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Mercados para la nueva convivencia

“Señalar a los mercados como centros de contagio nos revela la problemática de la que todos nos volvimos parte”.

Por: Ana María Huaita Alfaro, PhD - Investigadora y facilitadora de proyectos urbanos en mercados, alimentación y planificación

Los mercados de abastos que tenemos en la actualidad surgieron como respuesta a los sistemas políticos, económicos y sociales sobre los que se tejieron nuestros caminos hacia la anhelada modernidad, bajo la implementación de políticas económicas que, hoy reconocemos, privilegiaron al gran mercado de capitales con la promesa fallida de llevarnos finalmente al bienestar y al desarrollo. Señalar a los mercados como centros de contagio nos revela la problemática de la que todos nos volvimos parte, y nos refleja como esta ha configurado nuestros espacios urbanos, nuestros modos de compartirlos y participar en ellos.

Las normativas y planes que buscan atender la emergencia en los mercados han abierto nuevos caminos para hacer frente a los retos que se nos plantean. Por un lado, se han reformulado los incentivos a la mejora de la gestión municipal y se han dirigido hacia el cumplimiento de metas frente a los mercados y el abastecimiento alimentario (DS. Nº 099-2020 del MEF). Por otro, se mantienen en cartera planes para la mejora de los centros de abastos a nivel nacional, con un enfoque en la promoción del comercio interno y el crecimiento económico local (según estudios y pronunciamientos de PRODUCE). Sin embargo, quedan tareas pendientes para hacer frente a las condiciones de no convivencia, entre ciudadanos y con su entorno, que permitieron dar paso a la crisis sin precedentes que hoy experimentamos.

En Perú, el rol de los mercados es principalmente alimentario dado el alto número en el que se encuentran y la población que se abastece mayoritariamente de estos centros. Se necesitan acciones sobre el propio abastecimiento de los mercados, los vínculos urbano-rurales y ‘entre especies’ que forman parte de los intercambios comerciales; la organización interna y las condiciones para la conservación de los alimentos, así como las condiciones para una sana asistencia y permanencia en estos espacios. Los mercados además acogen otros rubros que suman a su vitalidad y es importante reconocer sus contribuciones y necesidades para una adecuada complementariedad. Asimismo, la vitalidad de los mercados sobrepasa su infraestructura y se concreta en las relaciones de los mercados con sus barrios. Por esto, es necesario mirar más allá de espacios confinados y evitar asignar roles privados a lo que se usa y gestiona colectivamente. En vez de fomentar soluciones prácticas e inmediatas, se gesta el individualismo que hoy dificulta la capacidad de acción conjunta, incluso por el bien común. Es momento de reorientar lo que incentivamos y donde invertimos esfuerzos, de ser vigilantes y marcar los pasos a la nueva normalidad, en verdadera convivencia.