Escenarios de segunda vuelta en una elección sin centro, por Eliana Carlín

La campaña se desplaza hacia una fase más operativa, donde la efectividad logística y la comunicación visual del candidato cobrarán protagonismo.

Las encuestas difundidas durante el Jueves Santo no solo reflejan - aunque parcialmente - los efectos de los debates recientes, sino que comienzan a sedimentar tendencias que podrían ser decisivas. En ese marco, dos candidatos se muestran con mayor solidez relativa: Carlos Álvarez y Roberto Sánchez, quienes se encuentran empatados en la tercera posición con diferencias de apenas décimas porcentuales. No obstante, es Sánchez quien registra el crecimiento más sostenido en el período analizado, y quien además concentraría un voto rural usualmente subrepresentado en los instrumentos de medición —un fenómeno ya documentado en elecciones peruanas anteriores. Roberto Sánchez encarna, en este sentido, algo más que una candidatura competitiva: representa la continuidad simbólica del castillismo sin Castillo, es decir, la apelación a un electorado popular, periférico y desconfiado del establishment limeño, que no ha desaparecido sino que busca nuevo cauce ante lo ocurrido con su voto el 2021. Muy cerca, aunque ya en posición menos favorable, se ubica Alfonso López Chau, cuya candidatura generó expectativa pero no logró consolidarla; mientras que Marisol Pérez Tello y Mesías Guevara, con performances y trayectorias merecedoras de atención, llegan a esta recta final sin posibilidades reales de competir por los primeros lugares.

El elenco que hoy proyectaría el paso a segunda vuelta sigue siendo, sin embargo, Keiko Fujimori y Rafael López Aliaga. En la encuesta del Instituto de Estudios Peruanos (IEP), ambos candidatos no alcanzan conjuntamente el 20% de intención de voto, mientras que la opción "ninguno" o "no elige" supera el 30%. Esta cifra no es un dato menor: revela una desafección activa, y mantiene el escenario abierto a reconfiguraciones. A ello se suma la revelación, hecha por la propia Fujimori durante el debate de esta semana, de un entendimiento político con López Aliaga, lo cual podría operar en doble sentido: cohesionar a un electorado de derecha que duda, o bien repeler a votantes que valoran negativamente esa transacción.

La acelerada reducción del electorado indeciso en los días previos al silencio electoral activa una variable de creciente interés: el voto estratégico. A diferencia del voto "sincero" —aquel que expresa la preferencia genuina del ciudadano—, el voto estratégico implica una renuncia calculada: el elector resigna a su candidato preferido para no "desperdiciar" su sufragio si considera que dicho candidato no superará la valla electoral. En un escenario tan fragmentado como el actual, con múltiples candidatos compitiendo por los mismos dos o tres puntos porcentuales que definen el corte, este fenómeno adquiere una dimensión inusualmente alta. El electorado de izquierda y centroizquierda, en particular, enfrentará esa disyuntiva con especial agudeza: si Sánchez consolida la percepción de viabilidad, podría beneficiarse de un efecto de convergencia que las encuestas aún no capturan del todo.

En estos días de recogimiento, la campaña se desplaza del debate público hacia la capilaridad territorial. Lo que definirá márgenes en esta fase no son ya los argumentos programáticos sino los elementos más operativos de la comunicación electoral: la recordación visual del símbolo y número de partido, el reconocimiento del rostro del candidato presidencial, el manejo correcto de la cédula de sufragio, y la presencia efectiva de personeros en mesas de votación. Los equipos que comprendan esta transición —del mensaje a la logística, del discurso a la presencia— tendrán una ventaja real en la recta final. El silencio electoral no es vacío: es el momento en que el trabajo invisible decide.