Profesor visitante en el departamento de economía de la PUCP

¿Ignorancia o desencanto? El verdadero rostro del “no sabe, no opina” en las encuestas, por Javier Herrera

La atomización electoral, la información engañosa y la desconfianza institucional han convertido el acto de votar en una carrera de obstáculos más que en un ejercicio de ciudadanía.

Como cuy en feria. Así nos encontraremos al acudir a las urnas el próximo 12 de abril, día de las cinco elecciones (presidencial, senado nacional, senado regional, diputados, parlamento andino).Al cierre de las inscripciones, el JNE informó que 36 organizaciones políticas han presentado planchas presidenciales, registrado 842 solicitudes de candidatos a senadores, 840 para diputados y 31 para representantes ante el Parlamento Andino. Se deberá marcar el símbolo del partido del candidato presidencial y marcar símbolos y escribir los números de dos candidatos preferenciales (esto es opcional) para cada una de las cuatro otras elecciones. Para remate, el elector puede marcar un partido distinto en cada una de las elecciones. Como resultado de esta proliferación de organizaciones políticas, la cédula, del tamaño de una sábana,que deberán llenar los sufridos electores será más larga que menú de chifa. Nada más propicio que la complejidad de las elecciones y de la cédula para generar votos nulos o viciados. No es seguro a quién favorecerá esta situación, pero lo que sí es certero es que la democracia será la perdedora.

Por estas fechas proliferan diferentes encuestas de intención de voto, las serias y formales que practican la transparencia y publican la ficha técnica de la encuesta (número de encuestados, modalidad de las entrevistas, cobertura geográfica, margen de error, etc.) y las otras que circulan en las redes sociales, de supuestas “encuestadoras” de dudosa calidad con resultados simplementeinventados. Ello puede tener un impacto sobre los resultados, como lo sugiere la encuesta del IEP, ya que más de la mitad (52%) de los votantes considera que las redes sociales influyen mucho en la decisión de voto. Un porcentaje significativo del importante contingente de indecisos se decide a último momento “apostando a ganador”, es decir por aquel candidato que encabeza las intenciones de voto en dichas encuestas, sean estas reales o bamba.El elector que en los sondeos de opinión entra en la categoría “no sabe, no opina” es el que, en un país en donde el voto es obligatorio, termina siendo el que inclina la balanza hacia uno u otro candidato.

Mucho se ha especulado acerca de la dispersión del voto (ningún candidato sobrepasa el 11%) dada las 3 docenas de candidatos presidenciales. Las recientes encuestas dan como ganador incontestable a “don nadie”, es decir a ninguno de los candidatos a la presidencia. Según la última encuesta de Datum (8-9 diciembre 2025), casi la mitad (49.8%) de los que votarán no votará por ningún candidato o no sabe por quién votará. Según el estudio de opinión realizado por el IEP en noviembre 2025, más de dos tercios (67.9%) de los electores tampoco votaría por alguno de los actuales candidatos o no sabe por quién lo haría. 

En los análisis de las tendencias de voto se ha prestado una atención exclusiva a los que marcan sus preferencias por tal o cual candidato, pero se ha borrado de la foto a aquellos que no revelaron sus preferencias. Parece solo interesar cómo se reparten los votos de tan sólo la mitad o de un tercio (según la empresa encuestadora) de los electores. Los resultados son comentadosmuchas veces excluyéndolos, a pesar de que representan el grupo más numeroso de electores. Poco o nada se sabe del perfil de aquellos que no saben o no opinan y de aquellos que no votarán por ninguno de los candidatos. El grupo de los “no saben, no opinan”, más allá de su impacto sobre los sesgos y robustez estadística de los resultados de las encuestas, merecen nuestro interés pues son reveladores del estado de nuestra democracia. Sesudos artículos por parte de autoproclamados expertos (que no saben pero que si opinan) ignoran esta categoría y presentan los porcentajes ya no sobre el total de la población entrevistada sino sobre el total de los que declararon sus preferencias. El resultado es un doble sesgo. Por un lado, se “inflan” artificialmente los porcentajes obtenidos por los candidatos y por otro lado se ignora que aquellos que no saben, no opinan tienen un perfil que los distingue del resto de los electores y que ello nos dice mucho sobre la construcción de la ciudadanía. 

El perfil y las motivaciones de los que declaran que no votarán por ninguno de los candidatos son distintos del de los que no saben ono opinan. Para los primeros, la motivación es la ausencia de una “oferta” política mínimamente aceptable o porque no confían nada en los organismos encargados del proceso electoral: la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) y el Jurado Nacional Electoral (JNE). Llegamos a estas próximas elecciones con una indigente, aunque profusa, oferta política y en un contexto en donde, según Latinobarómetro 2023, sólo un 8.8% se identifica con un partido político. A ello se agrega un contexto de gran desconfianza hacia las dos instituciones encargadas de asegurar el desarrollo del proceso electoral. Según datos de la enaho, el porcentaje de los que no confían nada en el JNE o la ONPE, históricamente elevado y con tendencia al alza desde 2011, entre 2021 y 2025 ha pegado un brusco salto de 33.3% a 40.2% (+6.9pts) para el JNE y de 30.7% a 36.7% (+ 6 pts) en el caso de la ONPE. Las infundadas imputaciones de fraude en las dos pasadas elecciones han socavado aún más la credibilidad en la imparcialidad de las instituciones electorales y ello se traducirá en una menor representatividad y legitimidad de los resultados electorales.

Por otro lado, las personas que “no saben, no opinan” no se distribuyen al azar entre todas las categorías de la población. En la medida que generalmente las encuestas recogen datos sobre edad, sexo, niveles de educación, etnicidad, ocupación, entre otros, es posible precisar el perfil de quienes no saben, no opinan. Hemos considerado los cerca de 400 mil entrevistados en las enaho y tomando en cuenta simultáneamente las características personales de los que no saben, no opinan respecto a la esfera política. De este análisis emerge un perfil tipo: los “no saben, no opinan” tienenmayor probabilidad de ser de mujer, un joven, residente en la sierra y en el área rural, bajo nivel de educación y ser trabajador informal. Los que cuyo idioma materno es una lengua nativa tienen una probabilidad 1.3 veces superior de declarar que no sabe, no opina respecto a los de habla castellana; los afrodescendientes un 1.7 veces más probabilidad que los mestizos de no saber, no responder cuando se les pregunta su opinión acerca de la democracia y su funcionamiento y sus preferencias políticas. Los niveles de pobreza predicen fuertemente la probabilidad de no saber, no opinar: respecto a los no pobres y no vulnerables, los pobres extremos tienen 1.8 veces más probabilidades de no saber, no opinar y en el caso de los pobres no extremos y los vulnerables,dichas probabilidades son 1.6 y 1.3 veces más. Se trata del perfil de una población marginalizada, pobre y discriminada.

La maraña electoral, la ausencia de verdaderos partidos, la indigencia de planes de gobierno, la desinformación y la desconfianza han vaciado de sentido el acto de votar. Mientras se discuten porcentajes mínimos, casi la mitad del país no se siente representada por nadie. Si el 12 de abril triunfa “don nadie”, la derrota no será ciudadana, sino de la democracia misma.