Pobre, indígena y conservador, por Antonio Zapata
“En el caso de Chile, además es necesario considerar que parte de los indígenas es muy radical, no quiere conciliar con el Estado y pone por delante demandas concretas insatisfechas”.

Durante los próximos meses tendremos muchos estudios sobre el proceso constitucional de Chile y multitud de reflexiones. De primera impresión, el dato más relevante es la correlación entre pobreza y rechazo a la propuesta constitucional. Lo mismo ha sucedido en territorio mapuche, cuanto más indígena, mayor el rechazo, no obstante que la primera presidenta de la Asamblea Constituyente fue una destacada líder mapuche.
Ese fenómeno no parece exclusivo de Chile, sino que se halla bastante extendido. La globalización ha modificado la fidelidad de los grupos sociales a las tendencias políticas provenientes del pasado. Hubo muchos perdedores; en algunos países fueron obreros que perdieron su empleo por la competencia de productos baratos provenientes del Asia. En otros, como el nuestro, los perdedores se hallan dentro de la masa de informales, donde, si bien algunos prosperan, la mayoría tiene pocas oportunidades de superar el autoempleo al borde de la miseria.
En paralelo, aumentó la ansiedad ante la elevada incertidumbre que han traído los tiempos neoliberales. La inseguridad ha crecido en forma exponencial, la economía ilegal ha despegado y ahora incursiona con naturalidad en el mundo político. La certeza en un mañana mejor ha desaparecido y ha sido reemplazada por una elevada intranquilidad social. Por ello, los pobres ansían orden y son críticos de la dupla liberalismo y globalización.
Así, sectores populares se han convertido en soporte social de movimientos de derecha conservadora y autoritaria. Un ejemplo evidente es la base social de Trump, el mismo proceso puede verse también en Hungría con los partidarios de Orban, o en Francia con la extrema derecha y su soporte en las banlieues.
No es primera vez que ocurre en la historia, ya estuvo presente en el fascismo de los años 1920-1940. En ese entonces los pobres aspiraban al orden porque temían los desórdenes asociados a la guerra y la revolución. Mientras que ahora ese temor se ha trasladado a la falta de empleo seguro, la crisis de los servicios públicos, la desconfianza en la Policía y el temor al Poder Judicial. Es el pobre atomizado que se ve asediado por el establishment y pide ayuda a una autoridad poderosa y clientelista.
El orden que anhela es vertical y conservador, se expresa a través de figuras carismáticas que rechazan con todos los valores liberales. Detrás suyo se halla el poderoso movimiento de contrarreforma religiosa que crece en todo occidente. Son los partidarios de ‘Con mis hijos no te metas’, que se hallan a escala global.
En el caso de Chile, además es necesario considerar que parte de los indígenas es muy radical, no quiere conciliar con el Estado y pone por delante demandas concretas insatisfechas. Mientras tanto, la represión policial continúa adelante en sus territorios. Nada bueno viene de Santiago, tampoco la propuesta constitucional.
En otros países, como el nuestro y Bolivia, los sectores que se autodenominan indígenas —en el censo o en la Enaho— tienden a votar por la izquierda y su identidad es contestataria. Pero podemos ser una excepción y quizás pronto cambiar. Por ejemplo, en Ecuador hemos visto la ambigüedad del movimiento indígena frente a definiciones claves.
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Ante esta situación, ¿qué responsabilidad corresponde a las izquierdas? El problema es que su posicionamiento ha priorizado valores liberales y ha prestado escasa atención a los intereses materiales de los sectores populares. Los pobres dejaron de ser el centro de la atención de las izquierdas y por el contrario el eje pasó a ser recolectar minorías.
Pero como el todo es superior a la reunión de fragmentos, sin haberlo deseado, la política de las izquierdas ha entregado a los pobres y en alguna medida también a los indígenas en brazos de las derechas.

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