimorismo, es que no tolera las críticas. Pues cree que el mundo debe plegarse en un tris a sus requerimientos. Y para eso se rodea de sacamantecas políticos y sicarios de la adulación y con PhD en ayayerismo. Y de bataclanas corporativas de la DBA, que no solo no disimulan su adoración, sino que la financian con entusiasmo, porque creen en las revoluciones con vino tinto y habanos de Cuba.

Una carta anónima, que estuvo circulando por las redes sociales, le pedía como condición para votar por ella: “No nos hables de las mentiras de Castillo. Háblanos de las tuyas, de tus errores (…) Sé autocrítica (…) Dinos a la cara que la embarraste, y que no lo volverás a hacer (…) Pide perdón, demuestra arrepentimiento”.

Pero eso es como pedirle peras al olmo. ¿O alguno de ustedes se imagina a Keiko soltando la frase: “Me comprometo a no ser como mi padre y a ser todo lo opuesto a él”? ¿Qué nos garantiza, aun cuando lo diga, que ahora sí es confiable? ¿Se allanará, por lo demás, a lo que dicte la justicia, en caso siga avanzando el documentado proceso que existe en su contra por lavado de activos?

Presumo que ningún gesto de Keiko será suficiente para incitar el voto a su favor.

Ninguno.

Porque su palabra no vale nada. Porque su arrogancia y su talante autoritario se inflan más cuando siente que detenta el poder. Porque sus pasivos son demasiados, y revertirlos en pocas semanas será prácticamente imposible. Porque en Keiko Fujimori el pasado nunca muere y la historia de su legado −matonesco, mezquino y salpicado de corrupción− no ha dejado de reiterarse a lo largo de su trayectoria.

Sonaría más falsa que el Iscariote.