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Opinión

El (des)precio de Dina, por Maritza Espinoza

La reciente actitud de Dina Boluarte hacia la prensa refleja un profundo desprecio por la opinión pública. La presidenta se ha negado a rendir cuentas a los ciudadanos que le pagamos el sueldo.

Maritza Espinoza
Maritza Espinoza

Cuando un político se niega a responder a un periodista -o se va por la tangente, que es lo mismo-, demuestra su absoluto desprecio por la opinión del público, poco o mucho, que sigue a ese periodista y al medio de comunicación en el que trabaja. Cuando se trata de la jefa de Estado todavía es peor, porque suma al desprecio la insolencia, pues cada uno de los peruanos a los que escamotea una respuesta digna es, en buena cuenta, su empleador. Para que se entienda mejor, su jefe.

Es decir, todos los ciudadanos la contratamos para la función de gestionar el país cuando la plancha presidencial que integraba (a la que luego traicionó al aliarse con la ultraderecha, pero esa es otra historia) ganó las elecciones del 2021 y cada ciudadano le paga el sueldo -ese mismo que acaba de subirse muy oronda- con el dinero de nuestros impuestos. Y como bien entenderá cada empleado que trabaja en una empresa, hay que ser muy desfachatado para pensar que no debes rendir cuentas a quien te paga el sueldo.  

Pero Dina Boluarte ha llevado su, digamos, insubordinación laboral a límites tan extremos que ya uno no sabe si  se trata sólo de un desmesurado cinismo, de una sensación de impunidad basada en el apoyo del pacto mafioso que todavía la sostiene (hasta que deje de ser funcional a sus intereses) o si la doña tiene, de verdad, algún problema siquiátrico que le impide percibir lo incorrecto e indecoroso de su cada vez más desvergonzada actitud.

Probablemente sea una mezcla de las tres explicaciones, sumadas a la cámara de eco en la que  vive agazapada, rodeada de personajillos de cuarta que le frotan el ego, la halagan hasta la extenuación y le presentan toda suerte de realidades ficticias (“las encuestas mienten”, “la prensa nos odia”, “el apoyo de la Señora K será eterno”), mientras aprovechan la situación para hacer usufructo de su cercanía en toda clase de pillerías.

Dicho en criollo, la percepción de la ciudadanía -de la cual, siendo generosos, sólo la aprueban dos de cada cien, porque su popularidad es del 1.8%, que, por el margen de error, bien podría ser cero-, le llega altamente y lo ha demostrado desde el día uno de su mandato, cuando no sólo decidió que se quedaría hasta el fin del período cuando todo el mundo exigía un gobierno de transición, sino que, ante las protestas, no dudó en avalar el asesinato de más de medio centenar de compatriotas.

Su menosprecio a la opinión popular también se expresa en las poco elaboradas mentiras con que explica sus desaguisados (casi como si le diera flojera esforzarse un poco), desde el argumento de los "ponchos rojos" y "las armas hechizas" con que “justificó” los asesinatos, hasta la cirugía “por necesidad médica” que era un banal estirón de pellejo y enchulamiento general, pasando por el Rólex "de antaño" que resultó de reciente data (y precio descomunal) y, la ultimita, cuando atribuyó el subidón de su sueldo al supuesto “cumplimiento de las reglas de Servir” y no a su insaciable y ya proverbial angurria monetaria.

Todos los políticos mienten, pero por lo menos se cuidan de que sus mentiras sean creíbles y no dejen un reguero de cabos sueltos en el camino. Pero la presidenta que nos ha tocado en (mala) suerte, es una fábrica inagotable de ficciones inverosímiles y, a su lado, Alejandro Toledo es un discípulo de George Washington (el paladín de la verdad, según un mito gringo). Lo peor es que sus mentiras envuelven casi siempre faltas gravísimas, como la muy probable falsificación de su firma en un documento oficial durante los días de su reposo médico, algo que sus aliados del Pacto Mafioso se han negado a investigar.

El desparpajo presidencial es todavía más escandaloso si tenemos en cuenta que se ha negado en redondo a responder a cualquier interrogatorio de la prensa (que, repetimos, sólo es el intermediario de las inquietudes ciudadanas)  y, más bien, se ha dedicado a hacerse la víctima, maquillar respuestas obligatorias por ley de Transparencia y hasta ensayar respuestas farsescas, como la que dio esta semana a un periodista (Jorge Madico, reportero de Panamericana) que le preguntó si realmente merecía el aumento de sueldo que se ha tramitado.

Nunca, en nuestra historia reciente, se ha dado el caso de un mandatario que se zurre tan olímpicamente en las demandas de la prensa, incluso cuando los grandes medios de comunicación les eran absolutamente hostiles, como en el caso de Ollanta Humala o Alejandro Toledo, que enfrentaron críticas, denuncias y hasta insultos día por medio. Con los cuestionables que puedan ser estos ex jefes de Estado, siempre tuvieron la entereza de dar explicaciones y tener claro que, detrás de esos medios, estaba la ciudadanía a la que debían el cargo que ostentaban.

En cambio, doña Dina jura que goza de una especie de burbuja de impunidad que le permite desdeñar a la opinión ciudadana y seguir haciendo y deshaciendo a su antojo y conveniencia del poder que le confirió la casualidad. Pobre. No falta mucho para que despierte de su sueño. Mandatarios con mucho más apoyo popular han sido alcanzados por las manos de la justicia y del repudio ciudadano. Todos sus antecesores (salvo Valentín Paniagua y Francisco Sagasti) pueden dar fe de ello. Y ella, aunque quiera hacer la del avestruz, no será la excepción.

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