
En Perú, basta mencionar la palabra protesta o movilización para que pasen dos cosas. Primero, la indiferencia. Están quienes deciden no involucrarse. Esa distancia de quien observa pero no se mete puede responder a una simple apatía social o a que ha llegado a la firme convicción de que salir a las calles no va a solucionar absolutamente nada. Y segundo, la estigmatización. En los últimos años, se ha normalizado agredir y descalificar a quienes deciden ejercer y defender un derecho legítimo como la protesta pacífica. Esta estigmatización también asocia a las manifestaciones con actos vandálicos, que permiten luego justificar los abusos y excesos por parte de las fuerzas del orden. Ya pasó en Perú durante el estallido social de 2022-2023. Y aquí no podemos evitar hacer la comparación con las actuales protestas en Francia. Mientras que en el país europeo se han movilizado más de 400 mil personas en todo el territorio, se han contabilizado alrededor de 289 marchas a nivel nacional, se ha detenido a más de 2 mil personas y se han desplegado decenas de miles de agentes de seguridad, no hay ninguna víctima, hasta la fecha, por parte de la policía.
En el Perú, las manifestaciones durante el período de Dina Boluarte dejaron un saldo de más de cincuenta víctimas, en su mayoría manifestantes del sur andino. Las investigaciones concluyeron que entre las víctimas había menores de edad y ciudadanos de a pie que ni siquiera participaban de las protestas. Hoy, esa injusticia sigue siendo una herida abierta. Los actos vandálicos ni aquí ni en ningún otro lugar se justifican ni se apoyan, pero sí es necesario defender la institucionalidad, las formas democráticas y un debido proceso que garantice el respeto a la vida y el derecho de la ciudadanía a organizarse y a manifestarse legítimamente.
Lo cierto es que las movilizaciones en Perú aún siguen siendo desarticuladas, y ese es otro tema de análisis. La falta de liderazgos o de coordinación entre ellos, y de un hilo conductor que logre unir, de manera masiva, a los peruanos y peruanas alrededor de temas comunes sigue siendo un pendiente. Muy posiblemente, y en un contexto global de protestas y movilizaciones, temas como el cambio climático, el medio ambiente, la Amazonía y el rechazo a la discriminación acaparen las calles en los próximos años.
Necesitamos entender las protestas. No para participar de ellas si no queremos, sino para comprendernos mejor. Estas pueden indicarnos qué canales de participación ciudadana han sido agotados, en qué demandas la ciudadanía no se siente escuchada, qué políticas públicas nos faltan y qué injusticias siguen sin ser atendidas.

En Perú, el término "protesta" evoca indiferencia y estigmatización hacia quienes ejercen su derecho a la manifestación pacífica..

Las críticas hacia el electorado cusqueño, que ridiculizan y deshumanizan, evidencian la normalización del odio y la discriminación, en lugar de fomentar un debate político saludable y respetuoso.

¿Las consecuencias? Autoridades que van a llegar al poder sin preparación y sin conocer sus realidades locales, y una población con altas expectativas que muy pronto terminará —otra vez— decepcionada.

El arte en Perú se ha convertido en una herramienta de incomodidad y reflexión en medio de la convulsión social y política del país, desafiando narrativas impuestas.

La falta de protección legal para las mujeres sigue siendo crítico, con un sistema que justifica y normaliza la violencia. Datos muestran que una gran mayoría de hombres acepta la violencia hacia ellas.