La violencia que soportamos
“Tuve parejas que intentaron cambiarme y manipularme. Decirme cómo vestir, con quién hablar, dónde ir...”.

Tenía 18 años cuando fui por primera vez al ginecólogo, al examinarme él no se puso guantes e introdujo con fuerza su dedo mientras fijaba su mirada sobre mi rostro enrojecido por la vergüenza y el miedo. Al salir del consultorio lloré y nunca conté a nadie sobre ese terrible momento. ¿Por qué tuve que ir sola? Me culpé.
Poco después, acudí a una entrevista de trabajo porque quería ayudar con los pagos de la universidad. Me citaron en un viejo y oscuro edificio del centro de Lima. Un hombre mayor, que miraba constantemente mis pechos, me preguntó cuánto pesaba y me pidió dar una vuelta para “verme mejor”. Salí corriendo con el corazón latiendo a mil. ¿Por qué no le dije nada? Me culpé.
Era una adolescente ansiosa por demostrar que era independiente y podía hacer las cosas sola. Lo cierto es que ni mis padres podrían haberme evitado todos los momentos de violencia, abuso e incomodidad que sufrí. Viví experiencias con las que muchas mujeres −estoy segura− se sentirán identificadas.
Imposible contar las veces que alguien en el transporte público me tocó indebidamente o rozó su pene con mi cuerpo. ¿Por qué no te defendiste? O las veces que en la calle alguien me lanzó una mirada lasciva o una expresión obscena. ¿Qué tenías puesto? Me frustra recordar esos momentos. Solía escapar lo más rápido que podía, y sí, también lloraba.
Tuve parejas que intentaron cambiarme y manipularme. Decirme cómo vestir, con quién hablar, a dónde ir, con el argumento de que me cuidaban. Intentaron incluso minimizar mi potencial, pero no pudieron. He sido juzgada por no querer casarme y, sobre todo, por decidir no ser madre. Otras mujeres me miran con recelo porque las solteras solemos ser “robamaridos”.
En suma, ser mujer es estar sometida a diferentes formas de violencia. ¿Ha mejorado nuestra situación? Un poco, podría parecer que mucho en comparación con lo postergadas y violentadas que hemos sido. En un día como hoy, es necesario estar conscientes de que el camino aún es largo y difícil. La violencia no solo nos llega en forma de golpe certero, hay violencia que no se ve, pero que nos marca para siempre.












