Columnista invitado. Autor de contenidos y de las últimas noticias del diario La República. Experiencia como redactor en varias temáticas y secciones sobre noticias de hoy en Perú y el mundo.
En el Perú, históricamente la pobreza se concentró en las zonas rurales. Sin embargo, esto ha cambiado, aumentando la población urbana en situación de pobreza al punto de sobrepasar a la rural en términos absolutos. Este cambio social tiene un impacto en las demandas políticas y, por supuesto, en la oferta electoral.
En muchas elecciones hemos visto una dinámica política en la que el candidato que tiene un respaldo fuerte en Lima suele tener un discurso más liberal y a favor de las empresas. Al frente suyo encontrábamos al candidato con respaldo en otros departamentos, con una agenda más estatista y en favor del agro. Sucedió con Vargas Llosa y Fujimori en 1990, y se repitió luego con Lourdes Flores y Ollanta Humala.
Sin embargo, desde el 2013 esa relación ha cambiado. Desde ese año, el 80 % de los peruanos vive en ciudades, lo cual ha conllevado la urbanización de la pobreza. De acuerdo con el INEI, para el 2024 la pobreza monetaria era del 24,8 % en la población urbana y 39,3 % en la población rural. Aunque los porcentajes podrían indicarnos un mayor peso de lo rural, en términos absolutos no es así, pues hoy casi 7 millones de peruanos pobres viven en las ciudades y casi 2,5 millones en zonas rurales.
Este panorama es relativamente nuevo en el Perú, pues ha sido la pandemia lo que acentuó este trasvase socioeconómico. Si consideramos lo atípicas que fueron las elecciones de 2021 en plena pandemia, son las elecciones de 2026 prácticamente las primeras en las que veamos expresarse este nuevo perfil socioeconómico del electorado peruano.
Lo clave es entender que la pobreza urbana tiene problemas muy diferentes de la rural. A diferencia de muchas zonas del campo, si no se consigue dinero en la ciudad, no se come y no se puede pagar el alojamiento. A eso se suma el problema de la delincuencia y la inseguridad ciudadana, fenómenos casi inexistentes en las zonas rurales, al igual que el tráfico.
La pobreza urbana ha incrementado tan rápido y sus problemas se han vuelto tan graves (vivienda, inseguridad, alimentación) que la eficacia se vuelve una virtud altamente valorada en los políticos. Ante ella, la democracia y las instituciones son fácilmente presentadas como obstáculos de los cuales se debe prescindir o que se deben combatir. Un buen ejemplo son los trenes de López Aliaga: semejante chapuza de los recursos públicos fue presentada como un sabotaje de la burocracia insensible.
Por ello, puede parecer poco redituable defender ideas liberales y en favor de la democracia. Sin embargo, sería un error de estrategia abandonar esas banderas por pegarse al pelotón de los candidatos pro mano dura. La clave es abordar aquellas necesidades sociales, pero con un enfoque diferente que permita, a su vez, conectar con la población que prioriza las instituciones democráticas.
*Politólogo

Columnista invitado. Autor de contenidos y de las últimas noticias del diario La República. Experiencia como redactor en varias temáticas y secciones sobre noticias de hoy en Perú y el mundo.