Jorge Bruce es un reconocido psicoanalista de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Ha publicado varias columnas de opinión en diversos medios de comunicación. Es autor del libro "Nos habíamos choleado tanto. Psicoanálisis y racismo".
Para los peruanos en las antípodas de la Generación Z, la palabra “Panóptico” tiene una referencia concreta: la Penitenciaría construida en el lugar que hoy ocupan el Centro Cívico de Lima, el Real Plaza Centro Cívico y el hotel Sheraton. La cárcel fue inaugurada por Ramón Castilla en 1862 y clausurada, luego demolida, por orden de Manuel Prado Ugarteche en 1961. El diseño original se inspiraba en las teorías de Jeremy Bentham, según el cual la estructura circular del presidio, así como la presencia de una torre central, permitía que los presos fueran constantemente vigilados. La idea era que se sintieran vigilados, sin saber si lo estaban siendo o no.
Michel Foucault extrapoló el diseño de la cárcel de Bentham al funcionamiento del poder en la sociedad disciplinaria, más allá de los confines de la prisión. Es un diagrama de poder en el que los ciudadanos, como en la novela 1984 de Orwell, se sienten permanentemente vigilados. Esta teoría la desarrolla en su libro Vigilar y castigar de 1975. Huelga decir que esta distopía se ha visto confirmada y multiplicada con el control digital y el auge de las redes sociales.
Pero el Perú tiene la particularidad, por la disfuncionalidad de su pacto social, de distorsionar las teorías que viajan hasta nosotros desde los grandes centros de producción intelectual. Esto ya ocurrió con las guerras de independencia y no se ha detenido hasta hoy. En esa tónica, quienes ejercen el control social no son las autoridades, sino la delincuencia (que a menudo trabajan juntas).
El aumento exponencial de las extorsiones y los homicidios ha desencadenado entre vastos sectores de la población una actitud de hipervigilancia, según la denomina el Instituto Nacional de Salud Mental Honorio Delgado-Hideyo Noguchi. La República publicó este domingo un reportaje de Sebastián Ancajima sobre las consecuencias de la inseguridad en la salud mental. Manuel (45) sale a la calle “protegiéndose” con sus auriculares. Lo denomina un acto de fe, pues no sabe en qué momento será asaltado. Ya le ha ocurrido y también ha sido extorsionado. Por ello se vio obligado a mudarse. Alexandra (25) no tuvo que salir: la extorsión le llegó en casa, a través del celular. Fue inútil cambiar de número varias veces: siempre la encontraban. Al principio pagó pequeñas sumas, pero los montos fueron aumentando hasta que ella también se vio obligada a huir a otra dirección.
Como ellos, miles de habitantes se ven amenazados sin tener a quién recurrir, pues los delincuentes les previenen que están coludidos con la policía y se enterarán si son denunciados.
A esto me refiero cuando afirmo que la vigilancia del Panóptico no la ejercen las autoridades, sino los delincuentes, que afirman ser cómplices de estas. A las previsibles respuestas de ansiedad generalizada, estrés, miedo, cansancio y traumas, así como la hipervigilancia, convendría añadir la paranoia. Esto era lo que buscaba Jeremy Bentham con su idea del Panóptico: que los presos se sintieran constantemente vigilados, lo estén o no. Es exactamente lo que describen Manuel y Alexandra. No se sienten seguros nunca y tienen que estar en actitud de alerta permanente.
Estamos hablando, pues, de una auténtica epidemia que los shows ridículos de Jerí, disfrazándose de Bukele o declarando estados de emergencia cuya ineficacia hemos comprobado innumerables veces, no van a contener. Tampoco las delirantes promesas de drones explosivos de López Aliaga. No sé si recuerdan que, cuando era alcalde y aseguró que con esos dispositivos mágicos se solucionaba el problema de la inseguridad galopante, aparecieron en el cielo unos drones que repetían anuncios en bucle. Como disco rayado (que me disculpe la metáfora la Generación Z), repetían consignas delirantes. Eran promesas de protección contra la inseguridad que venían del aire, y en el aire se quedaron (duraron un par de días). Solo consiguieron frustrar aún más a una ciudad, como Lima, que no puede más.
Es necesario aclarar que estoy empleando el término “paranoia” en su sentido coloquial, no clínico (una modalidad de psicosis crónica): esa sensación de sentirse perseguido e inseguro, incluso en el hogar. Particularmente en distritos como San Juan de Lurigancho, Lima y Ate, donde, según anota el citado reportaje de Ancajima, se concentra el 50 % de las denuncias. No obstante, como me consta, los asaltos y extorsiones no se limitan a esos distritos ni a la capital.
Esta perpetua hipervigilancia consume energía emocional y desgasta el funcionamiento del aparato psíquico. Mucha gente opta por salir lo menos posible a la calle y restringir su vida social al mínimo indispensable. Lo que agrava la situación no solo es la incompetencia de las autoridades, como la PNP, el Ministerio del Interior y los poderes Ejecutivo y Legislativo. Las leyes en favor del crimen de estos últimos le dan validez a la hipótesis de que no solo las emiten para protegerse de las consecuencias judiciales de su corrupción. Cabe preguntarse si no les conviene este miedo generalizado de la gente.
Esta sería una perversión del concepto inicial del Panóptico, que ya era una forma disimulada de tortura, disfrazada de control social de la población encarcelada. Mantener a la gente asustada, parecen creer, los disuadirá de salir a protestar contra estas condiciones de vida insostenibles. Pero la desesperación de los transportistas extorsionados y asesinados, así como el hartazgo por la situación económica de la Generación Z, están haciendo que el miedo se desplace hacia los integrantes del Pacto. #PorEstosNo.

Jorge Bruce es un reconocido psicoanalista de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Ha publicado varias columnas de opinión en diversos medios de comunicación. Es autor del libro "Nos habíamos choleado tanto. Psicoanálisis y racismo".