
Bastó una elección regional. Una candidata. Y un territorio en el sur del Perú para que se activen los discursos racistas y aflore la discriminación que tanto nos caracteriza. Los resultados que han dado como ganadora a Verónica Mendoza en Cusco, durante las elecciones regionales y municipales de 2026, han vuelto a recordarnos que nuestro diálogo democrático es sumamente débil y que, lejos de rechazar los discursos de odio, los normalizamos, los replicamos y los justificamos.
De pronto, vimos a algunos personajes de Lima deshumanizando y ridiculizando, nuevamente, al electorado del sur. Y no hay que confundirnos. No se trata de discrepancias políticas. Ese sería el escenario ideal, y aquí estamos a años luz. Lo que hemos visto es un desfile de mensajes clasistas, racistas y discriminatorios hacia los cusqueños y cusqueñas: desde decir que tienen una “condición mental que debemos lamentar” hasta sostener que, debido a la altura, no les llega el suficiente oxígeno para pensar y votar bien. Torpemente, se ha querido disfrazar el odio como ciencia y el racismo como opinión. Porque discriminar, que es un delito (artículo 323 del Código Penal), les resulta más fácil que intentar comprender la complejidad política del país.
Si tuviéramos la capacidad de mirar más allá, nos daríamos cuenta de que las dinámicas políticas en los territorios regionales son completamente diferentes e incluso muy diversas dentro de una misma región. Hoy, reducir el tema a derechas o izquierdas es limitado e insuficiente. La gente tiene otros móviles para decidir su voto: necesidades cotidianas, servicios básicos no atendidos, hartazgo de la corrupción, identidad, recursos naturales, emociones y percepciones que se van construyendo.
En muchos territorios, los liderazgos políticos recaen en personas. Esto es, en parte, una consecuencia de la crisis partidaria y también de la crisis de los propios movimientos regionales. Estas personas, futuros candidatos y candidatas, trabajan años construyendo confianza y legitimidad; conociendo el territorio; generando alianzas y colaboraciones; llegando a sitios donde el Estado muchas veces no llega. La escucha, el andar, el diálogo, el sentido de pertenencia son elementos que la población percibe y que traduce en información al momento de decidir por quién votar.
Y esta es, apenas, una pequeña parte de todo un sistema político complejo, donde lo positivo y lo negativo confluyen. No es un problema mental. No es un problema de oxígeno. Es democracia y, esta vez, la lección vino de una región en las alturas.

Las críticas hacia el electorado cusqueño, que ridiculizan y deshumanizan, evidencian la normalización del odio y la discriminación, en lugar de fomentar un debate político saludable y respetuoso.

¿Las consecuencias? Autoridades que van a llegar al poder sin preparación y sin conocer sus realidades locales, y una población con altas expectativas que muy pronto terminará —otra vez— decepcionada.

El arte en Perú se ha convertido en una herramienta de incomodidad y reflexión en medio de la convulsión social y política del país, desafiando narrativas impuestas.

La falta de protección legal para las mujeres sigue siendo crítico, con un sistema que justifica y normaliza la violencia. Datos muestran que una gran mayoría de hombres acepta la violencia hacia ellas.

En un contexto de desconfianza institucional, el nuevo gobierno deberá implementar un enfoque descentralizado y colaborar con la sociedad civil para abordar problemas estructurales.