Suelte esa pantalla, por Mirko Lauer
"En el Perú las principales publicaciones hace ya un tiempo optaron por una fórmula mixta, unciendo un producto de papel y tinta a uno electrónico-digital…".

Hildebrandt en sus Trece, el semanario de gran impacto, dirigido por el periodista que todos los años gana la encuesta de poder e influencia, está pidiendo una colaboración extra de sus lectores para mantener sus cuentas en azul. Apenas llega a ser una noticia, pues hoy todos los medios están en crisis, comenzando por los impresos.
La versión abreviada estándar es que el papel impreso viene siendo víctima, hace ya buen tiempo, del cambio tecnológico en las comunicaciones. Hasta los grandes periódicos y revistas de las capitales más prósperas del mundo sienten el ajustón, y buscan formas de mantener la rentabilidad de su modelo de negocios. Lo cual no está resultando fácil.
En el Perú las principales publicaciones hace ya un tiempo optaron por una fórmula mixta, unciendo un producto de papel y tinta a uno electrónico-digital. Ha funcionado hasta por allí nomás, pues estamos ante dos velocidades y temperamentos muy diferentes. Las ganancias de los millones de clics no llegan a compensar del todo las pérdidas en el quiosco.
La otra parte de la explicación es el cambio radical en los hábitos de búsqueda de noticias y de lectura, con todo el universo informativo convergiendo sobre la pantallita del teléfono. Por el camino, la idea misma de información se está diluyendo en el deseo de entretenimiento y distracción, y en formas de curiosidad banal que no conducen a nada.
Los periódicos peruanos tienen problemas propios, que no son los de, digamos, The New York Times (suscribirse para leerlo en red) o The Guardian (sin suscripción, pero pide ayuda extra a sus lectores de la red). Se puede resumir como que aquí los políticos son quienes están decidiendo qué es interesante y qué no, y al público eso lo aburre.
Pero tampoco el periodismo original de Internet (el que no banaliza ni picotea de lo impreso) goza de tan buena salud. La electrónica digital se ha encargado de encharcar sus propios contenidos, relativizando lo que es cierto y lo que no lo es, haciendo que los textos se encojan hasta volverse frases de brevedad escapista, y otros trucos de la velocidad.
Cuando llegó la TV se pronosticó el fin de la radio, lo mismo cuando llegó el cable que iba a eliminar la señal abierta. Medios que iban a morir de un momento a otro siguen dando vueltas, vivitos e informando.
















