León XIV en el Perú: el sentido apostólico de su visita y la realidad nacional, por Manuel Rodríguez Cuadros

"La visita ofrece una oportunidad para considerar las preocupaciones y esperanzas de la sociedad peruana a la luz de la doctrina social de la Iglesia"

El Papa en el Perú
La República


En el vuelo de regreso de Malabo a Roma, durante su viaje a África, León XIV se refirió de manera sencilla a la naturaleza de sus peregrinaciones. Explicó que sus viajes tienen esencialmente un carácter apostólico y pastoral, para encontrarse con los pueblos de Dios, acompañarlos y conocerlos. Estar con ellos. «El viaje debe interpretarse, ante todo, como una expresión de la voluntad de anunciar el Evangelio, de proclamar el mensaje de Jesucristo… Es, por tanto, una manera de acercarnos al pueblo en su alegría, en la profundidad de su fe, pero también en su sufrimiento». Los desplazamientos del Papa poseen también un componente diplomático propio de las relaciones de Estado a Estado. Esta connotación es subsidiaria de su naturaleza apostólica.

En este contexto, la responsabilidad de anunciar y vivir cotidianamente el Evangelio en las condiciones concretas de existencia de las personas, las comunidades y las sociedades orienta la comprensión de la Iglesia y, particularmente, de León XIV acerca de las características y tendencias de la sociedad contemporánea, del sistema internacional y de las realidades políticas, económicas y sociales de los Estados y de sus respectivas sociedades nacionales.

Esta perspectiva pastoral encuentra en la doctrina social de la Iglesia criterios para examinar las realidades nacionales.

En la encíclica Magnifica Humanitas (15.05.2026), sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial, León XIV discierne sobre la aplicación de los siguientes cinco principios esenciales de la doctrina social de la Iglesia a las realidades de la sociedad internacional en transición y de los Estados que la integran.

1. El principio del bien común constituye la expresión social de la dignidad humana y un criterio rector de la organización política, económica y social. Su realización exige un proyecto compartido de sociedad, sustentado en el diálogo y la construcción de consensos, aun en presencia de diferencias ideológicas e intereses contrapuestos. Corresponde al Estado garantizar la cohesión social, armonizar con justicia los intereses particulares y colectivos y proteger especialmente a los sectores más vulnerables, mediante políticas orientadas al largo plazo. En el ámbito internacional, este principio se proyecta hacia la construcción de un bien común global, que requiere instituciones multilaterales más eficaces, cooperación entre los Estados y respeto a la pluralidad, la identidad y el derecho a la existencia de todos los pueblos.

2. El principio del destino universal de los bienes establece que los recursos naturales, materiales, culturales y tecnológicos deben servir al beneficio de toda la humanidad y, en el ámbito nacional, al conjunto de la sociedad. La propiedad privada es legítima, pero no absoluta: está subordinada a su función social. León XIV, al ratificar este enunciado, lo extiende a los datos, algoritmos y tecnologías digitales, cuya concentración puede generar nuevas desigualdades y exclusiones.

3. El principio de subsidiariedad establece que las decisiones deben adoptarse en el nivel más próximo posible a las personas, poblaciones y comunidades. Las instancias superiores de gobierno no deben sustituir las responsabilidades y capacidades propias de las instancias de la sociedad civil, sino fortalecer su autonomía y capacidad de participación.

4. El principio de solidaridad reconoce que la interdependencia humana genera responsabilidades recíprocas entre personas, grupos sociales, pueblos y Estados. La solidaridad no se reduce a la asistencia voluntaria, sino que exige decisiones económicas y políticas que distribuyan equitativamente las oportunidades, las responsabilidades y los costos del desarrollo.

5. El principio de justicia social exige transformar las estructuras económicas, políticas y culturales que producen desigualdad, discriminación y exclusión. No se limita a redistribuir recursos. Comprende la reparación de injusticias históricas, la restitución de derechos y la inclusión efectiva de los sectores vulnerables. León XIV incorpora la protección frente a la discriminación tecnológica, la vigilancia abusiva y las nuevas formas de exclusión digital.

Una mirada al Perú desde la doctrina social de la Iglesia muestra contradicciones y desigualdades. En el plano económico, según las proyecciones del Fondo Monetario Internacional, en 2027 el Perú podría desplazar a Chile como la quinta economía más grande de América Latina en términos de PBI nominal. Su producto proyectado, de 413.597 millones de dólares, sería ligeramente superior al chileno. En el plano de las condiciones materiales de vida, sin embargo, la pobreza en el país ascendió al 25,7 %, mientras que en Chile fue de 17,3 % (CEPAL, 2025). El salario mínimo mensual equivale aproximadamente a 357 dólares en el Perú y a 562 dólares en Chile. En el plano del componente humano del crecimiento económico, el índice de desarrollo humano del Perú es considerablemente inferior al de Chile.

El Perú es una sociedad en la que se manifiesta con particular intensidad la contradicción entre el crecimiento económico y la persistencia de la pobreza, la violencia y la inseguridad ciudadana, la corrupción, el hambre, la insuficiencia del trabajo decente, la fragmentación social, la discriminación racial y la desigualdad.

La reflexión pastoral de León XIV sobre estos temas no se refiere a ningún país en particular, sino a los problemas que afectan a la sociedad internacional contemporánea en transición. Sus pronunciamientos sobre la dignidad humana, el Estado y la sociedad, la guerra y la paz y la centralidad que los pobres tienen en su pensamiento fueron los ejes de su mensaje durante sus viajes por África, Francia y España y orientarán, por cierto, su inminente misión apostólica por Argentina, Uruguay y el Perú.

En su exposición en Roma, en el Programa Mundial de Alimentos, León XIV llamó la atención sobre la imperiosa necesidad de encontrar decisiones que permitan superar el hambre y la desnutrición, atendiendo a las causas estructurales que los perpetúan. Demandó: «resistirse a la mercantilización de las necesidades humanas esenciales. El agua, los alimentos y la atención médica no pueden subordinarse a consideraciones de mercado ni a intereses geopolíticos» (PMA, 22.06.2026).

En Yaundé, el 15 de abril de 2026, fue enfático al afirmar que era necesario «romper las cadenas de la corrupción, que desfiguran a los dirigentes, quitándoles autoridad». Asimismo, sostuvo que «la autoridad está llamada a ser un puente, nunca un factor de división, incluso allí donde parece reinar la inseguridad. La seguridad es una prioridad, pero debe ejercerse siempre respetando los derechos humanos».

En ese mismo discurso, el Pontífice destacó el papel de la sociedad civil como fuerza fundamental de cohesión nacional, formación de las conciencias, diálogo y respeto de las diferencias. Reconoció también la importancia de la participación de las mujeres, de las organizaciones sociales y de las comunidades en la prevención de la violencia, la construcción de la paz y la defensa del bien común.

Es en este contexto apostólico y pastoral en el que la visita de León XIV adquiere su significado, alcance e impacto. Su presencia en el Perú no solo constituye el encuentro del Pontífice con una comunidad de fe, sino también su reencuentro con su país. Aquel que lo acogió durante largos años de misión pastoral. La visita ofrece una oportunidad para considerar las preocupaciones y esperanzas de la sociedad peruana a la luz de la doctrina social de la Iglesia, distinguiendo la misión espiritual del Papa de las responsabilidades políticas del Estado, el Gobierno y la ciudadanía.

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