Encuentro con los trumpistas
¿Quiénes son y qué los motiva? Un día después del ataque al Capitolio, un colaborador de Domingo en Washington acudió a las afueras del Congreso de los Estados Unidos para hablar con los seguidores de Donald Trump. Sus argumentos son una mezcla de teorías de la conspiración y fanatismo.
Escribe: Sandro Mairata, desde Washington DC
Sin intención de ponerse una mascarilla y portando un gorro rojo de “Make America Great Again”, Catherina, maestra de escuela, ha vuelto a las afueras del Congreso de Estados Unidos a repensar los motivos que la hicieron viajar desde San Diego, California, hasta Washington DC, al otro lado del continente.
“Esperaba un plan, una explicación de qué íbamos a hacer en concreto para impedir que Joe Biden sea presidente”, dice. Es rubia y delgada, y por debajo de sus lentes oscuros caen lágrimas de legítima frustración ante el estado de las cosas. Su conclusión es simple: “El mal se ha apoderado de este país”.
Día y noche, desde la toma del Congreso vista por el planeta entero, con estupor, los medios, los políticos y los analistas se hacen las mismas preguntas: “¿Cómo fue posible? ¿Es esto Estados Unidos? ¿Cómo reconstruimos la democracia? ¿Qué hacemos con el presidente Donald Trump?”.
Cómo pudieron entrar
Los más de cincuenta detenidos y ya cinco fallecidos forman un apretado resumen de la dispar respuesta a la protesta del miércoles 6 de enero.
Mientras que los manifestantes de Black Live Matters fueron reprimidos en junio de 2020 con gases, perdigones y fuerza bruta, el grupo que tomó el Congreso –y combinaba la fuerza de radicales de derecha, supremacistas blancos, integrantes del grupo Proud Boys (Chicos Orgullosos) y neonazis, varios de ellos armados– accedió sin dificultad al Capitolio.
Era impactante verlos vestidos con indumentaria militar, ondeando la bandera confederada, llevándose un estrado, acorralando a la seguridad del Congreso hasta hacer que esta forme barricadas, con armas en las manos, para impedir más ingresos.
Aún hay investigaciones en curso, pero diversas voces sugieren que se quiso evitar un enfrentamiento con manifestantes armados. Es una explicación plausible porque la policía ha demostrado que tiene una alta capacidad de respuesta para estos casos. Cada día Washington es escenario de manifestaciones y protestas sin episodios críticos. Siguiendo esta línea, la conclusión es que no se trató de impedir los hechos que se convirtieron en tendencia en redes sociales. Se sabe, además, que el presidente Donald Trump se negó al pedido para activar la Guardia Nacional y fue su vicepresidente, Mike Pence, quien finalmente la convocó.
Mientras tanto, los tres oficiales al mando de la seguridad del Congreso han sido obligados a renunciar.
Al día siguiente
“Joe Biden no va a juramentar, aún tenemos tiempo de impedirlo”, dicen dos hermanas de unos cincuenta años, nacidas en Utah. Visten ropa deportiva, una de ellas dice que vive en California y se niega a dar su nombres. Son mormonas, de raza blanca y tampoco usan mascarillas. Les pregunto por qué Joe Biden no debería juramentar si es el presidente electo. Me responden que con el demócrata se implantará el comunismo en Estados Unidos.
“Revisa Internet”, me recomiendan. “Allí verás cómo muchos de los latinos en Estados Unidos han sido adoctrinados con socialismo venezolano y vienen profesores que enseñan a odiar en los colegios”.
Conversaciones de este tipo son moneda corriente entre los seguidores de Trump, los mismos que se dieron cita en Washington para protagonizar el más traumático evento político de la historia reciente de Estados Unidos.
Para sus adeptos, Trump no es solo un político, es un mesías. Un elegido de Dios que personifica un Estados Unidos idílico, de bonanza económica y estabilidad basada en grandes fábricas y líneas de ensamblaje, un país de cartones para marcar entrada y salida, de casas de los suburbios y familias lindas y estables, de mamá, papá, hijo e hija con auto, perro y gato.
“¡Todo esto nos lo quiere quitar el Estado Profundo!”, exclama una de las hermanas (me piden que consigne que su padre es veterano de la Segunda Guerra Mundial), pero también lo dice Matthew, de 45 años, blanco, barbudo, trabajador de una granja en West Virginia, histórico y vasto estado rural. Porta una llamativa bandana de águila blanca, traje militar y un parche de “veterano de Iraq”. Tampoco lleva máscara.
“Joe Biden no me representa. Es un ladrón, un pedófilo, hace negocios turbios con Ucrania. Es un títere de Barack Obama”. Todo esto lo dicen de diferentes maneras los aquí reunidos, esta mañana de jueves 7, un día después.
El desafío de Biden es incalculable: debe devolverle a Estados Unidos la confianza del resto del planeta. Debe comprometerse y garantizar que se respetarán acuerdos, tratados y convenios. Más difícil aun, debe reconciliar al pueblo, si no con los medios de comunicación, al menos con la ciencia y la fe en las instituciones democráticas. Todo lo actuado por Trump en materia de derechos humanos, legislación ambiental e inversiones dudosas, como el delirante muro que debe cerrar la frontera entre Estados Unidos y México (en agosto del año pasado, Trump dijo que ya habían avanzado 380 millas en su construcción) tiene que ser auscultado de manera independiente.
Y además está el asunto de cómo se llevará a cabo la rendición de cuentas de la era Trump. Los juicios, las investigaciones, todo debe ser transparente, sin apasionamientos, para que no se tome como revancha política. Y esto debe hacerse en medio de una pandemia que ha dejado 22 millones de contagiados y cuatro mil muertos por día, en su semana más devastadora.
En unos altavoces improvisados, aquí afuera del Capitolio suena música de Bob Marley prometiendo “no te preocupes por nada, porque cada cosita va a estar bien”.
La caída de la casa Trump
Hasta el cierre de esta nota, habían renunciado diversos ministros, jefes de gabinete y exasesores como resultado del asalto al Congreso. “No hay duda del impacto que tuvo su retórica en la situación, y es el punto de quiebre para mí”, escribió la secretaria (ministra) de Educación, Betsy DeVos, quien había sido una de las más férreas defensoras del régimen.
Twitter canceló definitivamente la cuenta de Trump el viernes. Este la había recuperado para anunciar que no asistiría a la juramentación de Joe Biden. Ya poco importan sus célebres pataletas, al interior mismo del Partido Republicano la masa crítica de apoyo a Trump se ha convertido en un grupo distanciado de la dirigencia central. Desde el miércoles 6, los seguidores de Trump más fanatizados se han convertido en un grupo distante, parecido acaso a los “reservistas” de Antauro Humala en el Perú.
Aún con promesas incumplidas, un vergonzoso episodio de negación del resultado electoral, el asalto al Congreso y con Joe Biden como actual presidente electo, le pregunté a cerca de una decena de personas afuera del Capitolio si volverían a votar por Donald Trump si se postulara de nuevo. Todos dijeron que sí.























