Columnista invitado. Autor de contenidos y de las últimas noticias del diario La República. Experiencia como redactor en varias temáticas y secciones sobre noticias de hoy en Perú y el mundo.
(*) Exdirector de CARETAS.
Ya inerte en el suelo, baleado, la moto caída a su costado, la rueda girando loca, emergió de la tapia una figura alta, desgarbada, de ojos encendidos. La siniestra figura avanzó calculadoramente hacia el herido, retiró la espoleta de una granada con un golpe de muñeca y la colocó en el pecho del herido, indefenso, armado únicamente con una cámara fotográfica, y se alejó con absoluta sangre fría, el tiempo suspendido en un aliento. La explosión estremeció la comarca. Un brazo del periodista de CARETAS, Hugo Bustíos, sería hallado en lo alto de un árbol, el rostro irreconocible, la camisa hecha girones, la cámara fotográfica intacta, el rollo de película revelador. Los asesinos lo emboscaron a plena luz del día en un camino rural flanqueado en un extremo por un contingente militar y por el otro, una patrulla policial. Dispararon a matar con armas de largo alcance e indiferentes de causar el máximo estruendo, pese a la cercanía de los uniformados. El resto fue silencio. O el intento por sepultar en el silencio el asesinato del hombre de prensa.
Cuando llegaron los policías, el contingente militar había limpiado de la escena del crimen los casquillos de bala y demás evidencias incriminatorias.
En los días siguientes, los militares allanaron la casa del fiscal y del juez que investigaban el homicidio. Una testigo fue vejada sexualmente; otros, amedrentados, no vieron nada, no saben nada: silencio. Pero la verdad se abrió paso. En 2008, la Corte Suprema condenó al comandante EP Víctor La Vera Hernández, comandante de la guarnición, y al oficial Amador Vidal Sanbento, a 17 y 15 años de prisión, respectivamente, por el asesinato de Bustíos. En 2023, fue sancionado a 12 años de prisión el último de los perpetradores: Daniel Urresti. El propio Vidal Sanbento lo delató; sus mentiras lo condenaron. Compró el silencio de testigos; no todos. Lo filmaron y quedó expuesto.
Ahora, 38 años después del alevoso crimen, pretende acogerse al manto del silencio mayor: la Ley 32107, interpretación auténtica de la imprescriptibilidad de los crímenes de lesa humanidad, otra emboscada a la justicia.

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