Periodista por la UNMSM. Se inició en 1979 como reportera, luego editora de revistas, entrevistadora y columnista. En tv, conductora...
Cuatro hombres poderosísimos -un político, un noble, un obispo y un magistrado- secuestran a varios adolescentes y los llevan a un lugar aislado donde los someten a todo tipo de aberraciones y perversiones. No, no se trata de la isla de Jeffrey Epstein, sino del argumento sucinto de Saló o los 120 días de Sodoma, la turbadora película que Pier Paolo Passolini filmó, hace ya medio siglo, como una sátira trágica del fascismo y los excesos del poder absoluto.
La depravación sexual -que incluye a menudo el salvaje abuso de menores de edad y hasta de niños- pareciera ser el último límite a trasgredir entre los híper poderosos, aquellos que se creen lejos de las manos de la justicia común, sean jefes de estado, dictadores, nobles, jerarcas religioso o multimillonarios.
No es gratuito que, en el caso Epstein, el escándalo que está remeciendo la conciencia mundial, estén mencionados -¿e implicados?- desde presidentes (Bill Clinton, Donald Trump), hasta un príncipe (Andrew Mountbatten-Windsor), pasando por autoridades religiosas (el Dalai Lama aparece mencionado 169 veces en los archivos del caso), intelectuales (Noam Chomsky) y tecnofeudalistas como Bill Gates y Elon Musk.
Pruebas irrefutables no hay, salvo la palabra de decenas de mujeres que fueron devoradas por la maquinaria Epstein cuando apenas salían de la infancia. También existen algunos videos y fotos nada concluyentes, nada sorprendente en este tipo de casos. Hasta el momento, el único que ha recibido algún tipo de sanción, la social, es el príncipe Andrés, que acaba de ser expulsado por su real familia.
Pero lo que nos importa no son los avatares de un noble en desgracia, sino saber si el presidente de los Estados Unidos participó o no de las depravaciones de Epstein. “¡Nunca fui a su isla!”, ha clamado el tiranuelo naranja, pero los abusos se cometieron en diferentes lugares, incluida su mansión de Palm Beach, que quedaba muy cerca, a unos diez minutos en auto, de la mansión presidencial de Mar-A-Lago.
Los defensores de mandatario yanqui alegan que no hay pruebas, ni fotos, ni grabaciones que lo incriminen, pero, como en el caso de otro célebre abusador, el cantante Julio Iglesias, existen suficientes señales previas de su morbosa afición por el sexo forzado y las jovencitas. Está, para comenzar, el caso sentenciado de Jean Carroll, la mujer a la que Trump habría violado en un probador en los años 90 y por el que la justicia lo obligó a pagar 88.3 millones de dólares.
Y no es el único. Está también el de Stormy Daniels, a quien Trump pagó 130 mil dólares para que no revelara sus encuentros sexuales antes de las elecciones del 2016 y por el que sigue siendo juzgado. O el de “Katie Johnson” (Jane Doe), que lo demandó alegando que fue violada, junto a Epstein, cuando ella apenas tenía 13 años.
Por si fuera poco, hay muchas otras que lo han acusado de tocamientos a la fuerza (Jessica Leeds, Kristin Anderson, Stacey Williams, Karena Virginia, Mindy McGillivray, Rachel Crooks, Natasha Stoynoff, Jessika Drake, Nini Laaksonen por mencionar algunas), pero tal vez lo más significativo, en relación al caso de abuso de menores, son las denuncias de varias participantes de concursos de belleza adolescente que revelaron que Trump ingresaba a los vestidores cuando ellas estaban desnudas.
Pero el propio Trump se ha ido de lengua más de una vez, como cuando, en 2005, presumiendo de haber seducido a una mujer casada ante el presentador de televisión Billy Bush, dijo: “¿Sabes? Me atraen las mujeres guapas... Simplemente empiezo a besarlas. Es como un imán. Ni siquiera espero. Y cuando eres una estrella, te dejan hacerlo. Puedes hacer lo que quieras. Agárralas por el coño. ¡Puedes hacer lo que quieras!”
¿Acaso podemos creer en que un sujeto así se “resistiera” a las placenteras ofertas de Epstein? Ya antes de ser presidente de Estados Unidos, Trump era un poderoso multimillonario y, los dicen diversos estudios, el poder actúa como un desinhibidor y altera la forma en que el cerebro procesa la información social, especialmente sobre los límites que se pueden trasgredir.
El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente. La frase de Lord Acton, historiador y político británico, cobra hoy más vigencia que nunca pues, en este caso, convergen todos los elementos de la psicología del poder. Es decir, lo que algunos llaman “El complejo de Dios”: el narcisismo grandioso que incluye la necesidad de control y el sentimiento de derecho “natural” por el que el sujeto se cree exento de las leyes que rigen a los demás.
Cuando Trump niega sus no tan improbables delitos cuenta con la percepción de impunidad, que ocurre cuando una figura de poder siente que puede reescribir su propia historia sin consecuencias, porque asume que sus “súbditos” preferirán su versión antes que cualquier documento o prueba, en este caso, los registros de vuelos y sus muchas imágenes junto a Epstein.
Por eso no sorprende que, a pesar de todo lo que previamente se conoce sobre Trump, sus seguidores -la mayoría de ellos creyentes, conservadores y defensores de “la familia tradicional”- siguen confiando en su palabra. Ese sesgo cognitivo, digno de un estudio siquiátrico, habla más de los valores republicanos que del propio líder político. Es como si, en un país de puritanos, la gente eligiera, para gobernarlo, al mismísimo Marqués de Sade.

Periodista por la UNMSM. Se inició en 1979 como reportera, luego editora de revistas, entrevistadora y columnista. En tv, conductora de reality show y, en radio, un programa de comentarios sobre tv. Ha publicado libro de autoayuda para parejas, y otro, para adolescentes. Videocolumna política y coconduce entrevistas (Entrometidas) en LaMula.pe.